Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Año 1922



Llegamos a 1922, y Trujillo describe las fiestas populares de antaña y remarca la lucha de Feruccio Ardigó en lo que ellos consideraban una injusta e ilegal declaración de ciudad de Cañada de Gómez. 




















Como se esperó, el año veintidós
llegó dejando atrás sin olvido
al primaveral “Veinte de Setiembre”,
con su palo, el de la “dificultad”,
con sus tómbolas y cédulas rosas,
con su tiro al blanco, su olla de barro
con sapos, harinas y caramelos;
todo eso volvió a suceder el veintiuno,
y más, dejó atrás el “Doce de Octubre”
con sus bailes y fiestas españolas,
los corsos que en Ocampo se efectuaron
cuando de “Caballeros de la Corte
salimos, esa vez que más de mil
flores fabricamos con Tula, Adolfo,
Malén, Borsini, en casa de Pepita,
con ayuda de Carmen y “Pitilo”,
y que en la noche anterior al primer
desfile, ufanos el carro adornamos,
sin pensarse, que desde las estrellas
que esa noche ya muy de madrugada
brillaban aún como piedras bonitas,
iba a venir la lluvia que en torrente
se llevara la “obra” que ayer hicimos.

Seguía el tiempo su avance incontenible,
y nuevamente otro corso en Ocampo
se realiza. Entre los “Dandys Alegres”
ese año, cuando dieciocho tenía
cumplidos, estuve sobre otro carro
donde tiramos quinientos paquetes
se serpentinas de marca “Francesa”,
que fueron interminables de largas,
tanto, que lograron unir las almas
que en aquel momento se conocieron;
cadenas de papel de mil colores
ahí se engarzaron en todos los coches
y en casa eslabón de aquella ondulante
cinta, estuvo corazón como broche.

Guinle traza canteros y arbolado
el antiguo bulevar Centenario
acierta que se transfigurará
en un hermoso paseo de ciudad.
Sus caminos de piedras en los cruces
de calles, redundan en beneficio
de la población, y ello representa
un progreso para nuestra Cañada,
que viviendo eternamente en el lodo
poner pudo en parte a salvo sus pies.
Mientras su gobierno chispas arroja
de la fragua que anima con el fuelle
que trajo “hinchado” desde Santa Fe,
se levantan protestas aquí que hacen
sentir la verdad sobre la mentira
que él usó para declarar ciudad
a Cañada que ocho mil habitantes
no tuvo como la ley lo pedía.
Otros eran los móviles políticos
de la época, y junto a tal situación
surgieron las “ganancias” de un bando
y las pérdidas de la oposición,
y, como siempre, siguió “Juan Pueblo”
“platos y vidrios rotos” soportando.
Don Ferrucio Ardigó fue el líder leal
de aquella campaña tenaz, contraria
a la declaratoria de ciudad
de nuestro pueblo. Su tesis fundó
sobre las nuevas armas que obtendría
el oficialismo para adquirir
votos, pues el número crecería
de empleados públicos y el municipio
en adelante soportarías el pago
de elevadas tasas sin recibir
por ello, ni el uno por ciento en obras;
¡Cuánta razón tuvo ese hombre, enemigo
de las fechorías administrativas,
donde el caudillo fuera rey y señor,
bravo en el hurto, hábil en la mentira!

Tonconogy, después de realizar
cientos de ensayos para prosperar
más, una casa pretendió instalar
en Villa Eloísa, la pujante y nueva
población que se enclavó al sur de Iriondo,
al correr de los rieles que a morir
van en el despoblado San Ricardo.
Eran sus deseos llevarme allí al frente
de ese establecimiento si aceptaba
su propuesta. Esa intención generosa
la rechacé por considerar yo
que a mi edad no debía ligarme así
a un compromiso demás riguroso.
Un tiempo después, este buen señor,
se retiró definitivamente
de estos lugares, dejando Las Rosas,
Armstrong y nuestra Cañada que tantos
renglones con sus hechos escribió.

Varias semanas quedé sin trabajo,
resultando ser época muy mala
en el final del año veintidós.
Me  asignaron una “changa¨” en la firma
Lanzestremere de Cruz Alta. Estuvo
esta casa comerciando cien días
en la esquina noreste de Lavalle
y Sarmiento; en tal punto se cerró
mi actividad en ese año, cruzando
su fin, en medio de franca pobreza.
Durante meses practiqué “retiro”
forzoso de lugares frecuentados
por mí, dejando a todos mis amigos
con la ausencia que fuera interpretada
enojosa. Aquella situación creo
el enfriamiento de la mayoría
de las amistades bien arraigadas;
no se vale a veces por lo que se es
sino por todo lo que se simula,
esto es casi común entre los hombres,
y más suele ocurrir frecuentemente,
que muchas personas ponen en saco
roto sus “mellas”, dejando de lado
su propia conciencia, por cuya causa,
así saben perderse en el abuso
sin escrúpulo muchísimas de ellas.
Este concepto, bien formado, fue
el que hizo privar del “favor” seguro
que de todos mis amigos tendría;
el sacrificio impuesto, me libró
de compromisos y de obligaciones
que eran difíciles poder cumplir
en aquellas circunstancias de dura
realidad; distinto hubiera ocurrido
si mi proceder tomara el reverso
de esta medalla, olvidando con ello
que la decencia no convive allí
con la irresponsabilidad jamás.

El club Misterioso practicó entonces
en el baldío que había donde la Escuela
Sarmiento esta. Allí nos reuníamos todos
a mediodía y cuando el “pito del norte”
tocaba, -el de los cueros de Beltrame-
dejamos la pelota en el lugar
y disparamos cada uno su puesto
de trabajo, donde a hora no llegamos.
Desde ese campito, un día nos mudamos
a una cuadra más abajo, al terreno
que lindó al sur con los nuevos galpones
de la “Defensa Agrícola”. También
estuvo allí club Aprendices, mucho
antes que Mayer su taller pusiera
y bien cubierto de casas quedara
aquel sitio de nuestras travesuras.
En ese rectángulo se jugó
mejor por coincidir esas medidas
aproximadamente a las normales
que poseen la mayoría de las canchas
de fútbol, no obstante, instalar tampoco
se pudo nuestro campo de deporte
como eran de todos firmes deseos.
Sin abandonar aquello propósitos,
conseguimos de los rieles al sur
el terreno adecuado y nuestra cancha
marcamos a cien metros del arroyo.
Terminados los trabajos de arreglos,
marcación de rayas, colocación
de parantes, de oriente a occidente,
y cuando realizar nos propusimos
si inauguración, después de jugar
allí algunos encuentros amistosos,
tuvimos que aceptar el desalojo
con el consiguiente prejuicio en contra
de nuestros intereses y demás.
Se resintió un tanto nuestra moral;
Aprendices fue el autor de esa acción
tan desagradable y tan descortés;
cuando en contra jugamos, nunca pudo
venceremos, colocando en el esfuerzo
nosotros, todas nuestras energías
para castigarlos con la victoria
que por suerte siempre se consiguió.
Los “leguleyos”, adversarios siempre,
pronto del sur tuvieron que emigrar
por culpa de inundaciones tremendas
que al desbordar el arroyo ocurrieron;
y de nuevo entre bañado y potrero
quedo aquel campo infértil, casi yermo
por las sales que el agua transmitió;
para nosotros todo eso sorpresa
fue, ese mal nos debió corresponder,

librándonos de ello el propio hurtador.
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