OPINÓLOGOS A LA BANQUINA


Por Mosquito

Una regla que difícilmente falle es conocer cuál es la visión histórica del opinador, para poder delinear cuál es su posición en el presente.  O lo que es lo mismo: a partir de su ubicación actual es sencillo deducir cuáles son sus referencias históricas. Un test de consistencia es la ubicación que se adopte sobre Malvinas, terreno pantanoso donde los progresistas suelen terminar en la banquina.


Luis Alberto Romero, un epígono de la historia mitrista camuflada bajo el envoltorio de social, escribe en La Nación, Clarín y Perfil. Su visión histórica tiene perfecta vinculación con los medios que le abren generosamente sus páginas.

Sylvina Walger es una socióloga que lamenta haber nacido en el país que le tocó en suerte. Militante peronista en su ya lejana juventud, el paso de los años la transformaron en una gorila con argumentos recopilados en las insustancialidades del Barrio Norte. Su momento de gloria lo vivió en el menemismo con su libro “Pizza con Champagne”.

Martín Caparrós es un buen escritor, pero su conocimiento público ha pasado por algunos aciertos periodísticos como acuñar el concepto de “honestismo”, bajando los decibeles a los denunciadores seriales sobre la corrupción, y principalmente por profundizar en forma persistente su perfil de transgresor escandalosamente módico.

A los tres los une una visión crítica de todo lo que huele a populismo. Tributarios, sin mencionarla, de la zoncera número 31 del Manual con ese nombre de Arturo Jauretche, aquella que afirma que: “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión”, ejercitan con fruición la subalternización de Malvinas.

Romero se pregunta en La Nación del 14 de febrero si “¿Son realmente nuestras las Malvinas?”; y en el caso dudoso de serlo sostiene: “Es difícil pensar en una solución para las islas que no se base en la voluntad de sus habitantes, que llevan allí casi dos siglos.”   Propone que el día a recordarse, sea el siguiente a la derrota: “El 15 de junio de 1982 -en rigor, la fecha más adecuada para conmemorar estos desdichados sucesos…”. Al día siguiente, desde una columna de opinión del diario Clarín sostiene que: “Lo que hay que revisar es el revisionismo”. Lamenta haber perdido la absoluta hegemonía sobre la propiedad de la historia.

El politólogo Dante Palma afirmó con sorna, sintetizando el pensamiento de Romero  "no vamos a permitir que el Instituto de Revisionismo fomente el pensamiento único. Con el nuestro ya es suficiente".

Escribió el hijo del historiador medievalista Luis Alberto Romero, en Clarín del 15 de febrero con el título de “ Lo que hay que revisar en serio es el revisionismo”: “El problema (del revisionismo) es su popularidad. El revisionismo histórico ha construido una versión de la historia fantasiosa pero bien vendida. Ha arraigado en el sentido común, y forma parte de lo que la mayoría cree natural y evidente. Suministra las palabras y las imágenes que acuden automáticamente, antes de reflexionar. Esa es hoy la verdadera historia oficial. Si se rasca con la uña a cualquiera de sus adeptos, brotan inmediatamente los eslóganes  y consignas del populismo nacionalista, con sus héroes y villanos…. Nos dicen que la historia fue siempre escrita por los vencedores y que ellos contarán la historia de los “vencidos”…. El 2 de abril del 2012 se cumplen treinta años de una de sus manifestaciones más espectaculares.”   

Romero embiste contra los populismos remitiéndose al pasado. Pero el peronismo y el yrigoyenismo a los que ha criticado con entusiasmo, son solamente coberturas para su actual agenda: el ataque al kirchnerismo. Y por eso, por su interpretación histórica,  la de los ganadores del siglo XIX,  coherente con su posicionamiento en el presente, los medios dominantes y su faldero menor ( bisemanario Perfil) le ofrece generosos espacios.

La creación del Instituto Dorrego concentró su furia, bajo el argumento de descalificarlo desde el ángulo técnico-profesional. Mero pretexto para cargar contra el gobierno, fácil de comprobar con su silencio ante la creación de otros institutos durante el menemismo.

Lo expresó con sorna el sociólogo Luis Alberto Quevedo en Página 12 del 5 de diciembre del 2011: “….. el Instituto Nacional Browniano, que fue creado también por Carlos Menem en 1996 y que no despertó tantas polémicas. Me dijeron que sí, que sabían que existía un instituto que preservaba la figura del glorioso Almirante Brown, pero que estaba manejado por historiadores serios y no por divulgadores de poca monta. Les recordé que el artículo 10º del Decreto 1486/96 firmado por Menem y Corach decía que entre los distintos miembros del instituto están los miembros honorarios que serán (entre otros) “el presidente de la Nación argentina; el jefe de Estado Mayor General de la Armada; el embajador de la República de Irlanda acreditado en el país; el presidente del Centro Naval; el presidente del Círculo Militar; el presidente del Círculo de Aeronáutica y el intendente municipal del Partido de Almirante Brown de la Provincia de Buenos Aires” (sic). ¿Serán historiadores y académicos probos tanto el embajador de Irlanda como el intendente del Partido de Almirante Brown para merecer esta distinción? ¿Constituirá una discriminación –que debemos denunciar ante el Inadi– haber excluido al presidente del Club Atlético Almirante Brown?... …..el Decreto 1435/92 que firmó Carlos Menem para la creación del Instituto Belgraniano Central de la República Argentina. Me dijeron que no, pero que seguramente era menos totalitario que el de este gobierno. Decidí leerles el artículo 15, que dice literalmente: “Los actos de cualquier naturaleza a ejecutar por el Estado o con participación del mismo relacionados con el General Don Manuel Belgrano requerirán asesoramiento previo al Instituto Nacional Belgraniano. Asimismo cuando se trate de actos a realizarse por particulares, instituciones privadas, autoridades, dependencias provinciales y municipales que requieran apoyo financiero o de otro tipo por parte del Estado, será indispensable el asesoramiento previo mencionado”. Luego les pregunté: en estos años, ¿ustedes consultaron a este instituto cada vez que hablaron de Belgrano y cambiaron su punto de vista sobre este héroe nacional? “¡Por supuesto que no!”, me dijeron a coro, porque ese instituto seguramente es independiente... ¡y no está en manos del pensamiento único! Bueno, les aclaré, en realidad es igualmente autárquico y depende formalmente de la misma secretaría que el Instituto Manuel Dorrego.”

Sylvina Walger, desde La Nación. com escribió bajo el título “Dejen en paz a esos isleños”:  “Los ingleses pueden ser piratas, colonialistas y hasta bastante racistas todo lo que se quiera, pero nunca cobardes. No sé si de otros se puede decir lo mismo….. Por favor, dejemos en paz a esos isleños que tienen muchas más posibilidades que nosotros de llegar a ser un país en serio.”

La socióloga Walger hace de la ampulosidad una metodología. Incluso se pone más allá de los propósitos de los isleños al considerar a las islas como un país.

En alguna oportunidad no dudó en afirmar que “lo que estamos viviendo es peor que lo del Proceso.” Sus actitudes caerían perfectamente en la órbita de una afortunada frase de Sarmiento: “El título no quita las orejas”

Martín Caparrós  ha sostenido en un reportaje en La Nación. com del 17 de febrero: “Mientras haya gente que se caga de hambre acá a 5 kilómetros, cualquier esfuerzo y cualquier dinero gastado en las Malvinas es obsceno.” Es un argumento que atropella la inteligencia de quien la emite y subestima a quien la recibe. Es tan pueril como proponerle a Caparrós que deje de escribir, hasta que no haya un argentino que no tenga hambre. La persistencia de acudir a falacias estruendosas como la de comparar el rating de Tinelli con los resultados electorales obtenidos por Cristina Fernández el 23 de octubre, consiguen reducir su envergadura de escritor en aras de incrementar su figura de transgresor liliputiense.

Caparrós, Romero y Walger tienen una visión minusválida y desalentadora del país. Acota el coautor de “La Voluntad”: “El gran mérito del kirchnerismo es haber sabido adaptar las estructuras políticas del peronismo al remezón 2001, por un lado, y al aumento de los precios de los commodities en el mercado de Chicago. ¡Depender de los chinos ya es un destino cruel, pero depender de lo que quieran comer los chanchos chinos es humillante! El día que descubran que las margaritas son más ricas que la soja estamos al horno.”

Romero se proclama  amigo de los consensos, del diálogo,  y sostiene un discurso “republicano”. En su nota en Clarín califica a sus adversarios de “mercenarios del pasado”, y a la historia revisionista como “un conjunto de muletillas y consignas anquilosadas….que alimentan lo peor y lo más enfermo de la historia argentina”

Argumentos que se derriten como manteca al sol.

Posiblemente porque más que argumentos son un catálogos de prejuicios.

Como decía William James, el hermano del muy conocido escritor Henry James: “Un gran número de personas piensan que están pensando, cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios.”

Prejuicio en la visión humorística de Florencio Escardó era “un juicio que carecía de juicio.”

Romero, Walger y Caparrós,  tienen además en común, que sus figuras se han achicado en la consideración pública. De vacas sagradas en diferente grado de consagración,  han pasado a ser cuestionados por una  parte importante de la ciudadanía y sus declaraciones explosivas, meros fuegos artificiales, reiteradas en televisión y contrastadas con la realidad, los dejan sumamente expuestos.

La bronca que destilan, la ironía trasnochada que exhiben,  permiten recordar una frase de Arturo   Jauretche : “Los pueblos no odian, odian las minorías. Porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor.”
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