Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Año 1932


El gobierno de Luciano Molinas le ofrece un cargo de policía a Trujillo, que el mismo rechaza por no querer vestirse como tal.


El partido me ocupa el treinta y dos
y salgo a la calle a vivar su triunfo,
era ya Molinas Gobernador.
No se olvidan después mis camaradas
y tratan un puesto público darme,
y cuando iba a hacerme cargo del mismo
se me exige vestir de policía
cuyo uniforme de oficial negué
usar, y justo, el puesto renuncié.
En nada hasta entonces aliviar pude
la situación de mi hogar. El aporte
de mi parte era por completo nulo
y ya vivía al extremo disminuido,
renunciando a todas las sociedades
por no cumplir por ellas mensualmente
como correspondía, hecho que dejo
en mí una tristeza que me agrietó
poniendo en mi interior amarga pena.
Ideas de alejarme y nunca volver
martillaron con fuerza mi cabeza,
un aspecto ingrato todo tenía
para mí, las cosas con sus comunes
formas me significaron fantasmas,
todo era adverso, y su magnitud
me ponía a cada hora una piedra más
en el camino que debía librar
para mi progreso y mi porvenir.

Ya corriendo el año que me azotaba
me dedique de lleno al referato
que dos años atrás aquí empecé
como quinta práctica deportiva.
Al actuar en todos los campos de fútbol
de referee, recibí como paga
en ese tiempo, el total de un dinero
que anteriormente no quise cobrar.
Obra de la necesidad aquello
fue y cuando más precisaba esos pesos,
la liga, una pena de varios meses
me dio por no dejarme zamarrear
por “lisneman”, público y jugadores;
insólita actitud de Paparotti
obliga a defenderme con los puños,
por esa causa se me castigó.
Y a General Roca una vez llegué
a siete días de una grave azotada
que brutalmente dieron a un colega
después de un partido que “mal” –se dijo-
aquella victima les controló.
Presto de lo ocurrido me enteraron
y hasta con sorna el hecho repitieron
pretendiendo amedrentarme o quizás
un fácil triunfo fue lo que quisieron.
Ninguna de las dos cosas lograron,
pues, apenas empezó aquel partido
dos jugadores entre si golpearon
y por ello a las manos casi fueron.
No eran rivalidad lo que existía
sino un viejo encono que se aplaudía
y allí parecía que nadie lograba
poner su autoridad como debía,
basto que de los hombros a los dos
tomara y con enérgico ademán
después, conseguí esa vez doblegar
el impulso que fiero se estrellaba
y tras de eso, las diestras se juntaron.

Otra vez, en Tortugas, me tomé
otro apurón con “gigantes” de Montes
de Oca. Entonces retiré de la cancha
a jugadores del nombrado club.
Terminada mi misión ese día
y cuando ya la tarde oscurecía,
hacia la estación ferroviaria fui
para enterarme si después un tren
corría y si con él podía retornar,
y cuando me hallaba en el mismo centro
de la plaza, antes de entrar en el campo
de la empresa, note que seis personas
sobre un auto con cara de muy pocos
amigos, me seguían queriendo darme
caza; (al estar en sus manos no sé
qué hubiera ocurrido). Ante el raro caso
para mí, en el lugar por rato largo
me quede, mientras veinte vueltas dieron
al perímetro del paseo. Salí
del sitio a la carrera, al no quedarme
otra alternativa, y sin desandar
un solo paso, hacia el punto encaré
donde antes me había propuesto llegar.
Tres empleados, los que no conocía,
desde su puesto lo ocurrido vieron,
y al hablarles, estos, me respondieron
que los cinco “gigantes” y un “enano”
que hacia la estación en aquel instante
andando venían después de parar
el coche viene n frente de nosotros,
al Club Montes de Oca pertenecían.
¡Defenderme podía s atacado era!
Mientras aquellos bravos camaradas
del momento, me ofrecieron también
cooperar, resueltos, en mi favor.
Decidido a cualquier cosa, salí
de la pequeña oficina, y después
de un momento, el “menor”, me preguntó
con palabra prudente y temblorosa:
¿Señor; los muchachos que retiró
de la cancha van a ser castigados
por la Liga?  Y cuando manifesté
que el informe mío diría la verdad
y que nada ni nadie lograría
impedirlo, se dio cuenta recién,
como también sus demás compañeros,
que cualquier otro camino seria
inútil para conseguir salvarlos;
prensados como sardinas salimos
en el mismo auto desde la estación,
y juntos compartimos en el baile
la mesa que el Club Tortugas nos dio,
y aquella “amistad”, sellada quedó
al entenderse mi deber cumplido.

Después de sortear casi el treinta y dos
entre en le usina eléctrica en noviembre
como el empleado ”encargado” de oficina
y a la par también atendía depósitos
y almacenes de esta opípara industria.
Mi sueldo solo era de ochenta pesos
mensuales, y sufría allí todavía
varios descuentos más, hasta quedar
con vergüenza el “sobre“, que a fin de mes
todo rubricado y lleno de letras,
orgulloso el contador me entregaba.
Entonces la oficina se encontraba
en la esquina nordeste, entre las calles
Moreno y Ocampo. Grandes vidrieras
se llenaban de artefactos eléctricos,
existiendo enorme salón de ventas
y exposición. Esa empresa nos trajo,
podemos decir con seguridad,
los primeros implementos para uso
del hogar, cuya adquisición lograban
por el costo de la mayoría de ellos,

los que no fueron ni obreros, ni empleados.
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