viernes, 24 de noviembre de 2017

Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Año 1933 y 1934


En estos años hay una profunda crisis en la úsina eléctrica que debe ser intervenida, y el entonces intendente Dalledone reemplaza a los paraísos por los platanos en todas las arterias de la ciudad.


La iniciación del treinta y tres resulta
para mi hogar un tanto halagador.
Si bien mi empleo muy poco me ayudaba,
por lo menos había destruido dentro
de mi espíritu ese grado inferior
que relego casi a poca cosa.
Sabía que se cometía una injusticia
muy grande, y que el abuso me crispaba
más a medida que los días corrían;
mi sueldo era siempre igual, no cambiaba.
Las exigencias que se nos hacían,
chocaban por falta total de escrúpulo
y de extrema desconsideración.
El mal trato fue real fisonomía
de la superioridad de la empresa.
La disciplina implantada de tipo
militar, a todos nos resultaba
odiosa, por ser ruin y vejatoria,
usando algunos gerentes morbosos,
la saña y todo el instinto perverso
para molestar la moral de un hombre
que cumplía honestamente en su trabajo.
En los momentos de grave peligro
para el operario que reparaba
una línea, cuando arreciaba fuerte
tormenta, sin un haz de luz, en noche
negra, encharcada por la gruesa lluvia,
el gerente usaba el grosero y torpe
modal que en él era característico.
Vi cien veces a esos héroes llorar
cuando las chispas de un corto circuito
quemaban sus rostros y hasta sus almas.
El concepto de deber imponía
en esas circunstancias el mayor
sacrificio; las lágrimas ayudan
a veces a no desmayar de golpe,
pero también nos quitan fuerzas cuando
al que tiraniza queremos darle
un nazaso en su cráneo envilecido.
Y con la angustia que ya había calado
el ánimo mío, seguí trabajando
ese año en el mismo sitio que meses
antes me inicié. Entre los requisitos
que debí salvar para conseguir
el puesto que apenas me solventaba
la suma de dos pesos con cincuenta
diario, existía el de dactilografía.
En el instante de ocupar mi puesto,
el contador, el primer día me dió
un trabajo que debía realizar
a máquina. De inmediato, pasé
a otra cosa que por rendir allí
nada más “que diez letras al minuto”.
Sobre esa insuficiencia me observó
indignado dicho señor, cayendo
sobre mi “audacia”, la resolución
de la empresa, que por un magro sueldo
deseaba tener un oficinista
de ley, con título universitario,
y cuando al “verdugo” le pregunté
si de haber respondido la verdad
el puesto hubiera sido para mí,
me dijo que no, pues mentí por eso
le dije, y sin más allí me quedé.
Si ben con el transcurrir de los días
todo para mí se hizo familiar
dentro del recinto de la oficina,
como así también en la planta eléctrica,
no pude aceptar nunca imposiciones
que daban en el menosprecio de uno
o de todos mis camaradas. Grave
para mí fue la voz autoritaria
que todo lo arrasaba hasta lograr
la esclavitud que luego convertida
en servilismo, le rendía a la empresa
el máximo de utilidad. En contra
de esa fisonomía, que era sistema
trasladado al país, de remotas tierras
por el consorcio propietario de esta
industria, cuyo número de usinas
pasaba aquí la suma de doscientas,
férreamente en mi trabajo luché
logrando tener a mi lado, a muchos
compañeros razonando igual
que yo, pusimos a la compañía
en franca derrota tiempo más tarde.
La municipalidad se interesa
por hacer un contrato conveniente
para el pueblo, y la empresa se defiende
con argumentos trillados en mil
distritos donde también existieron
problemas análogos. Subterfugios
muy conocidos aplica en el lance,
y recurre al servicio de personas
cuyas conciencias gana con pasmosa
facilidad. Premia con el consumo
a cuantos corresponsales de diarios
existen; extiende notas de créditos
al “individuo” influyente, que dentro
de los centros políticos, hacia
“esclarecimiento” bien en favor
del consorcio, al que también obsequió
artefactos y dió altos “dividendos”
a todas sus “acciones”, defendiendo
por eso su posición deshonesta. 
Con tales comprobaciones, cuando
se me pidió cooperación leonina,
y se pretendió ponerme en el trance
de ir contra la razón del pueblo inerme,
negué no solo el esfuerzo eficaz
al trabajo desde el instante aquel
sino que puse en evidencia clara
mi actitud hostil con la compañía,
por luchar esta, envuelta totalmente
de un proceder inmoral repulsivo.
La Comuna consiguió de mi parte
todo el apoyo que pude alcanzarle
en su difícil lucha de desigual;
y en febrero del año treinta y cuatro
se efectúa la intervención a la Usina
cuando se encontraba desmantelada;
los repuestos y materiales fueron
trasladados con anterioridad
por la Compañía, después de seguidas 
amenazas, de dejar sin corriente
eléctrica a toda nuestra ciudad.
Fue aquella conducta la que me indujo
desde el principio a tomar posición
y defender así los intereses
del pueblo, ayudando lo más posible
a las autoridades comunales;
Porchetti, Tosello, Santorum, Deicas,
Poggi y otros bravos camaradas, dieron
en el momento de la intervención,
todo apoyo necesario, y de allí
entonces, para la Empresa, traidores
fuimos, pudiendo mas nuestras conciencias.
Arturo Augsburger toma posición
como Interventor el día veinticuatro 
de febrero por la noche, irrumpiendo
por los fondos  de la sala de máquinas
con las personas que confeccionaron
el acta de ocupación. En la Usina
de corto el fluido eléctrico, cumpliendo
ahí los serviles la orden impartida,
quedando en todo ese lapso sin luz
el terreno urbano. En la madrugada,
aun cubierta por las tinieblas de horas
oscuras, vividas nerviosamente,
el llamador de mi casa golpea
con frenesí, y me expresa al atenderle
aquel señor (Contador de la Usina),
que debía retirar en ese instante,
los libros y carpetas existentes
en el archivo del torpe gerente.
Nada consiguió Silva de mi parte
y se llevó la cólera que estuvo
en mi ser durante los diecisiete
meses que la Compañía me explotó;
quede despedido pero la Empresa
dobló su orgullo y vencida cayó.
El día veintisiete del mismo mes
me llama la Municipalidad,
me recomienda la organización 
total del sistema administrativo
de la Usina intervenida. El trabajo
resulta ímprobo, tuvimos que hacer
hasta la última planilla que usó
la Compañía en su “pingüe” explotación
por causa de no haberse apoderado
la Comuna del modelo contable
que llevaba este consorcio extranjero.
La nueva oficina quedó instalada
en la calle Lavalle al novecientos,
en casa de don Egidio Dolzani.
Ahí llegaron las personas que dieron
su apoyo moral al gesto que tuvo
como base el de dar un beneficio
al pueblo. Así lo entendieron aquellos
gobernantes que más tarde tuvieron
en su contra criticas solventadas
por la Empresa. Los partidos políticos
adversarios, usaron las mentiras
encuadradas por el oro foráneo,
para fustigar la obra que tenía
un horizonte sin nubes ni sombras;
prefirieron aquellos que formaron
esos grupos adversarios, el mote
de bandidos, que ponerse al servicio
leal del bien que en verdad se nos perdió.

Mi Pochi tenía los cuatro
años de edad y su pronunciación
era casi normal. Había dejado
atrás el primero vocablo inconcluso,
y ya no gritaba de alegría; ¡el “omirus”,
mamita, el “omirus”! que en el verano
del treinta y uno muy contenta llamó
cuando Naranjo, su dueño, lo guiaba.
Los chicos entonces subían al coche
con el entusiasmo que lo hacían cuando
se encaramaban a la calesita,
y ya sobre él, todo era algarabía,
goce que deleitaba hasta a los grandes.
Entre sus juegos infantiles tuvo
delirio por su “Perlita”, gato manso,
 que con Huguito, amigo de la misma
edad, vestían y ponían a dormir
sobre almohadones, en cualquier lugar.
Ella jugó como todos los niños
saben hacerlo; bailó con vestidos
largos, y en sus piecitos calzó
zapatos con altos tacones negros
cuando a su madre esas prendas hurtó.
Entre sus libros hubo elefantitos,
mariposas y peces de colores,
aquel de las mil ovejitas blancas
y el de las palomas que al cielo fueron
para “traerle” desde la luna llena
las confituras que entonces comía
con el placer que su niñez gozaba;
sus caramelos y chocolatines,
le dije, que entraban por la roseta
del techo que en cada rincón había
en la adorada alcoba donde su alma
dormía hasta que el sol de nuevo volvía.      

Ya en la primavera del treinta y cuatro
habían caído totalmente los viejos
paraísos en todas las calles donde
ayer sus flores lilas perfumaron
con más persistencia cuando el crepúsculo
nos traía la quietud en dulce romance,
o cuando la aurora límpida daba
con sus gotas de roció cristalino,
pureza en el sentir de una esperanza.
Dalledonne fue quien el hacha hundió
en añoso tallo, y el nuevo plátano,
hermoso, en un reemplazo nos plantó.
El bulevar de circunvalación
nos construye y nos arregla la “tapera”
comunal como se encuentra a la fecha
con moderno “toque” en su pobre frente,
cambiando la choza de triste aspecto,
y completa allí su obra reparando
los muebles a todas las dependencias.
Su espíritu constructivo se extiende
hasta el cementerio local. Realiza
en el lugar la playa para vehículos
y ornamentas su exterior con canteros;
habilita veredas interiores,
coloca en la portada la Gran Cruz
y distingue con dos barras cruzadas
de cemento, a los muertos más humildes,
 -antes abandonadas estuvieron-
erigiendo en el solar venerable
la capilla que aun el clero no usó.
Las calles, todavía de tierra, cambian
bastante de aspecto después que el plátano
echa sus jóvenes hojas. El cruce
por ellas se realizó sobre lozas
que forman modernas alcantarillas
que el construyó, estas cubren zanjones

que en todas las esquinas coloró.                                                           
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