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Corría el año once, ya en otro lugar,
para mi desconocido y distinto,
lleno de misterio y cosas raras.
Había dejado en la adorada y santa
casita, todo el cariño nacido
al pie de los primeros raciocinios,
convertido en dulce ilusión de niño
y en eterna delicia acariciada.
Dejé mis amiguitos de primero
infantil, a mi gran maestro Malori,
al triste cementerio de pollitos
que con Noemí no sé qué día formamos;
dejé los barriletes que “Cinquito”
me obsequió con fiel devoción hermana;
dejé los duraznos y golosinas
que las familias Gartat y Quiroga
mil y una vez allí me regalaron;
dejé para nunca más saborearlas
las “yapas” que me dieron de Baudino;
dejé el rodar de los coches con flores
que en carnaval los Alegro adornaron,
y el “tranvía” que a “Las Rositas” llevaba
a la gente cantando en romerías;
dejé el amor prodigado por ellos,
ternura que entonces así se daba
a todas las creaturas de mi edad,
¡todo y mucho más quedó para siempre
en aquel sentido barrio querido!

Al finalizar el primer decenio
del presente siglo, ya algunas calles
eran iluminadas por faroles
a gas de carburo, elegantemente
pintados de color gris bien plateado;
con este cambio también llegó
el servicio de riego a carro y mula.
Estas novedades trajo a los chicos
la oportunidad de jugar de noche
bajo la luz blanca del “sol divino”,
no siendo menos grato el remojón
que a su paso el regador nos pegó.
¿Quiénes no recuerdan cuando en verano
Se posaban las mariposas ávidas
del frescor de la tierra humedecida,
instante después que el riego se hacía,
y de las centenares que a beber
llegaban el limpio liquido caído
que en la toma de la comuna había?
¡Oh! Los pocos carruajes y peatones
que por las calles jóvenes pasaban,
nunca lograban ahuyentar la alfombra
naranja que bajo el sol del estío
loca de gozo allí revoloteaba.

El progreso apuntala en nuestro pueblo
el segundo mojón de gran valor
después que el ferrocarril abrió en dos
la extensa y verde Cañada de don Gómez.
La electricidad corre por las redes,
Lleva a los hogares su maravilla
y suplanta al regio farol plateado
que como blanco sol ayer tuvimos,
por la nueva armadura negra y blanca
que con dos carbones iluminaba
casi de punta a punta esta Cañada.
Apenas amanecía el nuevo día
El obrero de la usina efectuaba
el cambio de los carbones gastados
a todas las lámparas que pendían
de un cable que a dos columnas ligado
en las mayores esquinas cruzaba.
¡Cuántas noches vimos semi encendido
el foco de la cuadra por estar
en desperfecto el negruzco elemento,
y qué grande parecía la armadura
cuando el electricista la bajaba
por medio de la roldana que ayer
relevó a la escalera recordada.

En el nuevo barrio, todo era extraño
para mi curiosidad infantil,
y el aspecto del escenario, cambia
mi modo de ser, dando sentimientos
que se forjan en un ambiente rudo,
de pobre fisonomía arquitectónica.
Calle Belgrano, desde los galpones
Cerealistas hasta su fin al norte,
era de huellas profundas que dejó
el carretón tirado por tristones
bueyes, que arrastrando inmensas riquezas
trajeron en aquellos días virtuosos
todo el esfuerzo de un pueblo de gauchos
que en los campos las espigas doraron;
El riego hasta esos lares no llegaba
Y durante el día y la noche, una nube
de tierra constantemente flotaba
dejando las ropas y los hogares
en un estado más que lamentable.

En la zona donde estuvo enclavada
mi segunda casa – según recuerdos
míos- habitaban en su mayoría
empleados ferroviarios del galpón
de máquina, señaleros, cambistas
y otros, que ya en aquel tiempo formaban
la legión que tantos desvelos tuvo

para que nuestro pueblo adelantara.
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