Leopoldo Federico 1927-2014 Quejas del bandoneón

Una de las mejores frases/definiciones que escuché desde que Cabarcos dejó correr la noticia de la muerte de Leopoldo Federico, fue la de Lidia Borda: “Vivió Federico”.
Un par de horas más tarde, Ernesto Baffa me dijo: “Era una persona de bien. Durante cincuenta años nos hemos cruzado en distintas orquestas, trabajamos juntos en El Viejo Almacén y siempre, absolutamente siempre, mostró que era un buen hombre”.
Exacto, Leopoldo Federico vivió y siempre fue un buen hombre.



Tremendo músico. Como Neruda, podría haber sostenido “confieso que he vivido”. Se largó con sus 17 años en la orquesta de Juan Carlos Cobián, para pasar más adelante por las de Alfredo Gobbi, Osmar Maderna (ya como primer bandoneón), Héctor Stamponi, Mariano Mores, Carlos Di Sarli y Horacio Salgán. Convocado por sugerencia del “Pelado” Di Filippo, uno de los más grandes “fueyes” de la historia, siempre destacaría orgulloso su paso por el Octeto de Astor Piazzolla. 
Cuando memoraba esa época y se le preguntaba por los piazzollistas versus los antipiazzollistas, contestaba: “No sé, la verdad que no sé, lo que nos importaba a los músicos del Octeto era ser felices por estar ahí, por ser los músicos de Piazzolla, esa otra pelea no era nuestra”.
Cuando tocaba en el Tabarís y regresaba de madrugada, si se demoraba mucho, su madre Virginia Rainone le preguntaba: “¿Qué te pasó?”. El maestro, años después, decía que a otros muchachos que se quedaban hasta más tarde jugando a los naipes nadie les preguntaba nada.
Y no bien llegaba a su casa, debía ayudar a su padre Luis, en la carbonería que regenteaba.
Grabó con Roberto Grela versiones difíciles de describir o calificar por lo perfectas, musicales, sentidas, plenas de ritmo y melodía, como esas de “Amurado”, “Danzarín”, “A la Guardia Nueva” y otras más...
Y esto de la guardia nueva no es casual, el gran bandoneonista apoyaba los nuevos valores que iban surgiendo, no tenía empacho en acercarse a ellos, conversar sobre piezas, arreglos, tendencias, escucharlos, ayudarlos.
Siempre decía que los “pibes” de su orquesta le transmitían la fuerza que necesitaba.
Tal vez es algo de lo que le quedó de su paso, muy joven aún, por la orquesta de Carlos Di Sarli, quien, decía, le dejó enseñanzas inolvidables.
Me parece que tenía un secreto: siempre fue joven de la “terraza”. Se divertía como un joven, gozaba de compartir momentos con la muchachada que se acercaba al tango, era uno más entre ellos.
Allá por el año 1962, en una de las tantas changuitas de control de bordereaux que me daba un tío que organizaba giras de tangueros y folkloristas, me tocó ir en tren hasta una localidad del oeste de la provincia de Buenos Aires, casi meridiano quinto, donde su orquesta acompañaba a Julio Sosa. Además de disfrutar de las bromas y dichos de Sosa, era un placer ver a ese bandoneón cadenero manejando la orquesta con miradas, gestos, cabeceos, disfrutando a la vez del show y baile (porque se bailaba a su son) y esperar con esa sonrisa amplia, el momento en que Sosa se daba vuelta y cantaba: “¡Leopordoooo, ya no habemo ma’ guapos!”.
Es que el Maestro era muchas cosas: era un niño, un tipo responsable, un creador, un bandoneonista excepcional con la fuerza de Pedro Laurenz, y era fundamentalmente, un hombre bueno.
Le encantaban los desafíos, estaba dirigiendo la orquesta estable de Radio Belgrano cuando el tango entraba en la “malaria” de los ’60 producto de decisiones empresariales de los grandes sellos. En ese momento le ofrecieron acompañar a Julio Sosa, quien iniciaba un camino propio.
Dejó entonces el trabajo seguro y se lanzó con todo al desafío. Aprendió tanto como enseñó en esa parada, colaborando en convertir a ese binomio en el suceso de esa época.
Fue un defensor de la orquesta típica, pero de las de antes, de esas que conservaban siempre sus músicos, y añoraba aquellos años de intenso trabajo para las grandes agrupaciones y los cantores cuando todavía las grabadoras multinacionales no habían logrado su cometido de destruir la música nacional para imponer ese pop onda latinoamericana, neutra, sin contenido nacional.
Defendía su orquesta y su idea de orquesta, pero era consciente de que mantener doce músicos en escena en forma permanente era, y es, casi una utopía.
Como Aníbal Troilo, pensaba que los cantores son instrumentos de la orquesta y lamentaba la escasez de voces masculinas actuales. Rescataba a Cucuza Castiello y a Lautaro Mazza.
Tal vez haber estado en la orquesta que acompañaba a aquel Rodríguez Lesende, también admirado por Troilo, o en la de Alberto Marino, le permitió valorar la importancia de poder contar con una voz sin egos, atento al reclamo de la partitura.
Gran amigo de Osvaldo Requena, compuso con él una versión indescriptible de “Preludio nochero”, y tiene temas que ya son parte de lo mejor de la historia del tango: “Cabulero”, “Sentimental y canyengue”, y muchos más.
Su paso por el Quinteto Real con Salgán nos dejó versiones memorables. Es que sin alharacas ni ruido, Leopoldo Federico fue un discípulo y maestro de esa escuela evolucionista que, comenzando en Arolas, y luego con De Caro, Gobbi, Troilo, fundamentalmente Pugliese y por fin Piazzolla llevó al tango a dimensiones extraordinarias para ser reconocido en todo el mundo. Aunque, como el Maestro señalaba elípticamente, con apoyo estatal en todos los países, salvo en el nuestro.
Era un defensor de los buenos arreglos y de la interpretación más que de la ejecución. Y siempre decía que su orquesta lo cobijaba, y que le gustaba pensar junto a todos ellos.
Reconocía que, a diferencia de Baffa por ejemplo, no practicaba todos los días, y se justificaba: “Estoy ‘chacabuco’”, decía. Y hasta uno se tentaba con darle la razón al verlo avanzar así, agobiado como caminaba, hacia el escenario.
Pero se subía, ubicaba el paño sobre las rodillas, alzaba el “fueye” y se transformaba. Parecía un gigante en el medio del escenario.
Hubo noches en el Tasso en que parecía que la orquesta, sus amigos músicos que allí lo rodeaban, lo miraban admirados, asombrados de esa fuerza y ese sentimiento que explotaba.
Con esa misma fuerza el Maestro también trabajaba para sus colegas músicos. Lo hacía desde hace años (¡veinticinco años!) en AADI, la Asociación Argentina de Intérpretes, institución de la cual llegó a ser presidente, para luego ser reelecto por su honestidad y capacidad de trabajo. 
Y a veces mencionaba en ese trabajo reivindicativo aquellas luchas de Pugliese, Gomila, Arcos, Cantore y luego Salgán, en los comienzos de Sadaic, para conseguir que las agotadoras jornadas obligatorias de 18 a 6, en las confiterías y cabarets, se redujeran a 8 horas.
Y viviendo así, entregado a la música, al tango y a su orquesta, manifestó siempre su optimismo por la actitud de las nuevas camadas de músicos, se identificaba con los “pibes” que surgían porque era para él como verse a sí mismo, y ejercía la paciencia ante innovaciones que pretendían ser tango manifestando que no lo era, pero que había que esperar que decante, porque siendo buena música, alguna vez entrarían, entendiendo su origen, en el sendero del tango.
Y se fue nomás ese gran compañero, ese grande de la música. Pero ha logrado que todos los que lo recordemos lo hagamos con una sonrisa, pensando en lo que fue y en esos pequeños y silenciosos gestos que no esperaban reconocimiento y lo hacían más grande aún. Y un hombre de primera. Que vivió.


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