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Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Año 1927

Maranetto y Sidler, en la esquina de Rivadavia y San Martín, c. 1927

Hoy Francisco nos relata una etapa dura de su vida, el fallecimiento de su hermano. También nos cuenta de su regreso al comercio de Maranetto y Sidler.


Víctor Milesi, antes que me ausentara
de la casa que trabajamos juntos
en aquel verano del veintisiete,
con Larini tomaron parte honrosa
en la carrera efectuada por el
Automóvil Club Argentino, cuyo
recorrido se efectuó de ida y vuelta
desde La Capital hasta Ferreyra,
por barro y tierra y más baches que nunca.
Nito cumplió así su segunda proeza
aunque “Calule” fue su conductor.
Él puso de su parte voluntad
y experiencia, pasando ambos airosos
sobre le coche que era de propiedad
del doctor Atilio Francesio, quien
intervino en este deporte fuera
de Cañada, en competencias que dieron
a su persona prestigio deportivo.

Corría el quinto mes del año y mi hermano
José enfermó gravemente. Durante
todo ese lapso nosotros pasamos
horas de zozobra, sin creer jamás
que el Gran Pelado, como lo llamábamos,
nos dejaría definitivamente.
Nuestra madre, durante su dolencia,
sin desmayar veló incesantemente
por él. A toda hora estuvo a su lado
creyendo así aliviar su cruel dolor
que tanto sin piedad lo consumía.
La lucha fue terrible por salvarlo
y los esfuerzos nuestros no nos dieron
la satisfacción de verlo curado.
En mayo veintinueve se apagó
su existencia en una mañana blanca
de aquel invierno glacial. Toda su alma
se abrazó con el amor generoso,
a nuestros doloridos corazones
en la última exhalación de su vida.
Desde aquel momento, surgió el ejemplo
que sembró, más cristalino y más límpido,
toda su nobleza se quedó erguida
escapando del lecho donde duerme
para sobrevivir sobre los males
que quieren lastimar a la verdad.
Ante quienes fueron sus amistades
practicó sincera fidelidad,
por eso jamás se resquebrajó
su honradez, y fue por la buena senda
que llegó seguro donde quería,
brindando el corazón en bien de aquello
que le fuera digno y merecedor,
y ante el desmedido apetito puso
freno seguro y levanto barrera
infranqueable, nada pedía ni daba
a esos ejemplares que tanto dañan
a la comunidad humana, sino
que les despreciaba al extremo tal,
que nunca sus fechorías aceptó.
En medio de aquella consternación,
los días de lágrimas fueron pasando
en el fuerte dolor de nuestro hogar.
Los recuerdos cada vez se afirmaban
más sólidamente en el corazón
de cada uno de nosotros, no había
modo de dar consuelo a nuestra madre,
todos nuestros actos se revestían
del mayor apoyo para ayudar
al olvido de tan inmensa pérdida.
Como años anteriores, procedí
a no ausentarme de mi hogar después
del regreso de mi diaria labor;
el motivo esta vez era distinto
que entonces, y mutuamente nosotros
nos hicimos compañía, consiguiendo
atenuar el pesar de nuestra madre
que la declinaba constantemente;
así fueron esos meses, tremendos
y odiosos al extremo, hasta que al fin
se consigue tomar muy lentamente
el apaciguamiento del espíritu.

Deje entonces definitivamente
en ese tiempo, del deporte que me era
favorito. No podía soportar
yo, a pesar de esfuerzos bien conocidos,
el vicio que dio el profesionalismo
a esa pasión que tanto fuego tuvo
en mis primeros años juveniles.
El amateurismo fue para mí
fuente de una inagotable moral;
allí bebimos en un mismo vaso
los mismos ideales de banderías;
difícil que el halago material
nos llevara de un lado para el otro;
fuerzas de otros motivos quebrantaban
ocasiones aquellos ejemplares
pactos solidarios, de gran respeto;
se era correcto y sobre todo leal,
nadie pedía ni tenia privilegios
y por partes iguales solventábamos
los gastos que el deporte demandaba,
en esa forma se contribuyó
al progreso de los clubes que ayer
sólo eran preludios en ese género.

En septiembre nuevamente ingresé
a la Casa Maranetto y Sidler.
Donde estuve no pude soportar
ciertas ocurrencias y pretensiones
patronales que incidían bruscamente
sobre la libre acción y desempeño
de mi deber como empleado. El control
constante de uno de los socios sobre
el “por qué” todos los clientes no hacían
sus compras una vez en el negocio,
me resultó sumamente molesto,
y nunca acepte aquel temperamento,
mi respuesta siempre fue terminante;
un cliente forzado a la adquisición
de un artículo podía resultar
enemigo del negocio más tarde.
Fue un sábado cuando otra vez fui donde
tantos momentos felices pasé,
allí de nuevo el ambiente encontré,
el mismo que año y medio atrás deje.
Una mañana el gerente indicó
que atendiera al señor Peralta Ramos,
hombre de pedante estampa, orgulloso,
prepotente y de mala educación.
Al preguntarle que mercadería
precisaba comprar, me respondió
en tono despectivo; que deseaba
un par de zapatos de marca “Pluma”,
y conociendo bien a este ejemplar,
con santa calma tome su modal
ofreciéndole sustituir la marca
con otros de calidad parecida
e igual confección. Una vez cumplida
mi misión de vendedor, respondió:
¡Estos son zapatos, pero no “Pluma”!
y lleno de fastidio por el modo
torpe de rechazar mi ofrecimiento
le dije: ¡Vea; naftas existen muchas,
pero la nafta es una sola! Y súbito
manifestó: ¡Pero, cafiaspirina
tenemos una sola; buenos días…
Y dando media vuelta se alejó
quedándome bien duro, sin hablar.

En otra oportunidad me ocurrió
otro caso digno de recordar
por ser de lo más raro y pintoresco.
Llevaba dentro del negocio, largo
tiempo viendo los estantes, mesones
y vitrinas llenas de mercancías,
un indolente y joven santiagueño
cuando nos pareció que ya madura
estaba su curiosidad, y todo
lo raro para él había penetrado
por sus ojos ávidos y profundos,
me acerque y con el calor afectuoso
que debe dar siempre el dueño de casa,
pregunte que buscaba que allí tanto
miraba, y sin convencerse por cierto,
me dijo con toda tranquilidad:
que nosotros no “poseíamos”, realmente,
aquello que tanto quería saber.

No me di por vencido y nuevamente
insistí sobre el asunto, poniendo
en mis palabras más interrogantes,
y cuando ya las cosas extremaron
díjome: “gueno”, tiene usted “meolí”?
y al no entender le pregunté otra vez,
respondiendo lo mismo, sin inmutarse.
Sus palabras de tono no cambiaron,
Tuvieron igual pachorria anterior
y al verme yo sorprendido, a Repetto
que por allí pasaba le llame
y después de explicarle lo ocurrido,
este, volvió a preguntar al paisano
con las mismas palabras que usé yo;
en él la respuesta nada varió
y al final después de tanto observar
y por un movimiento de mano hecho
por este mortal, el que su nariz
tocó, adivinamos, que allí por cierto,
no teníamos el tabaco rapé
que de un principio, “viendo”, no encontró;
ya se lo había dicho su instinto de hombre
de campo, de tierra adentro. Podía
mas aquella intuición propia, que toda
la experiencia por nosotros volcada
para ayudar a salir del “embrollo”

que creíamos que el santiagueño sufría.
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