El terco sueño de un justo


Ha muerto un hombre político, esencialmente político. Un militante que cambió radicalmente (en el mejor sentido de la palabra) la agenda política argentina. Alguien a quien votó poco más del 22 por ciento de la población unida más por el espanto que por el amor. El espanto se llamaba Carlos Menem, pero ese era el nombre del testaferro de un modelo perverso nombrado generosamente como neoliberal, pero que expresaba aquí y en el mundo la más perversa expresión del egoísmo convertido en política de Estado. La campaña electoral del caudillo riojano nos amenazaba con quedarnos sin cartuchos para las impresoras si no lo votábamos, que así estaban las cosas en aquel 2003. De pronto la sorpresa, Kirchner gana por abandono, no por nocaut, y asume un 25 de mayo, a treinta años de la llegada del Tío Cámpora a la Rosada. Su discurso de asunción nos dejó gratamente sorprendidos. Destacaba en esa oportunidad que nuestro pasado estaba lleno de “fracasos, dolor, enfrentamientos, energías mal gastadas en luchas estériles, al punto de enfrentar a los dirigentes con sus representados (y) a los argentinos entre sí” y proponía: “Se trata de cambiar, no de destruir; de sumar cambios, no de dividir; de aprovechar las diversidades sin anularlas”. Tras la crisis de representatividad de finales de 2001, Kirchner señalaba: “Hay que reconciliar a la política, a las instituciones y al gobierno con la sociedad”. En términos de política económica se propuso “reconstruir un capitalismo nacional” que permitiera “reinstalar la movilidad social ascendente. (…) Hacer nacer una Argentina con progreso social, donde los hijos” pudieran “aspirar a vivir mejor que sus padres, sobre la base de su esfuerzo, capacidad y trabajo”. “El objetivo básico de la política económica será –decía– el de asegurar un crecimiento estable, que permita una expansión de la actividad y del empleo constante (…), una mayor distribución del ingreso, que fortalezca nuestra clase media y que saque de la pobreza extrema a todos los compatriotas”. Y destacaba: “No se puede recurrir al ajuste ni incrementar el endeudamiento. No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos…”. Se refería también a la educación como el mayor factor de “cohesión y desarrollo humano” y enfatizaba: “La igualdad educativa es para nosotros un principio irrenunciable”. Reivindicaba la soberanía sobre las islas Malvinas y señalaba que la prioridad en política exterior sería “la construcción de una América latina políticamente estable, próspera, unida, con base en los ideales de democracia y de justicia social”. Enfatizó la necesidad de promover un proyecto nacional integrador que convocara a “todos y cada uno de los ciudadanos argentinos y por encima y por fuera de los alineamientos partidarios a poner manos a la obra de este trabajo de refundar la patria”. Y llamaba a la sociedad en su conjunto “para sumar, no para dividir; para avanzar y no para retroceder”. Y concluía: “Vengo a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación. Quiero una Argentina unida… Quiero un país más justo”. Lo interesante y destacable es la coherencia entre aquel discurso inaugural y su obra de gobierno. Lo primero fue, como decíamos, cambiar la agenda heredada en la que los derechos humanos, el realineamiento internacional, la puesta en marcha de un modelo productivo y quitar definitivamente del protagonismo en nuestro presupuesto y en nuestra vida económica de la deuda externa, no figuraban. Todo esto permite calificar al gobierno de Kirchner como una bisagra en nuestra historia que permitió ir recuperando un proyecto nacional y popular que parecía inaccesible tras los horribles años que mediaron entre los 90 y la crisis de 2001 y el concepto clave de que ese proyecto para ser realmente nacional y popular debía incluir una activa política a favor de los derechos humanos, decidida a liquidar la impunidad. Comenzaba por primera vez en muchos años a trazarse desde el gobierno un plan estratégico que incluía una reformulación decidida de las relaciones internacionales en nuestro propio beneficio y no en el de la potencia hegemónica de turno, priorizando el Mercosur y la relación con nuestro natural aliado Brasil. Dentro de ese plan el tema de la deuda resultaba de urgente resolución porque le quitaba al gobierno todo margen de maniobra para concretar las políticas activas que se proponía. La cancelación de la deuda con el FMI fue mucho más que un hecho simbólico, implicó el fin del monitoreo y de las “sugerencias” de uno de los organismos globales de dominación y atraso más nefastos Nos quedan las imágenes: la recuperación de la Esma, el retiro definitivo de los cuadros de los dictadores en el Colegio Militar, el permanente contacto con la gente, el apoyo a los procesos de cambio en nuestro continente latinoamericano, cuando le paró el carro a George Bush que daba por descontado que de Mar del Plata se llevaba la adhesión continental al Alca, su “crispación” y su “confrontación”, según gustan llamar los medios hegemónicos, con los grupos corporativos a los que muy pocos se le habían animado. Y nos quedan las imágenes de ahora, las que vimos transitando la plaza, la de la gente, de todas las edades, pero sobre todo la de los jóvenes que le gritaban “fuerza” y “aguante” a la señora Presidenta y le agradecían a Néstor por muchas cosas pero sobre todo por haberlos motivado a discutir política, a aprehenderla. Toda esa muchachada que le cantaba a la Presidenta “aquí están los pibes para la liberación”, va a ser muy necesaria, como todos los que estuvieron y los que no estuvieron pero también entienden que es el momento de acompañar a la Presidenta, cuidarla de los cuervos y ayudarla a consolidar y profundizar este proyecto nacional y popular. En medio de la conmoción y la emoción, uno se pregunta cómo alguien puede no conmoverse con las imágenes que transmitió por horas la televisión, las de una mujer íntegra y sus hijos de duelo y la de miles de personas llorando como ante los restos de un familiar querido. La respuesta llega pronto, tanto como lo que se tarda en leer a los que Jauretche llamaba los profetas del odio. Carlos Pagni, en La Nación, sumándose a lo que fue un clásico de la derecha mediática de estas últimas horas: equiparar la muerte de Perón a la de Kirchner y, sobre todo, a Cristina con Isabel. Es tan burda y falsa la comparación desde el punto de vista histórico, que no vale la pena abundar al respecto de estas meras expresiones de deseos, porque ellos estarían encantados con una heredera de la calidad de Isabel. Desde la cobardía del anonimato un lector del diario de los Mitre pidió “un monumento a la muerte súbita”, una versión moderna del “viva el cáncer”. También dijeron lo suyo Rosendo Fraga en La Nación y Luis Alberto Romero en Clarín. En sendas tribunas de doctrina coincidieron en que la Presidenta tiene la oportunidad histórica de dejar de hacer todo aquello que marcó la gestión de su marido y su estilo político hasta el día de su muerte, y desandar estos tres años de gestión propia. Todas esas cosas que llevaron a miles y miles de argentinos emocionados a la Casa Rosada a hacer ocho horas de cola simplemente para decir: “Gracias, Néstor-Fuerza, Cristina”.
Fuente: Felipe Pigna, Editorial Caras y Caretas, noviembre de 2010.
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