“El que no salta es negro y K”

Sin una consigna unificada, desde distintos barrios porteños marcharon unificados por el rechazo a políticas oficiales. Las limitaciones para comprar dólares, la inseguridad y la posibilidad de re-reelección puntearon el relato.

Por Nicolás Lantos
“El que no salta es negro y K.” La consigna, coreada por un centenar de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, prolijamente trajeados o en bermudas y musculosa, definía a la perfección el universo de manifestantes: ni negros ni kirchneristas. Cualquiera que cumpliera esas dos condiciones era bienvenido a una protesta en la que difícilmente dos participantes coincidieran en mucho más que eso. Así, miles de personas, convocadas a través de las redes sociales, los principales medios de comunicación opositores y arengadas por importantes figuras de la derecha (que ayer se cuidó bien de mostrar sus símbolos partidarios para no empañar la supuesta espontaneidad) llegaron por la noche a Plaza de Mayo para participar de la marcha. Entre un enjambre de cámaras pocket y teléfonos celulares de alta gama que registraban todo lo registrable, banderas argentinas y carteles confeccionados a mano, cantaron el Himno, insultaron a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, rememoraron, nostálgicos el “que se vayan todos” pero, más que nada, hicieron mucho ruido.
Cacerolas, sartenes, ollas y cacharros con sus respectivas tapas, vasos, tazas, platos de metal, tenedores, cucharas y cucharones, latas de conservas (vacías), aplausos, silbidos, gritos, redoblantes, tambores, cencerros, panderetas y bombos, silbatos, matracas y vuvuzelas, bidones, botellas de plástico y de vidrio, termos de aluminio, un tacho que en épocas más nobles albergó varios kilos de dulce de batata, envases de desodorante, incluso una campanilla de bronce: todo instrumento al que se le pudiera sacar un sonido se transformó ayer en una herramienta de reclamo para la multitud despareja que protestaba contra el gobierno nacional, una supuesta “diktadura”, tal como denunciaban los carteles y los cánticos, que –al contrario de lo que podría esperarse si fueran ciertas las denuncias que atribulaban a los manifestantes– permitió que la protesta se manifestara en calma y sin el menor atisbo de incidentes.
La violencia estaba del otro lado: “Puta, chorra y montonera”, gritaba hasta desgañitarse un grupo más exaltado que la mayoría de los participantes, mientras golpeaban los objetos que tuvieran a mano contra la reja que divide la plaza en dos desde hace una década. “Morite, yegua, morite”, acotó, al borde de las lágrimas, Raquel, una señora adornada por muchas joyas y un regio bronceado, preocupada porque “te prohíben viajar, te prohíben ahorrar, te prohíben gastar, te prohíben comprar dólares, no se entiende qué quieren que haga la gente”. Mientras tanto, los cantitos continuaban: “Andate a Cuba la puta que te parió”, coreaban algunos. “Pero dejanos los dólares”, agregó un cuarentón con pinta de oficinista, despertando algunos aplausos.
“Me cago en la protesta por los dólares, yo no vine por los dólares. Yo quiero poder salir tranquila a la calle”, sostenía, en cambio, Mariana, empleada de una agencia de publicidad de 32 años que sostenía un cartel con la leyenda “Desacreditame ésta” en negro sobre fondo rojo. “Ojala den crédito a esta minoría que se manifiesta y cambien algo”, se esperanzó. Muchos, de entre los más jóvenes, apelaron a la creatividad a la hora de expresarse. Uno llevaba una pancarta que decía “Tengo 16. No quiero votar, quiero chupar”. Agustín, estudiante de diseño gráfico de 24 años, llevaba otro, dibujado a mano, donde pedía “ser libre como Willy”, junto a un dibujo de la orca que se hizo famosa en las películas. “Quise traer un mensaje positivo y no negativo”, le contó a Página/12. “Vine porque venían amigos y eso me motivó”, explicó ante la consulta de este diario.
Cerca del Cabildo, un camión con altoparlantes repetía consignas opositoras, daba noticias sobre las réplicas de la protesta en algunos barrios y el interior, que eran celebradas por la multitud, y repetía, cada 15 minutos, una grabación del Himno Nacional que inflamaba los ánimos de unos pocos antes de perderse entre el barullo. “Circulen por Yrigoyen”, pedía desde los altavoces, tratando de distribuir de forma pareja a la concurrencia: ocurre que si bien la Diagonal Norte rebasaba de columnas que venían marchando desde Barrio Norte y Recoleta y se instalaban amuchados sobre Rivadavia, lo más cerca posible de la Catedral Metropolitana, la Diagonal Sur, puerta de acceso desde los barrios más relegados de la ciudad, permanecía desierta; la convocatoria realeaba en la mitad sur de la plaza. Aunque no estaba identificado por símbolos partidarios, el conductor del vehículo confirmó que pertenecía a Unión x Todos, el partido unipersonal de la diputada Patricia Bullrich.
“Así empezaron los nazis, adoctrinamiento en las escuelas, aparato de propaganda, en cualquier momento vamos a andar todos con una insignia”, se alarmaba Viviana, una abogada de 46 años, con cara de “y después no digan que no avisé”. Un poco más allá, una mujer joven les mostraba a otras dos, en la pantalla de su celular, una foto de un niño de no más de cuatro años con una cacerola en una mano y un cucharón en la otra. “No lo traje porque estos hijos de puta son capaces de reprimir”, explicaba a sus interlocutoras. El típico aroma de choripanes, vino y marihuana que otras veces inundó la Plaza de Mayo en manifestaciones tanto oficialistas como opositoras ayer dejó lugar a un vaho en el que podían distinguirse diversas fragancias extranjeras. A unos pocos metros de la Pirámide, un puesto de hamburguesas solitario parecía un recuerdo de otra liturgia. Y no tenía clientela.
Juan Carlos se dedica a confeccionar banderas y gorros “de todos los equipos y de Argentina” para venderlos él mismo en cualquier ocasión donde se reúnan multitudes. “No soy opositor ni oficialista, vine a vender”, le contó a este cronista. “El día que más vendí fue cuando derrocamos (sic) a De la Rúa –recuerda–, pero en esa época eran más baratas, salían la mitad. La tela aumentó una barbaridad”, se quejaba. Hoy cada una vale veinte pesos y salen como pan caliente, aunque a unos metros de allí una pareja con una caja regala otras, más pequeñas y de plástico. Un hombre toma un manojo y comienza a repartir entre un grupo de gente, pero todos tenían una ya. “Guardalas, guardalas para la próxima –le sugirió una mujer no muy joven con una camiseta de Las Leonas por lo menos dos talles chico–. La semana que viene, a la misma hora y por el mismo canal.”
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