Nació en Tucumán, hijo de padre y madre bolivianos. De
grande confesó que se sentía tan porteño como parte integrante del paisaje, la
música y la gente de Jujuy, la provincia donde impulsó desde los años 70 el
proyecto cultural integral Tantanakuy, con sus festivales y casas de arte.
Jaime Torres, que murió la semana pasada a los 80 años, ejerció la doble
condición de ser símbolo de las regiones de la Quebrada de Humahuaca, la Puna y
el Altiplano y a la vez portador de un aire decididamente cosmopolita, un
embajador que llevó todos esos sonidos andinos por el universo. Puso al
charango, un instrumento de cuerdas pequeño y periférico, primero junto al
piano de Ariel Ramírez en la Misa Criolla y luego lo paseó por los escenarios
más grandes del mundo. Pero, sobre todo, fue el músico que supo hacer visible
una cultura sumergida de tristezas, carnavales, soledades y Pachamama.
Fuente: Nicolas del Mazo para el Suplemento Radar de Página 12

