Reflexiones del general en la cañonera. Por Felipe Pigna

A 57 años del golpe de estado al presidente Perón, transcribo este escrito de Felipe Pigna y las vivencias del General en esos primero pasos rumbo al exilio...



Aquella mañana del último día del invierno de 1955, el General sintió que todo había terminado, al menos por el momento. Buscó algunas cosas, algo de dinero (muchísimo menos del que sus enemigos imaginaban), un retrato de Evita y una imagen de la Virgen de Luján. Iba rum
bo a la embajada del Paraguay. Se despidió del personal de la residencia y subió junto a sus asistentes Renner y Cialcetta al Cadillac en el que el chofer, Isaac Gilaberte , lo había conducido tantas veces a mejores destinos.
El General describirá así aquellos momentos:
me di vuelta a mirar lo que dejaba a mis espaldas. Esa residencia no era mi casa, pero quedaban entre sus muros muchos recuerdos de años que parecían lejanos y se diría que relegados a la prehistoria. La ciudad era un desierto. La niebla llegaba hasta la parte baja de las casas como en un bosque se detiene al pie de los árboles. En aquella atmósfera borrosa de lluvia y de niebla todo parecía irreal.

Al embajador paraguayo le preocupaba muy seriamente la posibilidad de un atentado contra Perón y evaluó que la embajada no era un lugar del todo seguro. Recordó que en el dique A de Puerto Nuevo reposaba amarrada la cañonera Paraguay a la espera de reparaciones mecánicas. El viaje tuvo sus complicaciones. El motor del Cadillac se detuvo y hubo que hacerlo empujar. Los testimonios aseguran que el propio Perón bajó del auto para pedirle auxilio al chofer de un ómnibus, que no podía creer lo que estaba viendo.
Finalmente llegó a la cañonera, donde permaneció varios días en un precario camarote. Allí pudo escuchar, a través de la misma Radio del Estado por la que había hablado tantas veces, la voz de otro general que hablaba desde los balcones de la Casa Rosada. No pudo contener la sensación de usurpación. Sentía como propios a aquellos balcones del 17 de octubre, del último discurso de Evita y de tantos “días peronistas”. Ahora estaba en un barco extranjero, a la espera del destino y a que los “libertadores” lo autorizaran a marchar al exilio, mientras Lonardi le hablaba al país desde una Plaza de Mayo repleta de otra gente, argentinos también que conformaban un paisaje completamente distinto a los que él estaba acostumbrado a ver:
Tanto como la de mis compañeros de armas –decía el jefe golpista–, deseo la colaboración de los obreros y me atrevo a pedirles que acudan a mí con la misma confianza con que lo hacían con el gobierno anterior. Buscarán en vano al demagogo, pero tengan la seguridad de que siempre encontrarán un padre o un hermano. La libertad sindical, indispensable a mi juicio para la dignidad del trabajador, de ningún modo significará la destrucción de los instrumentos de derecho público o laboral, necesarios para el ordenamiento profesional.
El pueblo debe aprender a buscar en mis actos más que en mis palabras el testimonio de que estoy exclusivamente a su servicio, con toda mi vida, con todas las energías de mi alma.

Terminó su discurso haciendo suya aquella frase que Urquiza había pronunciado después de Caseros, según la cual no habría “ni vencedores, ni vencidos”. Quizás el general Lonardi, intoxicado por la historia oficial, no recordaba los crímenes perpetrados por los vencedores después de la célebre batalla del 3 de febrero de 1852 y de la encarnizada y perdurable persecución emprendida contra los vencidos. Pero estaba claro que el eslogan elegido era a todas luces falso: había vencedores y vencidos.
No faltaba mucho para que todos se dieran por enterados; que quienes no querían colaborar con los trabajadores eran los “libertadores”, particularmente el flamante vicepresidente, Isaac Rojas, que no coincidía en absoluto con las palabras del presidente y se preparaba para derrocarlo e instalar definitivamente un gobierno antiobrero y antinacional.
Pocos días después, aquel hombre clave del golpe al que le gustaba llamarse “Revolución Libertadora”, el contralmirante Rial, le dijo a un grupo de trabajadores municipales: “recuerden que la Revolución Libertadora se hizo para que el hijo del barrendero, muera barrendero”.
El General seguía en la cañonera, pegado a la radio y escribiendo sus primeras impresiones sobre lo que le estaba pasando a él y al país. Finalmente, el 3 de octubre llegó el salvoconducto que le permitía salir del país. Los “libertadores” le prohibieron hacerlo por vía fluvial porque temían que a su paso por las distintas ciudades se produjeran manifestaciones peronistas. Le tenían un particular pánico a lo que podía pasar en Rosario, una de las capitales del peronismo. Combinaron con el gobierno paraguayo que el traslado se haría en un hidroavión Catalina, llegado especialmente de Asunción.
Al mediodía y en compañía del embajador paraguayo, se traslado al Murature a la espera del avión paraguayo. También estaba un diplomático perteneciente al círculo íntimo del cardenal Caggiano, que acababa de ser nombrado canciller de la “Libertadora”, Mario Amadeo. Tenía orden de asegurarse que la salida de Perón se hiciera como estaba prevista. Cuando el General subía a la máquina, perdió estabilidad y le cupo a Amadeo la curiosa misión de salvar a Perón.
A la una y diez de la tarde de aquel 3 de octubre, Perón marchaba al exilio. Al llegar a Asunción se instaló en la casa de su amigo, el comerciante argentino Ricardo Gayol. Por varios días guardó silencio hasta que, más tranquilo, decidió dar algunas notas a medios extranjeros.
En la que le brindó a un diario de Montevideo, hizo una especie de balance de su gestión y analizó el presente argentino:
Cuando llegué al gobierno de mi país, había gente que ganaba 20 centavos por día, peones que ganaban 15 pesos al mes. Se asesinaba a mansalva en los ingenios azucareros y los yerbatales, con regímenes de trabajo criminales. En un país que poseía 45 millones de vacas, los habitantes se morían de debilidad constitucional. La previsión social era poco menos que desconocida y las jubilaciones insignificantes cubrían sólo a los empleados públicos y a los oficiales de las Fuerzas Armadas. Instituimos jubilaciones para todos los que trabajan, incluso para los patrones. Creamos pensiones para la vejez y la invalidez, desterrando del país el triste espectáculo de la miseria en medio de la abundancia. […] Cuando llegué al gobierno ni alfileres se hacían en el país. Lo dejo fabricando camiones, tractores, automóviles, locomotoras, etc. Dejo recuperados los teléfonos, los ferrocarriles y el gas, para que vuelvan a venderlos otra vez. Les dejo una marina mercante, una flota aérea […]. Esta revolución como la de 1930, también septembrina, representa la lucha de la clase parasitaria contra la clase productora. La oligarquía puso el dinero; los curas, la prédica; un sector de las Fuerzas Armadas, dominado por la ambición, y algunos jefes pusieron las armas de la República. En el otro bando están los trabajadores, el pueblo que sufre y produce. La consecuencia es una dictadura militar de corte oligárquico-clerical.

Otro corresponsal le preguntó qué pensaba hacer para regresar al poder en la Argentina. El General lo miró y le respondió: “Nada. Todo lo harán mis enemigos”.
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