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| Casita de mi barrio. Óleo de Carolina Bondoni de Leoni, esposa del autor de este texto. Pinacoteca del Museo Histórico Municipal Elías Bertola |
Final del verano de 1919. Un pueblo sin
acta de nacimiento en su real origen y con el apelativo que le nace de la
propia topografía, aunque la cañada nadie la vio y el tal Gómez ninguno llegó a
conocerlo. Pero un pueblo al fin, clavado junto a las vías del ferrocarril,
extendiéndose al norte, este y oeste; más allá, por el sur, en el festón[1]de
un bajo que colinda casi con un zanjón, que la gente se empeña en llamar (y
algún poeta) arroyo, asienta un caserío intercalado por baldíos sin cercas,
conocido por barrio hospital, y más allá aún la loma que se pronuncia y remata
en “La Rosita” y se prolonga más al fondo del horizonte.


