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HISTORIAS DE NOTICIAS XI

Argentino A.C. Las Parejas, Campeón 1959 En esta crónica histórica de las noticias de ayer, vamos a compartir un resumen de lo ocurr...

ARMANDO AMIRATI, NUESTRO CURA SANTO Parte 7




UN PASTOR CON OLOR A OVEJA


En 1972 Armando Amirati inicia su partida hacia el norte de país, principalmente con destino a Salta donde se encontraban algunos sacerdotes conocidos de él. Monseñor Carlos Mariano Pérez era el Arzobispo, uno de los pocos miembros de la curia que criticó a la dictadura cívico militar en 1977 al solicitar al Ministro del Interior de la Nación Albano Harguindeguy, la efectiva libertad de todos los detenidos ya absueltos por la Justicia; el fallo sin demora de los que aún no habían sido juzgados; la humanización del trato de los detenidos, que se les permita recibir visitas y adquirir efectos personales. Pero el camino de Amirati no estaba allá, según nos relata el Padre Roberto Queirolo

«...en realidad él debía hacer escala en La Rioja pero con destino a Salta, porque él pensaba ir allá después del lío de los treinta renunciantes, ya que había otro rosarino, seguramente el habría hablado con el obispo de Salta quién sabía cómo era Bolatti. Cuando él llega, se encuentran de casualidad con Palotini en la Catedral y ahí le dice para qué se iba a ir a Salta, que se quedara allí con el Pelado, entonces los reciben a los dos ahí en La Rioja. No sé bien cuáles fueron sus primeras, tareas no sé si de párroco pero estuvo atendiendo algunas capillas de la ciudad como la del Niño Dios, San Ramón, entre otras. En todos lados fue muy querido, siempre dejando una huella grande en la gente.»[1]

El Pelado, no era ni más ni menos de Monseñor Enrique Angelelli, aquel cordobés que llegara en 1968 como obispo de La Rioja y que fuera asesinado el 4 de agosto de 1976 por la dictadura cívico militar. De esa manera, y casi fortuitamente, Armando Amirati inicia su tarea pastoral en una tierra culturalmente prodigiosa y políticamente peligrosa. Un año después de su llegada triunfa en esa provincia quién fuera presidente de la Nación entre 1989 y 1999, el Dr. Carlos Saúl Menem, quién durante su primer mandato mantuvo un pequeño conflicto con Monseñor Angelelli. Recordemos que «Angelelli colaboró en crear sindicatos de mineros, trabajadores rurales y de domésticas, así como cooperativas de trabajo, de telares, fábricas de ladrillos, panaderos y para trabajar la tierra. Una de estas cooperativas solicitó la expropiación de un latifundio que había crecido a través de la apropiación de pequeñas parcelas porque sus propietarios no podían pagar sus deudas. El Gobernador Carlos Menem, prometió que iba a transferir dichas tierras a la cooperativa. El 13 de junio de 1973, Angelelli fue a Anillaco, la ciudad natal de Menem para presidir las fiestas patronales de esta ciudad. Fue recibido por una turba liderada por comerciantes y terratenientes, entre ellos Amado Menem, hermano del gobernador, y sus hijos César y Manuel, quienes junto a otros propietarios se habían vuelto contra el obispo. La turba entró por la fuerza en la iglesia, y cuando Angelelli suspendió la celebración y salió de allí, ellos le lanzaron piedras. El gobernador Menem retiró su apoyo a la cooperativa so pretexto de "agitación social". Angelelli denunció a grupos conservadores, canceló las celebraciones religiosas de la diócesis, y declaró un interdicto temporal sobre Menem y sus partidarios.»[2]

La Diócesis riojana fue un lugar que albergó a muchos sacerdotes que adherían a la Opción por los Pobres, Curas Obreros y Tercemundistas. Queirolo prefirió optar por ser obrero y recuerda que llegó «...a La Rioja el 31 de agosto del ´73 y en febrero del ´74, conseguí trabajo en Chilecito, como ayudante de carpintería. Para que la experiencia fuera real quise ser un hombre más, un bicho raro en realidad, porque todos se daban cuenta de que yo no venía del mundo obrero y alquilé una piecita en el pueblo. Los sacerdotes del lugar sabían de mi condición, que no quise revelar al patrón, para que no hubiera diferencias en el trato...»[3] Trabajó allí hasta el 18 de agosto de 1976 cuando reemplazó a Gabriel Longueville, quién fuera asesinado en julio de ese año.

Durante sus treinta y tres años en La Rioja, Amirati fue vicario económico de la parroquia de Fátima y Catedral, decano, administrador parroquial de Chilecito y párroco de Olta y en los últimos tiempos cumplió las funciones de administrador parroquial de Nuestra Señora de Fátima. También se desempeñó en la asesoría de diversos movimientos y asociaciones y fue por varios períodos consultor diocesano. En sus primeros cuatro años fue uno de los hombres de confianza de Monseñor Angelelli, siendo testigo de los horrores de la dictadura y de un sistema capitalista atroz, que además de asesinar, secuestrar, torturar y desaparecer a sus hermanos dejó una pobreza calamitosa que aún hoy se sigue sufriendo. Su evangelización en esos tiempos siempre estuvo cercana a la persecución y a la muerte, primero la Triple A y posteriormente el Ejército. Éstos últimos, ya en plena dictadura, el 18 de julio de 1976 secuestran en Chamical al sacerdote francés Gabriel Longueville y al franciscano Carlos de Dios Murias quiénes dos días después aparecen torturados, maniatados y acribillados a la vera del ferrocarril. El día 25 asesinan en Sañogasta al laico Wenceslao Pedernera frente a su familia y el 4 de agosto es asesinado mientras viajaba Monseñor Enrique Angelelli. En un audio del Padre Amirati, nos relata como fueron esos días...

«Una parte de la Iglesia le hizo la vida imposible a Angelelli, el 4 de agosto termina el martirio de Angelelli, todo su Episcado fue un martirio. Sobre todo la última etapa, fue una cruz y martirio. Esto lo sabemos quiénes hemos recibido algunas confidencias de él. Soportó insultos, agresiones, calumnias. Fue tremendo, todos los días esperábamos el diario para ver que decían de él. Así todos los días. Incluso después de la muerte de los sacerdotes, yo creo cruzó por su mente y por su corazón la idea de renunciar. No porque no quisiera seguir la lucha, sino porque no quería que por su causa siguieran muriendo inocentes. En un momento que estábamos solos, me lo dio a entender. Fue un martirio digno de santidad. Fue fiel a su mensaje de tener un oído en el evangelio y otro en el pueblo, con una clara opción por los pobres. Por una Iglesia de todos porque estuvo siempre abierto a todos, porque Angelelli amaba a todos. Una Iglesia de todos pero especialmente de los pobres, por una Iglesia que no busca audiencia y que no habla triunfalmente de si misma, sino una que intenta transparentar en su vida el amor, la misericordia de Dios. Si una Iglesia no es así, sino es transparente como Jesucristo, no sirve para nada. Angelelli no renegó de ninguno de los valores de la Iglesia Pre Conciliar y asumió con coraje evangélico sin claudicación los valores de la Iglesia Post Conciliar. Enrique Angelelli ejerció evangélicamente su ministerio, que fue fraterno y solidario, entrañablemente encarnado en el mundo de los pobres, de los no tenidos en cuenta, de los excluidos. Recuerdo que a cada comienzo de sus misas, solía toser, esa era una seña para las ancianas que él visitaba, en ese gesto ellas sabían que él estaba rezando por ellas.»[4]

Sobre su asesinato, aunque nunca lo confesó públicamente, la Dra. Noemí Sedrán expresó que «una vez estuvimos charlando cuando él venia de La Rioja, había pasado un tiempo largo de la  muerte de Angelelli y él me aseguró que lo habían asesinado, pero era una época muy dura, muy difícil donde por supuesto no se podía hablar.»[5] Amirati fue uno de los primeros en enterarse de su muerte, habían estado reunidos en Chamical junto a varios sacerdotes analizando la terrible situación y fue él quién le diera la extremaunción a ese cuerpo que, irónicamente los asesinos, dejaron sobre el asfalto con los brazos en cruz. En su relato el Padre Armando manifiesta...

«Cayó en los caminos, llanos riojanos que tanto amó. Cayó como un pobre. Por eso yo cito a un poeta Jose Portogalo, que hablando de la vida y la muerte de sus padres expresa que En mi pecho latía el pesado aldabón del llanto de mi padre, su fiebre, su agonía, su fracaso; clavando media suela lo sorprendió la muerte. Mi madre cargó bultos. Lavaba. Cuando murió tenía las manos como un trapo. Así mueren los pobres, así murió Angelelli. Su cuerpo era un trapo tirado en el camino desde las 15 hasta las 21 horas más o menos del 4 de agosto de 1976, un camino que fue anunciado por Romero, Mugica, Carlos y Gabriel, a Wenceslao y a muchos otros que le quitaron sus vidas pero no pudieron oscurecer su muerte. Por el contrario, a Angelelli le quitaron su vida y le oscurecieron su muerte. Muchos aún niegan su martirio. Termino con este texto que encontré, las huellas del camino tiene huellas de sangre, piedras de la historia que llevan fechas de torturas y de muerte, manchas rojas que nos hablan de ti. Nos habían dicho que la historia la hacen los reyes y los guerreros. La Historia la hacen la sangre, la muerte y la tortura. La Historia la hacen los que abren espacios de vida con sus vidas. La Historia la haces tú que alientas el aliento de esos hombres y les enseñas a perder la vida para que haya vida. Para que no haya cadáveres ambulantes de explotación, de tiranía y de muertes. Por ellos vivimos hoy, por ellos y por nosotros si seguimos sus huellas, respiraran nuestros hijos un aire más puro, y alcanzarán con nosotros la tierra de los vivos donde sólo viven los que han dado la Vida. Angelelli es uno de ellos, se sumó a la caravana incontable de hombres y mujeres que tras las huellas de Jesús, transitaron caminos de amor y de sangre. Desde Esteban y los Apóstoles, hasta nuestro mártires contemporáneos de América Latina. Su epitafio pudo ser, dio la vida para que otros tengan vida. O bien, amó como Jesús. O simplemente, Enrique Angelelli, sacerdote fiel.»[6]

Otro testigo de su tarea en pastoral fue el Padre Miguel La Civita, quién a quién esto escribe, en su humilde parroquia de Villa Eloísa, recordaba con profunda emoción esos años compartidos con Amirati...

«Antes de venirme para acá, y estando en La Rioja, en los últimos tiempos él ya estaba ya sin Parroquia entonces venía a ayudarme, yo a la mañana lo iba a buscar o se venía en taxi, él vivía en la casa de los papás de un cura. Él estaba a treinta cuadras de la Parroquia de Fátima en el barrio Joaquín Víctor González, entonces venia y estaba toda la mañana. Yo aprovechaba a salir y el atendía a la gente, siempre había chicos, gente que rodea, él siempre estaba con una actitud dispuesta, él había sido párroco de allí hacía muchos años o sea que tenía una relación cercana con la gente. Un día yo me levanto preparo el mate pero no había yerba así que fui a comprar, charlamos y me fui, cuando vuelvo cerca de las doce, hago algo para comer y en lo que demoraba preparo el mate y le pregunto Armandito no viste el paquete de yerba?, y él con una sonrisa pícara me responde Se lo di a doña Rufina, que era una viejita que vivía a media cuadra que criaba a los nietitos. Lo primero que me salió fue decirle, y yo con que tomo mate ahora? Entonces me miró, se rió y medio cinco pesos del bolsillo. Siempre lo cuento porque me hizo poner colorado hasta por dentro. Le di las gracias por la enseñanza y me contesto, Miguel si nosotros no tenemos para yerba nos cruzamos al frente y nos fían, nos regalan, sino tenemos para comer cualquiera te da un plato. Pero esta pobre vieja quien le da algo. Digamos ese tipo de actitudes que te descolocaban.»[7]



El 27 de junio del 2005, a los 87 años, Armando Amirati decidió continuar su tarea en el cielo. Seguramente allí se encontró con Vicente e Isabel, sus padres a los que de tan pequeño había perdido y donde seguramente recordaron los tiempos de la lechería; o con el Pelado y tantos de sus compañeros muertos injustamente. Y no cabe duda que se abrazó a ese Cristo, quién seguramente le agradeció haber seguido al pie de la letra su Evangelio. El final de esta historia lo escribe Amirati, donde expresa toda su vida «Vine sin nada y me voy sin nada. Sólo me llevo en el corazón el cariño inolvidable de todos ustedes. No guardo resentimiento para nadie, les saludo con afecto a todos sin excepción. Armando Amiratti.»[8]





[1] Testimonio de Roberto Queirolo. Archivo del autor
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Angelelli
[3] Buscando el Reino. La opción por los pobres de los argentinos que siguieron al Concilio Vaticano II. Marta Diana. Editorial Planeta. Año 2013. Pág. 268 y s.
[4] Audio de Armando Amirati. Archivo del autor
[5] Testimonio de la Dra. Noemí Sedrán. Archivo del autor
[6] Audio de Armando Amirati. Archivo del autor
[7] Testimonio del Padre Miguel La Civita. Archivo del autor.
[8] Carta despedida de Amirati al pueblo de Cañada de Gómez. 











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