ARCHIVOS DEL MUSEO HISTÓRICO MUNICIPAL... RELATOS DE VIDA...


Hoy continuamos con la segunda parte de un relato biográfico de María Rosa Barbaresi. Agradecemos a todos los lectores que nos mandaron mensajes felicitando por esta iniciativa de compartir la historia escrita por muchos cañadenses.

PABLO DANIEL DI TOMASO
COORDINADOR DE MUSEOS Y PATRIMONIOS
MUNICIPALIDAD DE CAÑADA DE GÓMEZ



REMEMBRANZAS
Por María Rosa Barbaresi

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Todas las mañanas llegaba hasta nuestro barrio el panadero. Era una jardinera color naranja con un impreso que decía “Panificadora Ideal”, tirada por un caballo blanco. Canastos con felipes, galletas, varillas, caseritos y tortitas negras y un repartidor solícito, Pocholo Schaad, que nunca estaba triste y siempre atendía a sus clientes con sol y con lluvia.

Un día vimos llegar varios carromatos muy coloridos cargados con algunos muebles y muchas mujeres con vestidos largos, pañuelos en la cabeza, muchos collares y pulseras. Eran los gitanos. Instalaron sus carpas en un campito de Ruta 9 y Chacabuco. Su forma de vida era muy distinta a la nuestra; solían pasear sus polleras multicolores por el barrio con el propósito de adivinar la suerte  a quienes de cruzaran en su camino. Los niños teníamos prohibido acercarnos al lugar. Algunos decían que acostumbraban  robar en las casas vecinas. Quizá solo era discriminación hacia una cultura diferente.

Una vez al mes nos visitaban carretas del norte tiradas por bueyes que traían queso de cabra, nueces, dulces, canastos de mimbre, y algo que mi madre siempre compraba: arrope de tuna. Por la Ruta 9 y frente a calle Marconi aún están las plantas de morera que atacábamos a la hora de la siesta para comer sus dulces frutos rojos y blancos. También nos llevábamos algunas hojas para alimentar a los gusanos de seda que dormían en el galponcito de casa en una caja de zapato. El cruce de Ruta 9 y Ayacucho guarda aún muchos recuerdos. En una de esas esquinas, sobre el campo Del Sel, tenía su casa Manuel De Almeida.


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           Era el verdulero del barrio, ya que allí sembraba papas, camotes, cebollas, ajos, zanahorias, zapallitos, melones y sandías. Trabajaban con él su esposa Pierina y sus hijos Cacho y Nelly. Había un pozo de agua, un galponcito donde se guardaba la mercadería, una balanza de mano y alguna que otra gallina clueca con sus pollitos cruzando el patio en dirección a la jardinera, que descansaba bajo un árbol de paraíso de su labor diaria. En la esquina de enfrente y sobre un terreno baldío dos arcos rudimentarios marcaban la cancha del Club Rayito, donde se pateaba la pelota en los atardeceres y se hacía algún partido amistoso los fines de semana. Solían practicar los Gasparetti, Almeida, Federici, Mario Moscatelli, el nene Maurelli y en la comisión estaban Antonio Massería, Wilmar Badella y Osvaldo Santillán, que era el gomero del barrio y de la ruta, y tenía también una propaladora con música y noticias sociales que hacía sonar diariamente. Hoy vive en Bustinza, su pago chico.

          Pero la esquina más concurrida era el bar y restaurant de Antonio Massería. En la carnicería que atendía Francisco se hacían los más sabrosos chorizos, salames y quesos de cerdo. Era parada obligada de los camioneros que transitaban la Ruta 9 para comer las exquisiteces que preparaban, y de los vecinos del barrio que se reunían al atardecer a compartir el Gancia, los maníes y los salamitos, con un partido de truco y la anécdota del día de trabajo. En el primer salón había un bar con dos ingresos, la máquina de café, la bandeja con las facturas sobre el mostrador, e ingresando otro salón con mesas preparadas. Por la tarde servían de taller de corte y confección, donde Ladis Massería enseñaba el arte de la aguja y el dedal a las señoritas del barrio, y al medio día y noche se transformaba en salón comedor para el almuerzo o la cena. Trabajaba la familia, desde la abuela Enriqueta, Alejandro, Josefa, hasta el más joven de los hijos. Hoy un sobrino y su esposa están al frente del mismo boliche con sabor a encuentros y olor a glicinas del patio de otro tiempo.

         
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Algunos atardeceres un personaje en bicicleta hacía sonar un silbato característico,  era el afilador a quien las vecinas le acercaban las cuchillas y tijeras. Saltaban las chispas de fuego de las piedras redondas ubicadas  en su bicicleta.

A veces tomábamos la Ruta 9 hacia el oeste y pasábamos por el Tiro Federal, lugar donde los integrantes del Distrito Militar  y el personal policial practicaban con sus armas. El Colegio San Antonio de Padua quedaba bastante alejado para quienes vivíamos al norte de la Ruta. Cuando debíamos comprar lápices, hojas, cuadernos, libros nos llegábamos hasta el centro de la ciudad,  a la librería de Adolfo Strajelevich en Lavalle 921. Muy cerca de allí, en la Farmacia Universidad, me colocaban las vacunas, mi padre compraba Untisal para sus dolores de brazos, la barra de azufre para la tortícolis, y alguna hoja de afeitar legión extranjera” hoja dorada”. Quien me recetaba los remedios era el Dr. Carlos Alberto Weiss, médico de niños,  que vivía en Lavalle 859.

Me fascinaba el aroma a café de la confitería Los Dos Chinos de Lavalle 999, que llegaba hasta la vereda. Allí, cuando ya tenía dieciséis años, vimos junto a las compañeras del secundario, al artista español Pedrito Rico. Seguro tendría alguna actuación en la zona. Nos firmó autógrafos en una foto obsequio tipo postal.

Recuerdo los corsos de calle Lavalle que empezaban en calle Sarmiento y terminaban en calle Pellegrini. Al inicio del corso teníamos el bar de Sicbaldi, un verdadero museo musical, donde muchas veces mis padres tomaban una cerveza y yo una naranjada. En otras oportunidades llegábamos hasta el final del corso donde estaba el bar de Carlini con su famoso chopp y picadas. En el corso desfilaban las carrozas, los disfrazados, la murga de Cachón y otras carrozas donde iban las posibles reinas del carnaval que sería elegida en el baile de algún club. Por esos tiempos la estación de Ómnibus estaba en Balcarce y España, frente a la estación de trenes. Por eso solían venir muchas personas desde localidades vecinas a disfrutar del corso local. En una oportunidad pude lucir un disfraz muy bonito, homenaje a mi abuela materna que era una india querandí del Carcarañá. Para que perdure en el tiempo pasamos por la casa Vadell de Moreno y Ballesteros, donde un señor flaco y alto estampó mi imagen para el recuerdo en una fotografía sepia.     


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Mis padres compraban en Casa Vázquez, fundada en 1901 y ubicada en Balcarce y España, todos los elementos sanitarios, artículos de bazar y ferretería. Por el año 1944 ampliaron sus instalaciones en España y Lavalle y allí encontrábamos zapatos, artículos para hombres, telas y juguetes. Quienes atendían?...  Garín, Álvarez, Camilucci, Novello, Cabezudo...

Todos los años,  en el mes de octubre, se hacía en el Aero Club de la ciudad la fiesta del aniversario con vuelos de bautismo, planeadores y paracaidismo. Solía ir seguido porque me apasionaba volar. Memoraba allí la máquina Gipsy Moth con la que la Sra. Rosa Rey de Altmann surcaban los aires. En la escuela de pilotaje eran instructores Rómulo Amadío y Roberto Paoloni, entre otros. El mecánico de aviones,  Sr. Alfredo Brun, recorría diariamente el camino hacia el Aero Club con un Ford V8 color bordó. Bajo el cuidado del predio de Fidel Di Paola, el aviador Angel Lovazzano recorría  a muchos metros de altura la ciudad y sus alrededores. Muchas veces acompañaba en el biplaza sus horas de vuelo. Era el heredero de la Fábrica de jabones Cañadenzo que fundó Don Agustín Lovazzano, el que había llegado desde Italia en 1906. Después de trabajar como labriego, obrero y artesano, instala en el año 1923 la fábrica de jabón orgullo industrial de la zona.

Desde el escenario del Club Almirante Brown, ubicado en la esquina de Brown y Colón, desgrana sus acordes la orquesta. Cuarenta mesas alrededor de una pista con mil quinientas sillas,  mientras trabajan para el progreso del lugar Elmo Marone, Annino Cocchiarella, Juan Santana y Severo Mellea. Siento aún el ritmo de los lentos y la cadencia del tango y la milonga. Bajo el cielo estrellado se van perdiendo los acordes de las melodías mientras el abrazo sostiene la figura de una dama, que mejilla a mejilla y taconeando sobre el piso de baldosas, vuelve a vivir una inolvidable historia de amor.

Voy recorriendo tus olores en el tiempo
Calles de tierra y las vías del tren,
de mañana, aroma a pan casero,
mientras gime el canto en la vitrola
esperando un querer.
Ha pasado ya el tiempo
y he llegado, después de los cincuenta
a buscar la verdad,
a mirar el color de tu arboleda,
a sentir tus aromas,
a vivirte....ciudad...


(Fragmento del poema “Mi ciudad” de María Rosa Barbaresi)
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