Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Años 1913 y 1914

El Ferrocarril, c. 1915


Hoy vemos en esta historia como era la pobreza en Cañada, como se explotaba a los obreros, tiempos difíciles que muchas veces volvieron y vuelven a repetirse a lo largo de la vida del país. 

En la centuria de la Independencia,
a San Martín tantas flores brindamos
que me pareció que nunca otros niños
en la plaza hacer podrán cosa igual;
para mí fue la mejor impresión
que ese año la escuela en mi alma grabó,
pero el tiempo ha querido que no olvide
también lo bueno que allí recibí
en el último día que al aula fui.

Como peluquero no pude ser,
en ese tiempo, también trabaje
de “peón” en una casa que Negrioli
hizo frente de don Estanislao,
y por esos seis mediodías gané
un peso cobrado en papel “nuevito”;
mi buena madre, indignada, lloró
por la injusticia que yo había sufrido.
¡Siempre fueron en mi hogar tiempos malos
aquellos que por mi niñez pasaron.
Por conseguir dinero fue mi afán
muy fuerte, siempre trabajé o bien vendí
cereales que recogí en el galpón
de don Alles y en otros que olvidé,
en donde don Enrique Tormoholen
allí estaba y mil veces maíz de dio.
No faltaron para mayor desgracia
las huelgas que duraron largos días
en meses de infortunios, de angustias.
Alimento y vestido nos faltó
a nosotros como a otros por demás;
salíamos de nuestros barrios partir
en caravanas con bolsas de trigo
y maíz que gustoso Bondi molía
en su fábrica que existía en Ocampo,
allá a la altura del mil cuatrocientos.
Polenta y caldo de paras de vacas
formaban nuestro plato diariamente;
el pan que comimos, de día y de noche
amasamos, y la leña que al horno
le dimos, fueron biznagas del campo.

¡A cuántos “carneros” les vi llevar
de los rieles hasta el bravo local
los cuernos que por tal le colocaron
los huelguistas de entonces valerosos.
Mi padre, sufrió prisión que duró
semanas y semanas, y nosotros
nada supimos de él, ni de su vida,
hasta que el movimiento terminó.

Días antes de terminar las clases,
por el año diez y seis sucedió,
mi padre consiguió que por la tarde
trabajara en “carga de la estación”;
al principio allí nada me pagaban,
y todo lo hacía según lo indicaban
hasta que en una de esas, me llegó
como me dijeron “la colorada”,
por haber tardado en llevar un libro
que por teléfono el jefe pidió;
al enterarse en mi hogar del prejuicio
que mi demora causo, recurrieron
para, que de nuevo se me tomara
diciéndoles que yo no volvería
a jugar con Crivelli en el furgón.

¡Cómo no iba el alma mía a lastimarse
si junto a todo lo que ya sufría
a mi padre querido poco veía
en sus escasas horas de descanso!
De doce a diez y seis horas estuvo
entre vagones de noche y de día
bajo la lluvia que caló sus huesos
o contra el viento que azotó su vida.
Le llevé meriendas años tras años,
de darme una parte jamás dejó
y allí mismo, en ese lugar comía,
y tantas veces como ayer llovió
ropa seca para que se cambiara
le alcancé; mi madre, entonces secaba
al calor del fuego de un gran fogón
donde la brasa más roja y viva
estuvo encendida en su corazón.

No conocí en el segundo decenio
del  presente siglo sino asperezas;
no tuve en mis manos pelotas de futbol
sino sucias vejigas que don Pedro
en el matadero siempre nos di,
con ellas en el campito jugamos
hasta que el sol a dormir se acostó;
no tuve los trenes, esos con rieles
que Sicbaldi y Vázquez  ayer vendieron;
no tuve aquellas bolitas, ni trompos
pintados, nunca los pude comprar,
ni el Niño me trajo, ni Baltazar,
ni en los días de reyes ni en navidad;
no tuve la suerte de ser dichoso
con los juguetes que tanto soñé,
pero el ingenio me supo brindar
otros momentos de felicidad
al pasar las horas de mi niñez.
Suplantando a todo que en mi destino
fueron rasguños y tristes heridas,
trepé a las tapias minadas de vidrios
que los ladrones tuvieron de “espinas”
en todas las casas de mi ciudad;
subí a las plantas hasta lo más alto,
y al pozo bajé hasta el fondo del agua,
y lejos fui al campo con mi gomera
y a cualquier vértices lance mi piedra
donde posados estaban los pájaros
que nunca debimos así matar
cuando en la siesta escapamos todos.
En mis andanzas, que bien las recuerdo,
quedaron estelas de travesuras.
Están las batallas que en el catorce,
el año quince, como el diez y seis,
en las “Vías de Pergamino” libramos
entre los bandos que ejércitos fueron
por el gran número que lo formaron.
“Los Antonucci”, con muchos del norte,
eran rivales de fiel realidad,
y entre Falucho, Tito y “Los Curvale”
y todos los que en el sur se sumaron,
hicimos columnas y nos armamos
con alambres, piedras, cañas y palos
y cuanto pertrecho encontrado a manos.
Horas sombrías en el campo pasamos
ante de enfrentarnos en el combate;
tácticas de ataques y retiradas
siempre precedieron a la jornada;
¡No sé cómo aprendimos todo aquello,
el mayor de los “soldados” tenía
solamente catorce años de edad!
Terminada la paliza, vencidos
y vendedores, solíamos venir
a veces juntos, con nuestras banderas
y “armas” completamente destrozadas,
exhibiendo los golpes y raspones
y hasta las manchas de sangre en la ropa.
Eran tiempos de miseria y de guerra
y los niños oíamos multiplicada
la locura que a Europa destrozaba.
Llegando la noche, en aquellos días,
en el baldío lindante con el “Gordo”
Rubiolo a  pala cavamos trincheras,
y allí, como lo hicimos en el campo,
también usamos “planes” militares,
instalamos teléfonos, que hicimos
con hilos y latitas de conserva
vacías; corrimos mil trenes humanos
con focos verdaderos en las “máquinas”
y en la cola de los largos “convoyes”,
fue el servicio que coordinaba el “frente”
con el “comando”; fabricamos bombas
en bolsitas de papel que llenamos
con tierra u a la hora del asalto, todo
quedaba cubierto de polvo, en nubes
que en verdad al extremo nos ahogaban.
Y así como formamos nuestros bandos
para la guerra, también tuvimos
el grupo que en otro barrio jugaba
a los trompos, barriletes, bolitas,
a los carozos y “María la Bizca”,
a las zambullidas en el arroyo,
al fútbol, contra el cuadro del “Club Gloria”,
a las carreras con arcos, que sobre
el perímetro de la plaza hicimos
y de noche hasta la estancia de Grimes
y de regreso sin descansar corrimos,
calzando en el alambre que condujo
la esfera, pintorescos farolitos
que con papel y cartón fabricamos
y en donde un taco de vela encendimos.
Difícil nos fue vencer donde Soto
actuaba, él era el más bravo del “centro”,
o en donde el “Turco Quite” era el “sultán”
en la cuadra de “Los Pérez”, allí
donde Burgos y los hermanos Cuitiño
y tantos “próceres” anónimos
bautizaron, ¡La esquina del terror!

¡Buen día doña Honoria!... ¡Manda a decir
mi mamá como amaneció y que “charque”
tiene para vender, y que le mande
también una botella sin espuma
de leche de la overa, que es mejor!
La pregunta sobre la salud era
como un rito religioso de la época,
el charque lo comían los verdaderos
criollos, vecinos nuestros de aquellos años.
Esas costumbres, a la par que el tiempo
corría, iban desapareciendo, como
que el lechero suplantó el alimento
puro al traer a las puertas su “atención”,
que es una “gran comodidad con agua”

y otras yerbas que conoce ese autor.
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