Nacional, popular y federalista


La historia oficial, la que siempre nos contaron y nos enseñaron, es la que escribieron los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX y su espíritu no pudo sino reproducir la ideología oligárquica, porteñista, liberal en lo económico y autoritaria en lo político, antihispánica y anticriolla de aquellos cuyo proyecto de país estaba resumido en el dilema sarmientino entre “civilización”, lo europeísta-porteño, y “barbarie”, lo criollo-provincial.


Estaban convencidos del país que querían y lo llevaron adelante sin reparar en medios, fundamentados en abstracciones cuasi místicas como “civilización”, “progreso”, “libertad (de comercio)”, acuñadas y difundidas en el mundo a favor de intereses imperiales, sobre todo británicos. Quienes habían desterrado de la Revolución de Mayo a las mayorías populares con el uso de la fuerza, sin ahorrar genocidios, se propusieron que la Argentina, su clase dirigente, los “socios interiores”, legislaran y gobernaran al servicio de su propio beneficio y del imperio de turno: Gran Bretaña en un principio, luego Estados Unidos y hasta hace poco poderosos holdings financieros económicos globalizados.
Para ellos civilizar fue desnacionalizar. Para llevar a buen puerto ese proyecto de organización nacional consideraron imprescindible renunciar a lo criollo y a lo hispánico, que constituían la identidad medular de lo argentino. Bregaron por la transformación de la Argentina en lo que no era pero que ellos consideraron que debía ser.
Debieron enfrentar una “dificultad” supina: sus habitantes, la plebe, las mayorías populares, “no servían” para el proyecto “civilizador”. No olvidaban que era contra ellos que habían combatido a lo largo de los años de guerras civiles pues los criollos, los indios, los gauchos, los mulatos, los orilleros habían sido leales, en su inmensa mayoría, a quienes representaron sus intereses ante el despotismo liberal porteño: Artigas, Dorrego, Rosas, Ramírez, Peñaloza, Felipe Varela. Todos ellos, vale apuntar, de finales trágicos.
Contra esa versión tendenciosa surgió en el pasado el “revisionismo histórico”, cuyo primer antecedente puede encontrarse en un Juan Bautista Alberdi, de regreso del elitismo, cuando acusó a Sarmiento y a Mitre de “ejercer un despotismo turco en la interpretación de la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos”. (Escritos póstumos).
Luego sería el turno de Adolfo Saldías, autor de una ecuánime Historia de la Confederación Argentina, que le valió el anatema de la oligarquía liberal. A continuación, los nacionalistas católicos Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta y por fin nuestros antecesores, los nacionalistas populares, rápidamente convertidos al peronismo el 17 de octubre, quienes compartían la opinión de José María Rosa: “La Confederación Argentina con su sufragio universal, igualdad de clases, fuerte nacionalismo y equitativa distribución de la riqueza era tenida como una verdadera y sólida república ‘socialista’ adelantada al tiempo y nacida lejos de Europa”.
También son nuestros maestros en el revisionismo nacional, popular y federalista Scalabrini Ortiz, Jauretche, Doll, Cooke y Castellani, entre los peronistas, y Abelardo Ramos, Ugarte y Hernández Arregui, representantes de la Izquierda Nacional (cuando escribo esta nota el “Colorado” Ramos ha sido protagonista doctrinario del encuentro en Caracas entre Chávez y Cristina, lo que nos llena de orgullo y confirma la vigencia del pensamiento revisionista).
Lo que unía y une a los revisionistas es lo que en Política nacional y revisionismo histórico expresó Arturo Jauretche: “Véase entonces la importancia política del conocimiento de una historia auténtica; sin ella no es posible el conocimiento del presente y el desconocimiento del presente lleva implícita la imposibilidad de calcular el futuro, porque el hecho cotidiano es un complejo amasado con el barro de lo que fue y el fluido de lo que será, que no por difuso es inaccesible e inaprensible”. Al desconocer nuestra historia verdadera, quedamos como barco a la deriva, listos para ser devorados por los de afuera en colaboración con los antipatria de adentro.
Dicha condición revulsiva de la historiografía nacional, popular y federalista es lo que hoy ha generado fuertes ataques de los herederos actualizados del liberalismo unitario contra la oficialización de nuestro Instituto, “asustados” (así lo expresó Betariz Sarlo en La Nación) de que nuestra orientación, que hasta hoy habían conseguido marginar y ningunear, pueda amenazar el sistema de poder en becas, subsidios, empleos, de que siempre gozaron los “dueños” de la Historia. “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas” (Rodolfo Walsh).
Al carecer de argumentaciones sólidas, el grupito de cuestionadores, enquistados en algunas cátedras de la UBA, apelan a injurias y falsedades que lo único que han logrado es promocionar nuestro Instituto y divulgar nuestras ideas hasta extremos nunca imaginados por nosotros. Muchas gracias.
Algunas respuestas perezosas a sus críticas: los cargos en el Instituto son ad honórem; somos gente seria y no tenemos ningún propósito que exceda la ética historiográfica; es antidemocrático deducir que la gente es tonta porque le interesa leer los libros de varios de nuestros miembros, como si el fracaso editorial de ellos fuera un mérito; nuestros miembros tienen un elevado nivel académico: son rectores de universidades, académicos, catedráticos de Historia en universidades, etc.; no estamos en contra de la formación universitaria de historiadores, por el contario, alentamos a los jóvenes que nos consultan a que lo hagan eligiendo instituciones que no pretendan inocular exclusivamente concepciones liberales sino aquellas que se abran al debate de las distintas corrientes.
Pretenden injuriarme porque en 1989 abandoné el radicalismo (que se dio el gusto de expulsarme) y pasé a militar en el peronismo, participando en sus gobiernos (Menem, Kirchner) como lo ha hecho el movimiento en su conjunto. Nada reprochable en ello. Será mejor que busquen argumentos más incisivos.
Por Pacho O´Donnell
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