El inmigrante que revolucionó la industria local


Por esas cosas del destino el día de la industria y el día del inmigrante se festejan con 48 horas de diferencia, será porque fueron ellos, los de afuera, que hicieron grande un país que había sido devastado por los de adentro, los que negociaban con Gran Bretaña el saqueo de un país.


Hoy les dejo un párrafo de mi libro presentado el año pasado, realizado a pedido de la intendente municipal Dra. Stella Clérici, donde recuerdo la vida muchos inmigrantes que aún viven en la ciudad… Hoy les contaré la historia de una familia de inmigrantes, que también fueron empresarios, y vaya si lo fueron… Cambiaron la forma de trabajar el mueble, trajeron a Cañada de Gómez la innovación tecnológica y hoy son homenajeados en Tecnópolis donde se exhibe un ejemplar de esos muebles esmaltados que ellos mismo inventaron en nuestra ciudad… Estoy hablando de los Pacchiotti y en ese libro, llamado Inmigrantes Cañadenses, testimonios de vidas, quedo plasmada la llegada de Enrique Pacchiotti a Cañada de Gómez…

“Oriundos de Pinerolo llegaron en 1947 los hermanos Antonio y Enrique Pacchiotti a nuestra ciudad. María Luisa, hija de Enrique, nos describió como su padre decide venirse a la Argentina, “mi papá era un hombre de paz, un artista. Tenía su grupo de teatro, su saxo, su mandolina y su voz inolvidable. Amaba la vida. Un día se vio envuelto en una guerra salvaje, sucia y dolorosa y se enfrentó con la muerte. Vio morir a sus amigos y a sus enemigos. Lloró, sufrió, pero también en ese tiempo se enamoró, se casó y tuvo una hija, yo. Ese hombre de paz se quebró y resurgió. Mi mamá lo acompañó en su silencio y en su dolor y esperó ansiosa las largas cartas que llegaban del frente de batalla… La guerra terminó y este hombre de paz volvió a su hogar a proteger a su familia. Al cabo de un tiempo se rumoreaba el estallido de una nueva guerra y el corazón de este hombre dijo basta. Una triste mañana lluviosa y fría partió para encontrar una tierra de paz. Dejó la mitad de su corazón en Italia y se llevó con él la otra mitad cargada de esperanza y desilusión, amor y deseos de trabajar. Después de un largo viaje, triste, desolador, sin saber, sin querer, llegó a la Argentina con su hermano.  Aquí los esperaban ansiosos, llegaron los primos de Italia…decía la gente.”
Esos primos que residían en Cañada eran los Rosso, Vasallo y Rey, quiénes alentaron a los hermanos para que comiencen a desenvolverse económicamente en la región. Antonio era carpintero de oficio así que se iniciaron con un modesto taller en calle Brown para un tiempo después trasladarse a Ocampo al 1500 donde hoy quedan rastros de aquella, la primera gran industria del mueble cañadense. En 1948 Luisa Baronetto, esposa de Enrique, y María Luisa llegaron a la ciudad y recuerda ese tiempo con mucha nostalgia, cuando su padre “en su bagaje de desarraigo también hizo pie la alegría. Su corazón artista le permitió conectarse con la gente y cantó, cantó mucho a todo el que se lo pedía y recordaba y trabajaba en silencio, esperando siempre ese día  del reencuentro (…)  cuando ya se había establecido, organizado una fábrica de muebles esmaltados, la primera de Sudamérica, llegamos nosotras, el pedazo de corazón que él esperaba recuperar. Fueron años difíciles, sin familia, sin amigos, los queridos, los de la infancia, los de la vida.”
También recuerda los duros momentos que su madre Luisa, hoy con sus más de 90 años encima, “acompañaba y lloraba siempre en este mundo desconocido. Se puso a trabajar como modista, ella era muy buena y así salieron adelante de a poco y trabajando. Nos recibió una familia solidaria y afectuosa que nos quería como a los hijos y nietos que no tuvieron, eran los Mascotti – Vasallo. Las hermanas Vasallo, docentes, ayudaron a que mis padres hablaran perfectamente el castellano.”
María Luisa, quiénes muchos recordamos como bibliotecaria del Instituto José Razetto y a que gracias a esos libros que supo recomendar a quién esto escribe, nació en mi el amor por las lecturas describe sus primeros años en la ciudad que la adoptó y acobijó, “yo como todo niño, aprendía muy rápido y con mis cuatro años quise ir a la escuela. Me hacía entender y me entendían. Un día…regresé de la escuela sola, llorando, mi mamá estaba muy angustiada y yo le decía: -“vine sola, pobrecita” y mamá: -“vino y soda tengo, pero carnecita no”… Finalmente, la hija del querido y recordado Enrique Pacchiotti agrega “este país nos acogió con toda su grandeza y pronto nos sentimos parte de él. La vida, el trabajo, transcurrían en este país de paz. La guerra no estalló, el corazón sí, pero, este país humano y amigo curaba nuestras heridas. Todo esto que yo escribo no lo recuerdo personalmente, es como si algo me hubiera anulado la zona del recuerdo…la guerra, el llanto, la soledad, el alejamiento. Sólo comprendí lo que esto significaba cuando fui mayor, y la palabra desarraigo se hizo carne en mí, pero yo, ya era feliz y el hombre de paz y su mujer amada y solidaria, también.  Mi papá hoy ya no está, pero está en el corazón de todos los cañadenses que lo amaron. Su música y su voz son un arrullo frente a los dolores de la vida y en los momentos de felicidad. Cuando él se fue, ya no cantamos, sólo queríamos escuchar su voz. Él y mamá apostaron a una nueva vida, lo lograron, pero nunca dejaron de pensar en su Patria, en sus vidas truncas y en lo que este desarraigo significa, pero dejaron sus frutos en esta Argentina: el trabajo incesante, el valor de la palabra dada, el canto, la alegría, sus hijos, sus nietos, para que todos formen una nueva y gran familia en un país de paz.”