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MI ESCUELA, MIS AMIGOS Y YO... Parte 1



Mi homenaje al Razetto, en sus 60 años


No es fácil para un historiador tener la difícil tarea de escribir momentos de su vida donde fue protagonista, junta a muchas otras personas, de una historia de amores y aprendizajes, de ilusiones y desilusiones, de esperanzas y de mucha fe en una etapa de crecimiento y formación, no sólo académica sino humana.


Corría marzo de 1982, en esos tiempos ingresábamos a los cuatro años a Pre Escolar y aunque parezca mentira en marzo cuando empezaban las clases solía hacer frío. Mi mamá me llevó engañado a un lugar que sería mi casa durante largos trece años. Nuestra salita estaba enfrente del gimnasio, entré de la mano de ella y me encontré con una innumerable cantidad de niños con guardapolvos celestes como yo, fue ahí que mi madre me dijo «voy a buscarte la bici y vengo...» Nunca le creí, y mi llanto se escucho en todo el Colegio. Solamente me pudo calmar ese dolor, la presencia de un vecinito mío, que vivía enfrente mi casa, allá en la desolada calle Centenario al 2100 de los años ochenta... Él era Pablo y desde ese día nos une una amistad que sobrepasa los muros de la vida. En esas mesas amplias estábamos los dos Pablo´s, pero también estaba Luciano otro de los cuáles me unió una larga amistad, dos pibes idénticos que después fueron grandes deportistas los mellizos Pooli pero a su vez en mi salón estaban Martín, Rodolfo, dos Sebastián, dos Mauro, Santiago, los otros mellizos Lovazzano, Marcelo, Juan Manuel, José Ignacio, Máximo, Jonathan, otros dos Pablo más, Claudio, Franco, Leandro, dos Diego, dos Leandro, Javier, Fernando, José, dos Alejandro, Horacio, Julián y nuestra maestra era la Señorita Alicia que al poco tiempo vimos crecer su pancita, ya que esperaba a su hijito. Tanto quise a esta Seño que cuando nació mi hermana, mi madre, y porque yo se lo impuse, le puso de nombre Natalia Carolina, como se llaman las dos hijas de ella. Cuando ella tuvo a su niño fue reemplazada por la Señorita Edith, quién muchas tardes tuvo que llevar a Pablo Lombardo a dormir sus siestas a la dirección porque el genio no quería romper su obligado descanso.

El profe de gimnasia era Dante, con sus enormes bigotes en principio me asustó, pero con el correr de los tiempos fue uno de los pilares en muchas de mis decisiones. Con él comencé a estudiar el profesorado de Educación Física, carrera que realicé durante dos años junto a Rody Magri, con quién tengo el récord de pasar quince años de nuestras vidas juntos estudiando en una misma aula. Pero también Dante me ayudó y me alentó a ser árbitro de básquet, profesión que aún hoy, después de dos décadas, la sigo recorriendo con orgullo en todo el país. Nuestros juegos eran la mancha, el pañuelito, patear la pelota y los días de lluvia Dante nos cantaba Andando en Tren en varios idiomas, o sea, descubrimos que en Rusia tren se decía trosky... El patio era diferente, el playón era un enorme campo de tierra con el que solíamos jugar a las bolitas y en el medio unos enormes ladrillos en los cuáles jugábamos a la escondidas. Hoy esos ladrillos forman parte de ese formidable edificio que pertenece a la Secundaria. Pero pasaban cosas que no entendíamos, a nosotros solo nos importaba jugar. Veíamos banderas argentinas por todos lados, nuestros padres pasaban del nerviosismo al alivio, de la angustia a la alegría. Con el tiempo pudimos entender, la dictadura se estaba yendo de a poco con la guerra de Malvinas y la democracia asomaba cuando terminábamos el Jardín de Infantes.




Llegamos al ´84 y una nueva etapa comenzaba. Era el primer grado. El guardapolvo cambió de celeste a gris y los juegos por sumas, restas y redacciones. Allí nos recibió con una fresca sonrisa la Señorita Edith. Ella era aire puro en la nubosidad de la incertidumbre que nos daba estar en otro espacio, con nuevos compañeros como Mario, Damián, Pablo que venían a reemplazar los lugares de varios compañeros que decidieron ir a las Monjas, aunque al tiempo volvieron. Entre los compañeros nos peleábamos quién le daba el mejor regalo a la maestra, creo que debemos habernos robado la mayoría de las flores de los jardines cercanos a nuestras vidas, ya que todos los días, alguno una flor le daba a Edith. Y así llegué a diciembre de 1985, terminaba segundo grado pero también partía hacia otra ciudad. Mi familia había decidido irse a vivir a Córdoba. El último día de clase todos mis compañeros me despidieron, mi madre y otras más lloraban, yo no entendía nada. Recuerdo dos libros que me regalaron y aún los conservo, Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain y Dos años de Vacaciones de Julio Verne. La lectura para mi era mi pasatiempo. La Hiperinflación y el Plan Austral no fueron buenos en la economía familiar. Cuando Argentina se prestaba a jugar la semifinal contra Bélgica en México ´86, nos volvimos a Cañada. Les puedo asegurar que cada momento que recuerdo como me recibieron mis compañeros el día que volví, una lágrima ronda mi mejilla. 

Comenzamos 1987, y cuarto grado nos indicaba que una nueva maestra llega a nuestras vidas, la Señorita Tati. Las cosas cambiaron, se ponía un poco más rígida la vida escolar. A mis lecturas se le suma la historia de la provincia con el Brigadier López, con su cuadro arriba del pizarrón. Tenía nueve años, no entendía un carajo quiénes fueron los federales y los unitarios. En aquellos tiempos, la primera comunión se tomaba a esa edad e íbamos a catequesis a las casas de las madres que amablemente se ofrecían para ello. A mi me tocó ir de la Negra, la mamá de Rody y aunque muchos digan que las tortas de mi vieja son bárbaras, las tortas que se comían en la casa de los Magri fueron inolvidables. Y así fue que el Padre José Cortez nos dio la primera comunión en el gimnasio de la escuela, convertido provisoriamente en capilla. La segunda comunión la tomamos en la cancha de América, esta vez fue el Padre Ferrero quién nos la dio. Ana María fue nuestra maestra de quinto, reemplazó a Tati que esperaba a un nuevo hijo en su familia. Ana era distinta, eran el día y la noche. Con ella comenzamos a conocer la geografía del país, los primeros afiches que hacíamos en grupo. Una pequeña transición entre el niño que dejaba de jugar para entrar a un niño que empezaba a estudiar. Corría 1988 y la tragedia nos marcó en el medio del corazón. Dos compañeros nuestros y sus familias sufren un accidente en la ciudad de Carcarañá. El papá de Germán, que aunque no hacia la primaria con nosotros, era parte de nuestras vidas nos deja imprevistamente. Rody y su familia sufren innumerables heridas y Sebastián tuvo un tiempo alejado de nosotros en la recuperación de su pierna. Desde ese momento nos hicimos fuerte y jamás nos soltamos las manos cada vez que uno necesitaba del otro. También en ese año se festejaron los primeros treinta años del Colegio, y aquel patio de tierra se convirtió en un gran playón. Para nosotros era el Maracaná... La escuela organizó torneos de handball por edades y nosotros fuimos los campeones derrotando al otro curso. Los partidos se jugaron con muchísima gente que habían ido a la inauguración de las nuevas obras. 

Empezábamos sexto grado, y ahora no teníamos una maestra, sino dos!!! Silvia y Silvana nos esperaban con los brazos abiertos. La primera de ellas nos daba Matemática y Ciencias Sociales, mientras que la segunda Lengua y Ciencias Naturales. Mi voz fue cambiando, como mi altura. Aunque no me crean, era uno de los más altos. Cada vez que hablaba, o decía alguna mala palabra, Silvia me llamaba la atención y yo no entendía porqué... Mi voz me jugaba una mala pasada. En 1989 tomamos la Confirmación recibiendo la cachetada del Obispo. Y sin querer, sin darnos cuenta, habíamos llegado al final de un camino. Estábamos en séptimo, comenzaba una nueva década, todavía no sabíamos que nos deparaban los noventa. Nuestro viaje de estudios, fue pasar un solo día en Buenos Aires.

La Escuela de Varones, como era en ese entonces culminaba su etapa. Me esperaba otra etapa, en otros espacios, con nuevos compañeros y con la ansiada llegada de las mujeres como compañeras de curso. Todos debíamos romper moldes muy duros que nos marcaron en esos siete años, convivir con nuevos personajes en nuestras vidas cotidianas no estaba en nuestros planes. Llegó diciembre y nos pusimos, o por le menos yo, por primera vez una corbata para recibir un diploma. Éramos los egresados de la Promoción 1990.

En esos ocho años el colegio era distinto, muy distinto al actual. En la esquina la vieja estación de YPF nos dejaba su espacio para crear nuestros nuevos rincones. Para aquel lado fue la sala de carpintería donde el Profe José Luis nos enseñaba a usar la sierrita y hacer nuestras pequeñas obras de artes, cada día del padre o la madre, nacía desde ese lugar los mejores regalos que hice en mi niñez. No puedo olvidarme como Santiago lo hacía morir al profe, todas las clases desfilaba hacia Dirección. Y si hablo de Dirección, que puedo decir de Nilda, nuestra eterna Señora Directora, la que todos los días saludábamos al entrar a clases, la firmeza de su mirada nos daba la seguridad que si hacíamos las cosas bien ella nos devolvía lo mejor que tenía, pero si nos equivocábamos tenía las palabras justas para ubicarnos en el camino.

Don Oscar, era una especie de héroe que todo solucionaba, cada día al comienzo de clase ingresaba al aula con un cuaderno debajo de su brazo y todos a viva voz lo saludábamos con el Buenas tardes Don Oscar... Tita, la esposa de Oscar fue nuestra portera, María Luisa desde la Biblioteca era la encargada de abrirnos el maravilloso mundo de los libros, donde descubríamos los colores en un mundo de televisión en blanco y negro. Miriam, reemplazaba a las maestras que faltaba y fue nuestra catequista en clases durante un tiempo. Para las fechas patrias íbamos a la Plaza a desfilar, con la tan calurosa polera blanca con el escudo del Colegio que nos protegía de las heladas de mayo o de julio.

Hoy, con mis cuarenta encima, cada vez que enciendo mi pipa, viene a mi memoria aquella pipa con olor a chocolate y tabaco que utilizaba el Padre Aparicio. Yo amaba que él me alzara en sus brazos. Quizás por no haber tenido abuelo, lo veía a él como tal, buscando ese calor que te puede dar el Nonno.

Por eso, cada tarde, cuando llevo a Pietro al Jardín, entro por esa esquina donde estaba aquella Estación y al mirar hacia atrás siento aquel olor a chocolate de la pipa del Padre Aparicio, las risas de mis compañeros, el llanto de quiénes no queríamos volver a casa y los retos de las Señoritas...  Aunque pasó mucho tiempo de aquella vez en la que pensé que mi madre me abandonaba en un lugar que no sabía que pasaría, hoy quisiera volver a sentir esa sensación de ponerme el guardapolvo, poner la tacita en la mochila y tan sólo por un minuto volver a dibujar con las mejores de las témperas ese hermoso arco iris que era ser niño.

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