Bartolomé Mitre, Van Der Kooy y la Cidh

Edmundo Vargas Carreño estaba al frente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y llegó a Buenos Aires el 6 de septiembre de 1979. 



Después de muchas presiones y demoras, la Junta Militar había accedido a que este jurista chileno, egresado de la Universidad Católica y militante demócrata cristiano, pudiera entrar a la Esma, a las cárceles y también tuviera entrevistas con personalidades relevantes de ese momento. Vargas Carreño quiso visitar al director del diario La Nación. En definitiva, para la historia política del chileno, se trataba de un diario afín, al menos en tiempos en que gobernaba Eduardo Frei (1964-1970). Pero Bartolomé Mitre no le dio la oportunidad y le negó la entrevista. Su diario estaba muy ocupado con promover la visita de la Cidh como una campaña antiargentina.
Mitre conocía al detalle las internas entre las cúpulas de la Armada y el Ejército, y su analista estrella, José Claudio Escribano, con su estilo elíptico, hacía equilibrios para que siempre quedaran bien paradas las diversas facciones en pugna. El diplomático norteamericano Tex Harris tenía tan buenas fuentes, seguramente, como las tenían Mitre y Escribano y cuenta en esta entrevista las miserias económicas –de disputas por quedarse con un país convertido en botín de guerra– que circundaban las matanzas de los genocidas.
Los créditos del Eximbank destrabados por maniobras diplomáticas en las que actuó Harris destrabaron, a su vez, la llegada de Vargas Carreño acompañado por el norteamericano Tom Farer y el colombiano Marco Monroy Cabra. Esos créditos les permitieron a Emilio Massera y a la cúpula de la Armada quedarse con unos miles de millones de dólares cuya fachada de inversión eran los astilleros del Estado que rebautizaron con el nombre del almirante Manuel Domecq García, presidente de la Liga Patriótica, el grupo de extrema derecha que salió –con armas de la Armada– a la cacería de obreros en la Semana Trágica de 1919. La ecuación de Massera era simple: quedarse con la plata y trasladar transitoriamente al reducido grupo de detenidos desaparecidos que todavía no habían sido exterminados a una isla en el Tigre que le facilitaba gentilmente la jerarquía católica. Además de eso, encargó al grupo de tareas que realizaran algunas refacciones y pintaran un poco los edificios donde se torturaba, esclavizaba y mataba.
Mitre tenía muchos y muy buenos motivos para no departir con Vargas Carreño. Uno, no menor, era Papel Prensa. Su socio en ese emprendimiento, que consistía en la apropiación ilegal de una empresa de los herederos de David Graiver. Herederos que habían pasado por los campos de concentración. Desde ya, el diario Claríntambién fue activo en esos días de septiembre de 1979 en denostar "la intrusión antiargentina". Y hay una historia imperdible, canalla, que pinta de cuerpo entero el comportamiento de algunos periodistas de ese diario. Eduardo Van Der Kooy, un rosarino que escribía de deportes y seguía con atención las alternativas de Newell’s Old Boys, había llegado a la sección Política de Clarín y se destacaba como uno de los jóvenes brillantes descubiertos por Videla. Un par de años después, Van Der Kooy pudo subirse al avión que llevaba al dictador con destino al Vaticano. Fue después de que el equipo argentino ganara el Mundial 78 y que las revistas del corazón contaran que el nuncio apostólico –el representante del Papa en la Argentina– Pio Laghi, jugaba al tenis con Massera. La dictadura sentía que el fútbol le daba aire internacional como para romper el aislamiento. El mismo Van Der Kooy le contó algunos retazos de ese viaje al periodista Enrique Vázquez hace seis años, en el programa Historia de una notaque se emitía en Canal a. Vázquez proponía a los periodistas invitados que eligieran la nota de su vida. Y, por supuesto, Van Der Kooy eligió ese viaje. Fue para enfatizar que había tenido la valentía de escribir, a la vuelta del viaje al Vaticano, la palabra "desaparecidos" enClarín. Pero la memoria le jugó una mala pasada: cuando el equipo periodístico de Vázquez fue a chequear la edición con la firma de Van Der Kooy se encontró con el genérico "derechos humanos". Y no era sólo una cuestión semántica. Vaya, para aclarar, el corazón de la historia: la administración de James Carter no estaba dispuesta a darle ningún apoyo a la dictadura si no frenaba la matanza. Por eso les frenaba los créditos y por eso les daba crédito a funcionarios como Tex Harris. En esos tironeos, Videla, acompañado de funcionarios y periodistas como Van Der Kooy, fue al Vaticano para mantener una reunión con Walter Mondale, vice de Carter. Mondale le dio un papel a Videla con una lista de un centenar de "desaparecidos" (en los documentos que les entregaban los norteamericanos no ponían missing sino "desaparecidos", en castellano, así que no hay margen de mala traducción por parte del enviado de Clarín). Van Der Kooy le dijo a Vázquez (y está grabado en el programa) que en el viaje de regreso a Buenos Aires le preguntó a Videla por el pedido de Mondale sobre los desaparecidos. Pero, al escribir, quedó que le había preguntado sobre el pedido de Mondale sobre los derechos humanos. Un hábito, el de pervertir la memoria, que convendría cambiar.
Miradas del Sur
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