martes, 24 de octubre de 2017

Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Año 1917

Los locos de la Media Estación, c. 1917

En este año el autor recuerda los carnavales, los locales céntricos y los primeros cines de la ciudad...

Ya corría el diez y siete, cuando lejos
de imaginarme, empecé a trabajar
de verdad con mi amigo Tonconogy.
Su negocio estuvo ubicado en calle
Lavalle, la lado del café Colón,
entre don Soler y Stranjelevich,
bien en frente a la vieja estación
que todavía tiene el ferro carril.
Las costumbres comerciales de entonces
daban lugar a pulgas muy graciosas,
poseyendo muchas, raras facetas
muy propias del ingenio evolutivo
que apuntaba hacia el progreso constante,
del comercio, que era el del pueblo mismo.
Celo enorme existía sobre los precios
de las mercaderías, nadie quería
caer en desgracias si eran descubiertas
sus ventas con precios más altos que otros,
el fin primordial estribaba en dar
todos los productos al mejor costo,
y era una consigna severa, firme,
conquistar a diario más y más clientes.
No abrumaban al comercio, abultados
y repetidos impuestos, tabas, coimas,
y tanta otra maleza que incidiera
sobre la economía del consumidor,
el propio cliente discernía mal comprar
el mejor producto que siempre había
en todas partes, reinaba la libre
competencia y los precios mantenían
bien abiertas las posibilidades
de todo habitante que con muy poco
dinero compraba todas su cosas.
¿Quién puede decir donde están las telas
que orgullo fueron por su calidad,
sus precios, sus gustos, a donde están?
¿Aquellos percales, llenos de flores
que Francia mandaba en buena amistad;
las telas de cama, aquellas que Italia
nos daba y nos daba sin descansar;
los viejos bramantes que España hacía
con amor matero y toda lealtad;
los buenos tejidos que Irlanda enviaba
en hilos tan blancos como la espuma;
las sedas que China y Japón hilaban
el día que el iris pintado quedaba;
el regio poplín que Inglaterra a rayas
y de mis líneas distintas mandaba;
y las valencianas, y los encajes
de seda, maravillas que llegaban
con el arte sublime del eterno+
soñar, de aquellos que así trabajando
hacían un mundo mejor y feliz,
a donde quedaron y en dónde están?

Después de encalar las tapias, correr
con el arco, hacer la “guerra”, jugar
a los trompos, cazar y mucho más,
entre en la última faz de adolescente.
Ya no tenía que realizar mandados
que como hermano mayor efectuaba;
comprar la salchicha, asado o puchero,
en los negocios de Maggi y don Otto.
Ya no iba al “Deposito” que antes tenía
don Baudisone en Ocampo y Moreno,
calle, la primera, que se llamaba
del “centro”, porque en ella estaba el Banco,
la Comuna y “La Madrileña”, tienda
con sus hermosas sombrillas de mangos
de cuero y plata, abanicos floreados,
que sin duda trajo algún japonés,
donde con chispa jocosa vendían
sin menguar don Cipriano y don Manuel;
porque en ella estuvo Pepe Guerra
con su cine, y más allá, don Camilo,
donde vimos pasar “La Doble Cruz”,
“El Cofre Número Trece” y la reina
de las series, “La Moneda Rota
y otras que duermen ya en el gran archivo
de nuestra viviente recordación.
Estos “biógrafos”, posteriores a otros
que estuvieron en calle San Martín
y Ocampo, al “aire libre” como dijo
su dueño, aquel de Moreno y Lavalle
donde una “cinta” de moros vi yo,
y por último, el de mis matinees
que estuvo en San Martín y Lavalle,
cuando con diez centavos de “confites”
la función completa siempre miré;
los tres cinematógrafos, formaron
los primeros que hubo aquí aquella vez.
¿Quién olvidó los cafés que instalados
estuvieron frente a frente del Banco,
en el perímetro donde se encuentra
la jefatura y bien frente del Banco?
¿Quién olvidó los viejos restaurantes
que en diagonal, cara a cara estuvieron,
aquel que un águila en vuelo tenía,
y el otro que también jamón vendió,
aquellos que quedaban más allá
de la vieja casa del acordeón,
la cochería Sironi, el cigarrero
González, el zapatero don Rey,
el relojero Osanna y los que ya
se  borraron en el viejo telón?
¿Quién olvidó, -mirando así el tablero-
al hotelero y su gran cardenal
que bien frente a la plaza estuvo
siendo su dueño el longevo Garay?
¿Quién olvidó al demolido correo,
el que estaba cerca de la estación,
a aquel empleado “enojado”, nervioso,
que mil golpes al mostrador le dio?
¿Quién olvidó el “hipódromo”, y la cancha
del desaparecido club Além,
a la “Garza” de don Otto que allá
corría más ligera que el mismo tren
que a la par pasaba todos los días?
¿Quién olvidó el sótano que las lluvias
del catorce hasta el borde lo llenaron,
donde Falucho a “nadar” se tiró
y rápido Soto allí lo salvó,
aquel sótano que más tarde tuvo
Buschmann, cuando su negocio cambió,
cerca de la fonda de “La Linyera”,
donde frente estuvo con su bandera
el carnicero que bueyes faenó,
vecino de la tienda “Los Morenos”,
esa, que hasta media noche atendió?
¿Quién olvidó aquella explosión funesta
que en su estallido seis vidas truncó,
ahí donde los cueros todos se curten
y el tanino a más de cien enfermó?
¿Quién olvidó aquellas fiestas pasadas,
las que con tantas ansias esperamos,
donde de punta a punta jabonamos
al “gran palo de la dificultad”;
Veinte de Setiembre, así lo llamamos
a esas Kermeses de cédulas rosas,
de tiros al blanco y rifas a mares,
de terno, cuaterno, quintina y… ¡basta!
de bailes con banda y bombas de estruendo,
de risas y risas por caer de la olla
sapos, harinas y chorizos, cuando
bien rota quedaba al golpe “certero”
que aquel vendado con fuerza le daba;
¿Quién olvidó a Sabella con su “rancho”
anunciando airoso la primavera?
¿Quién olvidó aquellos corsos de antaño
con sus palcos recubiertos de flores
y los carros y coches adornados;
a la gran “Cañonera” que paseó
como estando en un mar de ensoñación;
al cisne que Bressa un año llevó
nadando alegre sobre un lago azul;
a los cien “Locos de Media Estación”
que en comparsa las guitarras tocaron
bajo lluvia espesa de serpentinas
y tronar de palmas cuando pasaron?
¿Quién olvidó cuando Blanco en Las Trojas
rodó y su pierna destrozada allí
bajo su máquina roja quedó,
en esa carrera donde “anduvieron”
Pianetto, Uchelli y cuatro más que entonces
apenas media docena sumaron;
quién olvido que esas pruebas largó.
Ciclismo antes de unir con San Martín,
cuando ya campeones de bicicletas
eran Ricardo, Sorzini y “Pedrín”?
¿Quién olvidó a la radiante Sportiva
que estuvo en Ocampo al fin del seiscientos,
el club de las “máscaras “y los sables,
de los palos, los aros y trapecios;
quien olvidó a las calesitas, que allí
al lado cincuenta veces vinieron
y con sus músicas nos alegraron
dando mil vueltas hasta que se fueron
sin lograr nunca, jamás, eclipsar
a la de felpa y bronces tallados
que en maravilla “Los Cremona” hicieron?
¿Quién olvidó aquellos circos pasados
con cuatro mundos de fieras en jaulas,
con perros y equinos que parecieron
pintados por sus hermosos colores,
aquellos que más carpas levantaron
en el baldío que entonces existía
pegado a la vieja Escuela Normal?
¿Quién olvidó aquellos Doce de Octubre
cuando sus kermeses y romerías
los españoles y pueblo efectuaron,
cuando con gaitas, dulzainas, tambores
y clarinetes el aire alegraron?
¿Quién olvidó los kioscos que la Iglesia
Católica instaló en su veredón,
a aquellas kermeses que en el galpón
del “Molino Viejo” se realizaron?
¿Quién olvidó las kermeses que “El Suizo”
en su patio y salones realizó
con kioscos que farolitos tuvieron?
¿Quién olvidó al almacén que un barril
colgado sobre su puerta tenía,
a la tienda de don Norberto Sanz,
el que con su gorra puesta atendía;
al zapatero Malberti, también
a sus “socios” Sabella y Taglioretti;
a la “moderna” farmacia Del Pueblo;
a la “botica” que frente a Berella
estuvo como si fuera olvidada;
a don “Giuseppe”, al gallardo carrero,
que con el todas las cargas trajeron?
¿Quién olvidó al hombre aquel del “quebracho!”
que presidente de los beodos fuera,
al “tremendo” inofensivo Aguilera
que el “milico” lo tiraba del brazo;
al “sargento” don Broy, que de una pierna
tomó al “delincuente” dormido
haciendo ademán de dar mil sablazos;
¿Quién olvidó al “jefe”, aquel que los tacos
hachaba sin piedad al “compadrito”,
y su melena hasta el fin le rapaba,
y los botones del saco quitaba
que en fila tenía en la parte trasera;
cuando al “ratero” paseaba poniendo
sobre sus hombros los patos y pollos,
y mercancías que en la noche robaba?
¿Quién olvidó a “La Cotorra”, periódico
que no dejó en paz a ningún mortal,
el que hizo y deshizo “treinta” romances
y hostigó a buenos y malos políticos?
¿Quién olvidó aquellos blancos carritos
cuando en verano un caballo tiraba
llevando en sus tarros… ¡crema, limón,
chocolate..! que el alemán gritaba
después que fuerte el cornetín tocaba
para vender el helado más rico
que jamás mi paladar saboreo?
¿Quién olvidó al “avestruz” Zacarías
cuando al tremendo andarín desafió
a correr sin cuenta de horas, ni vueltas,
el que en el corso y la plaza aquel día
hasta rodar por el suelo corrió?
¿Quién olvidó la “Trágica semana
roja”, aquella que en el fin del diez y ocho
y al principio del año diez y nueve
al país íntegramente trastornó,
cuando a Perero, al destrozar los frenos
del tren que no quiso dejar marchar,
una bala el saco le atravesó
la vez que los huelguistas, bien unidos,
contra el ejército firme pelearon,
y derribaron “cosacos” que duro,
sin asco, hasta matar los apaleó?

Cuando dejé en la Casa Tonconogy
de ser cadete y pasé a “medio” empleado,
para mí se transformó todo, cambio
que me coloco en un grado mayor
de responsabilidad y deber.
Entonces no me demoraba más
como lo hice alguna vez, al llevar
paquetes o al ir a cobrar los “clavos”;
para esto colaboró sin retazo
la llegada del primer pantalón
largo, quien fuerte gritó: ¡Libertad!
relieve que algunos muchachos usan
con desbordado abuso hasta llegar
al extremo de la guaranguería.
El sastre Tommassi contribuyó
a la creación de ese “garbo” que trato,
hizo su “confección”  hinchar mi pecho
y nunca me pareció tener traje
que mejor me quedara y “distinguiera”.
Desde esa época ya no le acepté
a mi patrón hachar los troncos secos,
podar los árboles, hacer el vino
que en un tiñón, descalzo “repisaba”
hasta ver mis pies del color del zumo,
matar los patos y cuidar la casa
cuando lejos a pasear los tres se iban…
Allí no consideraba a mi ser
disminuido por las tareas nombradas,
sino que veía y lo creía así, esclavizada
mi persona de hecho si en adelante
esas obligaciones aceptaba.
Tal actitud, un tanto a Salomón
exasperó y fue entonces cuando di
razón a que sus consejos cayeran
más reciamente sobre mi “soberbia”;
mi amor a la libertad era causa
por demás potente, que firmemente
a esa edad había ya arraigado como
lo hacen las grandes plantas en la tierra,

¡Ya era joven de largos pantalones!
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