Soñando el regreso


Junto con la inquietud por la educación de su hija, San Martín afrontaba en Europa problemas financieros. El gobierno bonaerense le adeudaba sus sueldos atrasados como general y no mostraba ningún interés en ponerse al día. Por el contrario, se alegraba de sus males. 

Tampoco era sencillo recibir el cobro de los alquileres de sus casas en Buenos Aires y la chacra de Barriales, otras de sus fuentes de ingresos, y de los que se encargaba su cuñado y antiguo subordinado, Manuel de Escalada. Su renta más fluida provenía de los fondos invertidos por Álvarez Jonte en Londres, la principal plaza especulativa de la época. Pero ya entonces sobre ese mundo revoloteaban los “buitres” y sus aguas estaban llenas de “tiburones” de las finanzas, y se produjo lo que los historiadores ingleses bautizaron el “Pánico de 1825”. Era el inicio de las crisis cíclicas del capitalismo. Las exportaciones textiles inglesas, en constante aumento desde el comienzo de la Revolución Industrial, llegaron a su “techo” a comienzos de la década de 1820, con lo que los capitales empezaron a buscar inversiones más redituables que las hilanderías y tejedurías fabriles. La especulación con los empréstitos de las nacientes repúblicas latinoamericanas, entre ellos el tristemente célebre de la banca Baring Brothers, suscripto por el gobierno bonaerense, creó una burbuja financiera que estalló en 1825, arrastrando a la quiebra a 66 casas bancarias inglesas, con el consiguiente tendal de ahorristas y pequeños inversores perjudicados, entre ellos, el general San Martín.
A fines de 1826, posiblemente al no poder costear las 130 libras anuales que cobraba el Hampstead College, entonces una renta importante, el Libertador decidió llevar a Merceditas a Bruselas, donde ingresó en un colegio de monjas.
En medio de sus problemas, San Martín se mantenía informado de las noticias de América del Sur, en parte por los periódicos y, sobre todo, por su correspondencia con sus amigos y antiguos colaboradores: Tomás Guido, Bernardo O’Higgins y Gregorio Goyo Gómez, entre sus más asiduos corresponsales. Al enterarse del inicio de la guerra con el Brasil, el Libertador tomó la decisión de ofrecer sus servicios al país. Pero recién con la caída de Rivadavia, en 1827, y la asunción de Manuel Dorrego, se embarcó rumbo a Buenos Aires. Así lo comentaba en carta a O’Higgins: “Ya habrá usted sabido la renuncia de Rivadavia; su administración ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos. Él me ha hecho una guerra de zapa sin otro objeto que minar mi opinión, suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro objeto que el de establecer gobiernos en América; yo he despreciado tanto sus groseras imposturas, como su innoble persona. Con un hombre como este al frente de la administración, no creí necesario ofrecer mis servicios en la actual guerra contra el Brasil, por el convencimiento en que estaba de que hubieran sido despreciados; con el cambio de administración he creído mi deber el hacerlo, en la clase que el gobierno de Buenos Aires tenga a bien emplearme: si son admitidos, me embarcaré sin pérdida de tiempo, lo que avisaré a usted”.
En su respuesta O’Higgins no se queda atrás en cuanto a sus apreciaciones sobre Rivadavia. Comienza quejándose de la permanente violación y secuestro de la correspondencia que le envía San Martín por parte de la administración rivadaviana: “Hasta la evidencia se podría asegurar que las ocho o diez cartas que veo por su apreciable del 29 de septiembre del año pasado, se han escamoteado, como las que he escrito a usted paran en poder del hombre más criminal que ha producido el pueblo argentino. Un enemigo tan feroz de los patriotas como don Bernardino Rivadavia estaba deparado, por arcanos más oscuros que el carbón, para humillarlos y para la degradación en que su desastrosa administración ha dejado a un pueblo generoso que fue la admiración y la baliza de las repúblicas de la América del Sud. Este hombre despreciable no sólo ha ejercido su envidia y su encono en contra de usted; no quedaba satisfecha su rabia; y acudiendo a su guerra de zapa, quiso minarme en el retiro de este desierto, donde por huir de ingratos, busco mi subsistencia y la de mi familia con el sudor de mi frente”.
Aunque no recibió respuesta a su ofrecimiento, decidió retornar y tenía planeado traer con él a Merceditas. Evidentemente, el general soñaba con un regreso definitivo. Antes de hacerlo, quiso conocer su admirada Francia, aunque sabía que iba a tener a la policía francesa siguiéndole las pisadas e informando al gobierno de cada movimiento del “antiguo jefe de los ejércitos insurgentes del Río de la Plata, Chile y Perú”. El tremendo frío de diciembre en Bruselas hizo sentir más fuerte su artritis reumatoidea y decidió buscar algún alivio en las termas de Aquisgrán y luego recorrer un poco Francia. Se lo vio por París, Lyon, el histórico puerto de Marsella, Tolón, Nimes, Tolosa, Burdeos y Tours, la ciudad del otro San Martín, para regresar a París, pasando por el bello mediodía francés y partir hacia Bruselas, adonde llegó en los primeros días de abril de 1828.
A comienzos de junio, ya repuesto, le escribía a Tomás Guido: “Creo que tendré el gusto de ver a Ud. a fines del presente año, a menos que el cambio de esa plaza no suba en términos de poder permanecer en Europa hasta la conclusión de la educación de mi niña, pues me es absolutamente imposible poder subsistir por más tiempo, no pudiendo percibir más que el tercio de lo que me produce mi finca. Esta circunstancia me altera todo mi plan, pues tendré que separarme de mi hija, siendo doloroso que no concluyese su educación, habiendo hecho el viaje con este objeto”.
El 12 de julio retiró a Mercedes de la pensión porque empezaban las vacaciones de verano y regresó en su compañía a los baños termales de Aquisgrán. 
De regreso finalmente, decidió volver a la patria sin Mercedes, en compañía de su inseparable Eusebio Soto. Su amigo Miller se encargó de comprarle en Londres el pasaje, a nombre de “José Matorras” para eludir la vigilancia de los servicios de espionaje español y francés. El Gran Jefe emprendía el regreso a querida su patria. El 21 de noviembre de 1828, San Martín y Eusebio Soto viajaron de Bruselas a Londres; de allí, seis horas en diligencia hasta la bellísima Canterbury, la ciudad de los célebres cuentos picarescos, para visitar al general Miller y su familia. Tras unos días de largas charlas que le vinieron muy bien a Miller para avanzar en la escritura de sus memorias, los viajeros siguieron rumbo al puerto de Falmouth, en el sudeste de Inglaterra, para embarcarse con destino al Río de la Plata en el barco Countess of Chichester, que había iniciado los viajes del “paquete” (correo regular) cuatro años antes. 
Cuando el barco inglés hizo escala en Río de Janeiro, el 15 de enero de 1829, el Libertador pudo enterarse por la prensa local de una grave noticia que lo llenó de indignación y dolor y que lo haría meditar seriamente sobre la conveniencia de desembarcar en Buenos Aires: su antiguo oficial de Granaderos, Juan Lavalle, había derrocado, perseguido y hecho fusilar al coronel Manuel Dorrego, con lo cual la guerra civil recomenzaba en el país. La presencia de “José Matorras” en Río no pasó desapercibida. El encargado de negocios de Francia en el Brasil, monsieur Pontor, se apresuró a escribir a su jefe del Quai d’Orsay, el conde de la Ferronnay: “Un hecho saliente en las circunstancias presentes es la llegada inesperada del famoso general San Martín, que vivía retirado en Inglaterra después de varios años. Llegó aquí en el último paquebote, bajo el nombre del señor San Martín. Guardó el incógnito y continuó inmediatamente su ruta para Buenos Aires. Algunas personas que lo conocen, aseguran que su regreso no tiene ningún fin político y que reveses múltiples que ha sufrido su inmensa fortuna adquirida en la invasión del Perú son la sola causa. El señor Tudor, encargado de negocios de los Estados Unidos, cree que podía tener propósitos sobre el Perú. Sea lo que fuere, lo cierto es que llega a Buenos Aires muy oportunamente y que en el estado de desorden y de anarquía en que se encuentra esta república es muy posible que sus pasados servicios y su reputación hagan pensar en él para ponerlo al frente de los negocios públicos”.
Monsieur Pontor no estaba muy informado sobre la vida de San Martín. Obviamente, no había viajado bajo su nombre verdadero, no vivía en Inglaterra sino en Bélgica y estaba lejos de perder una fortuna que nunca tuvo. La carta es interesante porque refleja el revuelo que comenzaba a levantar la llegada del Libertador al Río de la Plata y las expectativas políticas que despertaba.

En la ciudad de la furia. San Martín divisó la silueta de la ciudad de Buenos Aires desde la cubierta del barco. Ya había decidido no desembarcar, una decisión dolorosa pero que él creía necesaria. No habría flores para Remedios, ni recorrida por aquellos lugares donde fueron fugazmente felices. Las prevenciones del general se vieron inmediatamente confirmadas por un artículo firmado por Florencio Varela, publicado por el diario rivadaviano El Pampero bajo el sugestivo título de “Ambigüedades”, en el que se decía: “En esta clase reputamos el arribo inesperado a estas playas del general San Martín, sobre lo que diremos, a más de lo expuesto por nuestro coescritor El Tiempo, que este general ha venido a su país a los cinco años, pero después que ha sabido que se han hecho las paces con el emperador del Brasil”.
El general permaneció en el buque a la espera de la partida hacia Montevideo. Cuando sus queridos amigos y compañeros, el coronel Manuel de Olazábal y el sargento mayor Pedro N. Álvarez de Condarco, llegaron al barco a visitarlo con una caja de duraznos como obsequio, San Martín les dijo: “Yo supe en Río de Janeiro sobre la revolución encabezada por Lavalle y en Montevideo el fusilamiento de Dorrego. Entonces me decidí venir hasta balizas, permanecer en el paquete, y por nada desembarcar, atendiendo desde aquí algunos asuntos que tenía que arreglar, y regresar a Europa. Mi sable no se desenvainará jamás en guerras civiles”. Así lo cuenta el propio Olazábal en sus memorias, quien también nos dice que había engordado y estaba canoso, pero que mantenía los ojos centelleantes de siempre. En la misma carta en que le solicitaba pasaportes para él y Eusebio, San Martín le decía al ministro de Gobierno del Lavalle, general José Miguel Díaz Vélez, el 7 de febrero: “A los cinco años justos de mi separación del país he regresado a él con el firme propósito de concluir mis días en el retiro de una vida privada, mas para esto contaba con la tranquilidad completa que suponía debía gozar nuestro país, pues sin este requisito sabía muy bien que todo hombre que ha figurado en la revolución no podía prometérsela, por estricta que sea la neutralidad que quiera seguir en el choque de las opiniones. Así es que en vista del estado en que se encuentra nuestro país y por otra parte no perteneciendo ni debiendo pertenecer a ninguno de los partidos en cuestión, he resuelto para conseguir este objeto pasar a Montevideo, desde cuyo punto dirigiré mis votos por el pronto restablecimiento de la concordia”.
Los pasaportes fueron concedidos y todo Buenos Aires se enteró de que el general no desembarcaría y marcharía a Montevideo. El diario unitario El Tiempo, continuando la tradición rivadaviana, comenzaba su campaña contra San Martín en estos términos: “Llegar a Montevideo, no desembarcar allí, fondear en nuestros puertos y en el acto y sin saltar a tierra, pedir su pasaporte para regresar a aquella plaza, es una comportación que parecería inexplicable si no hubiera algunos datos por donde poderla juzgar, pero que El Tiempo no pretende indicar en manera alguna. Baste decir que es imposible que el general San Martín llegara a nuestras balizas sin estar perfectamente impuesto de lo ocurrido en Buenos Aires desde el día 1° de diciembre; en el Janeiro se impondría de los principales sucesos y en Montevideo de todos sus pormenores y consecuencias del estado actual del país. No nos parece por lo tanto que sean las circunstancias políticas de hoy consideradas en general las que hayan decidido al señor San Martín a regresar a Montevideo desde nuestros puertos sin siquiera desembarcarse. Él ha recibido a bordo muchas visitas de sus amigos; se habrá impuesto por consiguiente de que en el día de hoy no se sostiene otra lucha en Buenos Aires que la del orden contra la anarquía y tampoco ignorará que en este país no hay hombres precisos. De lo que acaso en su larga ausencia no haya tenido proporción de juzgar con exactitud. Deseamos que el general tenga un buen viaje y que se desvanezcan cuanto antes todos sus escrúpulos”.
Argentinos, derechos y humanos. La campaña continuó y el 12 de febrero, aniversario de la batalla de Chacabuco, El Tiempo publicaba tramposamente en la sección correspondencia, una nota firmada por “unos argentinos”. Creo de importancia transcribirla completa para que los lectores puedan apreciar la calaña de la prensa canalla de entonces. La rivadaviana nota decía: “Sabéis General que nuestra patria triunfante, mientras ha durado vuestra larga ausencia en la gloriosa lucha contra el emperador de Brasil, celebró una paz honrosa y que por consecuencia de aquel memorable acontecimiento pocos meses ha, las bocas del Río de la Plata quedaron abiertas a la comunicación del mundo. Ahora queremos hacer notar que es un capricho singular de nuestra fortuna, el que después de aquel período histórico seáis, vos General, tal vez el guerrero más ilustre de la República Argentina, uno de los primeros que hayan visitado las aguas de nuestro río. También es raro que cuando estábamos para alcanzar la dicha, de que permanecieseis entre nosotros hayáis encontrado el país indigno de habitarlo, y regreséis sin verlo. ¿Cómo podremos haceros arrepentir, General, de la idea de burlar nuestra esperanza? ¿Qué podremos ofrecer que os halague si no queréis ni ser compañero nuestro, ni nuestro guía, ni nuestro consejero? Viviendo con nosotros mil veces habréis podido tener ocasión de darnos ejemplos útiles y palpables de moderación y de paciencia; habríais intervenido alguna vez como árbitro en las contiendas domésticas o como consejero fiel en los conflictos comunes; en fin, habríais asistido como todos nosotros y cada uno con su propia ofrenda a los ministerios indispensables y sagrados de la patria, ya fuese que se quemara en sus altares el aroma y el incienso como en los días de júbilo, ya fuese que cerrados sus templos la discordia azotase las ciudades y los campos sacudiendo sus teas incendiarias como en los días de turbación.
“Nos abandonáis, sin embargo, General; pero sin inquietarnos por los motivos que os induzcan a dar este paso, podemos manifestaros que la gratitud nos obliga a dejaros dueño de vuestro destino y que el cuidado de nuestra propia suerte nos impone la necesidad de armarnos del coraje sublime de habitar la patria a la que pertenecemos viviendo en ella lo mismo en los días en que el orden es sólido, y la unión perfecta y sincera que en aquellos en que jefes y partidos intratables manifestasen insaciables pasiones y principios que no debiesen dejar triunfar.
“¿Adónde iríamos huyendo de nuestra patria que la ignominia y el desdoro que publicásemos de ella no nos cortejasen también? ¿Cómo partir de las riberas del Río de la Plata gritando a todo el mundo que no hay en sus márgenes un solo punto habitable? Confesamos que esta resolución es imposible para nosotros. Los que dejáis en el país, de cuyo estado parecéis asustado y temeroso, olvidándose de su propia flaqueza por acordarse sólo de la dignidad de la patria, creed, que antes de imitar vuestro ejemplo, preferirán con orgullo perecer en la tormenta por no defraudarla voluntariamente en uno solo de sus hijos de cualquiera capacidad, cualquier talento que pudiese echar mano en las necesidades de su situación. No olvidéis, cuando merezcamos el favor de un recuerdo, que a ningún hombre por grande que sea su mérito, le es permitido divorciarse con la patria y mucho menos si con pretensión orgullosa de lo que no os acusamos, general, pretende tener toda la razón de su parte, concediendo a su sola opinión todos los derechos de la verdad”.
Otros argentinos se sintieron dolidos por esta nota cobardemente anónima firmada por “unos argentinos” y lo hicieron a través de la Gaceta Mercantil: “El general San Martín tiene derechos especiales para que la historia le designe largas páginas y ellas sirvan de modelo para las generaciones venideras; mas entretanto corre ese largo período, nosotros los presentes, recordaremos con respeto los días gloriosos que su época nos dio; quisiéramos que su conducta ulterior aunque en nuestra opinión es arreglada, no hubiese servido de pretexto para que los titulados Argentinos, en consonancia con El Tiempo, olvidando todas las consideraciones y lo que es más, la celebridad del día en que tuvo su origen la república chilena por la batalla de Chacabuco, rompan los diques de la moderación y arrojen el viento de sus tenaces pasiones sobre la sombra de un hombre cuyo rango y opinión está suficientemente justificado ante el mundo todo.
“Para llenar este deber su barómetro serán los hechos y decididos servicios de este general para llevar la libertad en triunfo hasta el Pichincha, su política liberal y filosofía para guardar un silencio sepulcral en medio de los combates de sus enemigos, garantido de su conciencia justificada; principio poderoso para esperar su conservación en la vida privada que ha adoptado con mortificación de sus enemigos implacables, concluyendo con recordar a estos que si ellos, el día consagrado al aniversario de la batalla de Chacabuco, primero de la existencia de la república chilena, han empleado su pluma para denigrar el carácter del fundador de ella, eso mismo y la justificación de la injusticia de sus alevosos tiros derrama esta breve contestación de un jefe del Ejército Libertador, al mando del general San Martín”.
El general San Martín conocía perfectamente a esos “argentinos” que firmaban la nota de El Tiempo, a los que les había dedicado un párrafo notable en la carta dirigida a su amigo O’Higgins que citamos más arriba. 
Su gran amigo, Tomás Guido, le escribía: “Mucha satisfacción me ha dado el saber que usted llegó felizmente a Montevideo y que está fuera de contacto de las pasioncillas que aquí se agitan. (...) Hay otro negocio sobre el cual gustaría saber la resolución de usted prontamente, si no hay sistema en ocultarlo; tal es: si usted se resuelve pasar o no al Perú. Quizá considere usted impertinente esta pregunta; no lo es, si usted se persuade de que el interés de América y simpatías indelebles por usted me mueven a esta averiguación. Estoy informado de que usted ha sido llamado por el general La Mar y que se le han acordado a usted sus honores y sueldos; creo también que su presencia en Lima contribuiría decididamente a que se pagasen los haberes vencidos; pero no son esos intereses los que yo quiero saber si a usted lo llevarán a aquel país; es, en una palabra, y bajo la reserva de que usted sabe soy capaz, si usted se decidirá a tomar parte activa en la suerte del Perú, comprometido hoy en una guerra justa y con muy pocos hombres que lo presidan. (...) Buenos Aires continúa marchando bajo el mismo sistema que en diciembre; se aceleran los preparativos para una fuerte expedición contra los gobernadores de las provincias interiores. Hoy sin embargo se asegura que el general Rivera ha ofrecido mediar entre las partes beligerantes para evitar la guerra civil”.
San Martín en Montevideo. En Montevideo fue recibido por el jefe del naciente Estado, el general Rondeau, quien le ofreció alojarse en su residencia oficial. San Martín agradeció la hospitalidad pero prefirió alquilar una habitación en la posada Fonda de Carreras. La fonda estaba ubicada en el centro de la ciudad, en la Plaza Matriz; tenía dos pisos. En la planta baja estaban el café y el salón comedor, y en la alta, la posada con habitaciones a la calle. Pero ante la insistencia de varios amigos, se mudó el 19 de febrero a la finca El Saladero, de Gabriel Pereira, en el actual parque Battle y Ordóñez.
En aquellos primeros días en Montevideo, el general recorrió la ciudad en compañía de su inseparable Eusebio y pudo visitar al coronel Eugenio Garzón, ministro de Guerra del Uruguay. Le contó de su recorrida y le aconsejó que demoliera las murallas de la ciudad-puerto porque iban a contener la expansión urbanística de la ciudad y porque como elemento de defensa habían quedado arcaicas e inútiles frente a la artillería de las nuevas naves de guerra europeas. También se hizo tiempo para responder a la honorable invitación a asistir como espectador a las sesiones de la Asamblea Legislativa en las que se debatía la carta orgánica del Uruguay. En una cena se pudo reencontrar con su cuñado Manuel Escalada.
El general leía por las mañanas, antes de partir a su habitual recorrida por la ciudad, las noticias de Buenos Aires. Así pudo enterarse de que acusados de encabezar un intento de golpe contra Lavalle, habían sido deportados algunos miembros del federalismo porteño como Juan José y Tomás de Anchorena y Tomás de Iriarte, entre otros. Al llegar a Montevideo todos ellos quisieron ver al Libertador y contarle su versión de los hechos, pero el general no olvidaba el desprecio de Anchorena por el plan del Inca y su desinterés absoluto por la ayuda requerida por su enviado Gutiérrez de la Fuente; ni la colaboración activa de Iriarte en las campañas difamatorias de Alvear. Uno de los recién llegados, el coronel Garzón, pensaba proponerle que se pusiera a la cabeza de una invasión a Buenos Aires para deponer a Lavalle y fusilarlo. 
En una carta a O’Higgins fechada 13 de abril de 1829, San Martín le contaba que Lavalle había enviado a dos delegados, el coronel Trolé y Juan Andrés Gelly, para ofrecerle el mando de la provincia y dejaba muy en claro por qué no había aceptado el ofrecimiento del asesino de Dorrego: “El objeto de Lavalle era el que yo me encargase del mando del ejército y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de garantir, por mi parte y por la de los demás gobernadores, a los autores del movimiento del 1° de diciembre; pero usted conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de ellos. Por otra parte, los autores del movimiento del 1° son Rivadavia y sus satélites, a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a este país, sino al resto de la América, con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”.
A quienes les pueda parecer parcial la inculpación a Rivadavia que hace San Martín por el asesinato de Dorrego, les va a ayudar leer este oficio reservado, dirigido al Foreign Office por el representante británico en Buenos Aires, Mr. Woodbine Parish, insospechable de ser partidario de Dorrego, donde señalaba: “He oído decir, sin embargo, que no hay duda de que el general Lavalle fue instigado a realizar ese acto por los partidos de Buenos Aires y me han asegurado que su muerte fue bien conocida en la ciudad por el señor Agüero, antiguo principal ministro de Rivadavia, la misma noche de su ejecución. Es difícil al presente hablar positivamente sobre este tema, pero está muy generalizada la creencia que muchos de los miembros del viejo gobierno de Rivadavia y sus íntimos partidarios tuvieron una reunión secreta no bien recibieron las primeras nuevas de que el gobernador había sido hecho prisionero y despacharon un mensajero a Lavalle con el resultado de sus opiniones para que supiese qué debía hacer. Muchas circunstancias prueban este hecho de un modo indudable y lo hace aún más creíble el que los hombres de ese partido eran conocidos como los primeros autores de la revolución”.
En diálogo franco con el capitán Manuel Pueyrredón, San Martín ratificó su decisión de rechazar la propuesta de Lavalle de descargar sobre sus espaldas el desastre armado por él mismo y sus “asesores” rivadavianos: “Yo no podía aceptar sus ofertas porque José de San Martín poco importa, pero el general San Martín da mucho peso a la balanza y tú sabes que he sido el enemigo de las revoluciones, que no podía ir a ponerme el servicio de una de ellas. Cuando Bolívar fue al Perú, yo tenía ocho mil hombres, podía sostenerme, arrojarlo; pero era preciso dar el escándalo de una guerra civil entre dos hombres que trabajaban por la misma causa y preferí resignar el mando”.
Finalmente, dada la importancia de la oferta y del contexto en que se hacía, San Martín se dirige directamente a Lavalle, pasando por encima de los intermediarios, y aprovecha para darle un consejo que su ex subordinado lamentablemente no escuchará: “Sin otro derecho que el de haber sido su compañero de armas, permítame usted, General, le haga una sola reflexión, a saber: que aunque los hombres en general juzguen de lo pasado según su verdadera justicia, y de lo presente, según sus intereses, en la situación en que usted se halla, una sola víctima que pueda economizar a su país le servirá de un consuelo inalterable, sea cual fuere el resultado de la contienda en que se halle usted empeñado; porque esta situación no depende de los demás sino de uno mismo”.
El camino hacia el exilio definitivo. Habían pasado tres meses desde su llegada a Montevideo, días intensos de ofertas de poder, de ataques furibundos, de galantes recepciones y profundas meditaciones antes de emprender el regreso, que el general intuía definitivo, a Europa. El día de su partida del Río de la Plata, le escribía al oriental Fructuoso Rivera: “Dos son las principales causas que me han decidido a privarme del consuelo de por ahora estar en mi patria: la primera, no mandar; la segunda, la convicción de no poder habitar mi país, como particular, en tiempos de convulsión, sin mezclarme en divisiones (…). Mi carácter no es propio para el desempeño de ningún mando político (…) y habiendo figurado en nuestra revolución, siempre seré un foco en que los partidos creerán encontrar un apoyo (…). Firme e inalterable en mi resolución de no mandar jamás, mi presencia en el país es embarazosa. Si este cree, algún día, que como soldado le puedo ser útil en una guerra extranjera (nunca contra mis compatriotas), yo le serviré con la lealtad que siempre lo he hecho”.
Una carta para la historia. San Martín se tomó su tiempo para contestar a su “lancero amado” con esta carta memorable fechada en Montevideo el 3 de abril de 1829, cuya completa lectura es más que aconsejable: “El estado de mis intereses, es decir la depresión del papel moneda en Buenos Aires no me permitían vivir por más tiempo en Europa; con los réditos de mi finca, los que alcanzaban a cerca de seis mil pesos, pero que puestos en el Continente quedaban reducidos a menos de mil quinientos, me resolví a regresar al país con el objeto de pasar en Mendoza los dos años que juzgaba necesarios para la conclusión de la educación de mi hija y a agitar por la mayor inmediación el cobro no del todo, pero sí de alguna parte de mi pensión del Perú, pues yo no contaba ni podía contar con sueldo alguno de mi país, y al mismo tiempo haciendo el ensayo de si con los cinco años de ausencia y una vida retirada podía desimpresionar a lo general de mis conciudadanos que toda mi ambición estaba reducida a vivir y morir tranquilamente en el seno de mi patria. Todos estos planes han sido frustrados por las ocurrencias del día. Pasemos ahora al punto capital, es decir, el de mi regreso a Europa. Las agitaciones de 19 años de ensayos en busca de una libertad que no ha existido y más que todo, las difíciles circunstancias en que se halla en el día nuestro país, hacen clamar a lo general de los hombres que ven sus fortunas al borde del precipicio, y su futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre, no por un cambio en los principios que nos rigen y que en mi opinión es donde está el mal, sino por un gobierno vigoroso, en una palabra militar; porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra (...). Ahora bien, partiendo del principio que es absolutamente necesario el que desaparezca uno de los partidos contendientes, por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad pública, ¿será posible, sea yo el escogido para ser el verdugo de mis conciudadanos, y cual otro Sila, cubra mi patria de proscripciones? No, jamás, jamás, mil veces preferiría correr y envolverme en los males que la amenazan que ser yo instrumento de tamaños horrores; por otra parte, después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos, no me sería permitido por el que quedase victorioso, usar de una clemencia necesaria y me vería obligado a ser agente del furor de pasiones exaltadas que no consultan otro principio que el de la venganza. Mi amigo, veamos claro, la situación de nuestro país es tal, que al hombre que lo manden no le queda otra alternativa que la de apoyarse sobre una fracción o renunciar al mando; esto último es lo que hago. Muchos años hace que usted me conoce con inmediación, y le consta que nunca he suscrito a ningún partido, y que mis operaciones y resultados de estas, han sido hijas de mi escasa razón y del consejo amistoso de mis amigos; no faltará quien diga que la patria tiene derecho a exigir de sus hijos todo género de sacrificios, esto tiene sus límites; a ella, se le debe sacrificar la vida e intereses, pero no el honor. (...) Si sentimientos menos nobles que los que poseo a favor de nuestro suelo fuesen el Norte que me dirigiesen, yo aprovecharía de esta coyuntura para engañar a ese heroico, pero desgraciado pueblo, como lo han hecho unos cuantos demagogos que, con sus locas teorías, lo han precipitado en los males que lo afligen y dándole el pernicioso ejemplo de perseguir a los hombres de bien, sin reparar a los medios. Después de lo que llevo expuesto, ¿cuál será el partido que me resta? Es preciso convenir que mi presencia en el país en estas circunstancias, lejos de ser útil no haría otra cosa que ser embarazosa, para los unos y objeto de continua desconfianza para los otros, de esperanzas que deben ser frustradas; para mí, de disgustos continuados”.
Y cerraba reiterando la frase que ya había estampado en su renuncia como Protector del Perú: “La presencia de un militar afortunado es temible a los Estados que de nuevo se constituyen”.
Agregaba el general una posdata significativa: “Si no fuese a usted, Goyo Gómez u O’Higgins, con quienes tengo lo que se llama una sincera amistad y que conocen mi carácter, yo no me aventuraría a escribir a nadie con la franqueza que lo he hecho, pues se creería un exceso de orgullo”. 
Cuenta Tomás de Iriarte en sus memorias que acompañó a San Martín hasta el barco que lo conduciría al exilio definitivo: “El general San Martín se embarcó para Europa; lo acompañé al paquete hasta el momento de hacerse este a la vela. (…) San Martín me aconsejó que en el momento que cayese Lavalle y su partido no debíamos perder tiempo en regresar a Buenos Aires a fin de tomar una parte activa en los negocios, y perseguir con tesón al círculo británico hasta anularlo. Balcarce, Martínez y yo habíamos, colectiva e individualmente, hecho los mayores esfuerzos para que el general San Martín esperase el término de la guerra, cuyo fin y resultado se veía ya próximo, para pasar a Buenos Aires a ponerse al frente de los negocios públicos. Pero San Martín nos opuso constantemente la más incontrastable resistencia: nos dijo que deseaba vivir y morir en el país, porque encontraba un gran vacío en Europa, que le repugnaban las costumbres de etiqueta, los hábitos que estaban en oposición con su carácter franco de soldado, pero que había resuelto expatriarse y no volver al país, mientras asomase la guerra civil y la anarquía”.
Fuente: Felipe Pigna para Miradas del Sur