EL RAPTO DE LAS SABINAS


Acá transcribo una crónica de un hecho ocurrido en una antigua Casa de Tolerancia cañadense. Ustedes pueden leer como el cronistas trata a las mujeres que allí trabajaban, como se discriminaba en esos años y el trato de la noticia.


Cuentan los cronicones de épocas remotas, que los romanos decidieron en cierta ocasión, mucho antes de la decadencia del imperio, jugar una mala pasada a sus vecinos los sabinos, por ciertas rencillas que los tenían enemistados. Se trataba de una simple broma, cuya finalidad sería reír a costa de la desesperación de sus refunfuñadores adversarios.

El plan aprobado fue este: invadir la región limítrofe, que era reducida y apresar a las mujeres. Dicho y hecho, unas cuantas calaveras de buen humor (que también los había en aquellos tiempos) ofreciéronse para realizar la hazaña. Y una noche, cuando los sabinos estaban en lo mejor del sueño, allá fueron sigilosamente sus concurrentes vecinos y les raptaron las doncellas.

Si éstas opusieron resistencia no so sabemos, porque los vetustos relatos nada dicen al respecto. Pero es de suponer que no gritarían ni verían con malos ojos el rapto, cuando los sabinos ni siquiera despertaron, los romanos se llevaron las doncellas de sus vecinos sin dificultades. Lo que después ocurriese, debemos dejarlo para el curioso lector... Adelante.

Es el caso, que noche pasadas, varios trasnochados sempiternos, de esos a quiénes no arredran las heladas, después de incontables libaciones en una de las “cátedras de moralidad” que funcionan de día y de noche sin saberlo la policía, acordaron repetir aquí la tragedia de que fueron víctimas las sabinas. Entre los humos del alcohol recordaron el histórico episodio y les dio por reproducción. ¡Tienen cada ocurrencia los borrachos!...

Pero, ¿adonde ir en busca de doncellas?... Por las cunetas de las calles no las habían de tropezar; en la plaza mucho menos, porque allí hay focos eléctricos y un guardián muy celoso... Por vencidos se iban dando y dispuestos a desistir de su empeño, cuando uno de los más ebrios tuvo una idea salvadora.

“No apurarse por doncellas”, dijo, “ya las tenemos al otro lado de las vías férreas están las sabinas cañadenses. Seguidme”. Y los noctámbulos beodos, agarrados del brazo unos con otros para poder sostenerse en posición perpendicular, aunque trabajosamente, encaminaron sus pasos inseguros hacia la casa “no sancta” que hállase situada en el paraje indicado.

Llegaron... Las puertas cerradas, las ventanas con barrotes de hierro, las tapias bastante altas, se hacían imposible el logro de la empresa. Mas, aunque no se sabe cómo se operó el milagro, lo cierto es que, dando vueltas al magín, consiguieron nuestros héroes escalar el cerco. Trepados estaban en el tejado, cuando fueron advertidos por el amo del cercado, que andaba revisando su fortaleza, temeroso de que alguien se hubiera colado sin pagar contribución.

“¡Ladrones!”, gritó el buen hombre. Se alborotó el avispero y, ¡ladrones! Oíase repetir en las habitaciones ocupadas por las doncellas que forjáronse en su desequilibrada imaginación los asaltantes. Fue aquello una batahola, infernal la gritería y el rodar de muebles por el suelo. Rechinaron las cerraduras y algunas mujeres en trapos menores aparecieron por el patio, corriendo despavoridas de un extremo a otro y sin cesar de gritar a todo pulmón ¡ladrones!... A los del tejado se les quitó la borrachera; les pareció verse camino de la jefatura codo con codo. ¡Qué cara les iba a salir la broma alcohólica!... Se esforzaban por hacerse entender, pero ¡quiá!... Era mucho el terror de las púdicas doncellas, sorprendidas en lo mejor de sus nocturnos quehaceres. Por fin lo consiguieron y explicaron el caso.

Cuando los maritornes de la mentada casa supieron el objeto del frustado asalto, todas pedían a voces que las raptasen!! Pero eran tan fieras y estaban tan ajadas!!... A ninguno de los improvisados romanos se le ocurrió llevarles el apunte. La cosa no pasó de una broma con escándalo consiguiente.

La policía no ha sabido una palabra del asunto. ¡Ignora tantas cosas la benemérita institución!... Pero nosotros lo hemos conocido en todos sus detalles. La casualidad vino en nuestra ayuda. Nos lo ha narrado una de las que corrieron el peligro de ser raptadas, mujer rechoncha, modelada con mala gana y a tropezones, a quién encontramos en el hall de la comisión de fomento en dulce coloquio con un compadrito llamado Juan... uno de los tantos Juanes como en el mundo existen.

La narración es verídica. Que conste. Faltan los nombres, pero no los damos para evitar rubores muy explicables.


El Eco de Iriondo, 12 de junio de 1921

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