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En la crónica de hoy, encontramos datos de las primeras inundaciones, la llegada del primer automóvil y el primer aeroplano a la ciudad.


Llegaba el año quince y don Alles
trajo a Cañada el primer automóvil
que rápidamente se le apodó
“El Colibrí”. Su tamaño pequeño
y sus vivos colores, que nos llamó
tanto la atención que chicos y grandes
corrimos afanosos a la puerta
al oír al “primogénito” pasar
que entonces huellas distintas marcó..
Ese año, para nosotros los pibes,
aparte de la guerra que avanzaba,
sufrimos tres meses de temporal;
sapos, lluvias y barro fue el paisaje;
el arroyo desbordó hasta las vías
y los paisanos del barrio Hospital
mudaron no sé dónde aquellos días;
y vimos por primera vez los botes
que a Tortugas fueron a socorrer
cientos de familias amenazadas
cuando las aguas tres metros subieron.

Posteriormente apareció también
el “ómnibus” de Alberdi en las arterias
de nuestro pueblo, que lleno de tierra
se venía desde Correa victorioso.
Era un auto con relumbrantes bronces,
con su techo que hasta el cielo estiraba,
pareciendo su corneta un trombón.
Los ocupantes con guardapolvos
y anchos sombreros con tules muy largos
reguardados todos con antiparras
llegaron orgullosos esa vez.
Don Alejandro Funes y don Monti,
como así todo cochero de plaza,
pensaron que con el tiempo sus coches
desplazados quedarían sin remedio.
¡Cuánta razón tuvieron! Y los altos
breckes, cien veces pintados de negro,
con asientos y capotas del mismo
color, no quisieron abandonarse
por siempre sin resistir al progreso,
y como mueren despacio las cosas
que tienen duros cimientos de siglos,
fueron así cayendo, hasta morir.

Y era una mañana del diez y seis
cuando volando muy alto, entre las nubes,
La Paloma” rugiendo apareció
buscando su blando nido, que tibio,
bien, segura en Cañada encontraría;
cerró sus alas y sobre el verdor
de un potrero de James se asentó;
fue este para nosotros el primer
aeroplano que por aquí llegó.

Trece años cumplidos yo tenía cuando
por propia voluntad dejé los rieles
para emplearme en el comercio local
Tonconogy y los diez pesos mensuales
que como sueldo al principio me dio
fueron de mi  renuncia los causantes.
Mi nuevo patrón reunía cualidades
valiosas que a mi persona atrajeron.
Su trato conmigo, fueron consejos
que  siempre oportunamente me dio
y tanta llego a ser nuestra confianza
que me excedí mil veces en “razones”
para salvar la culpa de hechos causados
en la edad de un muchacho que midió
con el “metro” que tenía su criterio.
Nada que me pudiera avergonzar
cometí en el largo tiempo que allí trabajé,
sino que mi terco carácter
no se doblegaba cuando el amor
propio aparecía herido o afectado,
condición no muy buena, reconozco,
para tratar al semejante honesto,
a aquel que tarde o temprano se gana
la gloria por su obras y sus gestos.
Nos separamos un día, sabiendo él
que nunca perdonaría en mi futuro,
ni al ladino despótico, ni al siervo

que cegado ampara al tirano cruel. 
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