lunes, 4 de diciembre de 2017

Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Año 1936

Bar Paron, lugar donde nació la Asociación Cañadense de Basquet

Llegamos a 1936 y Trujillo forma parte de un grupo de hombres que fundan la Asociación Cañadense de Basquet. El acta fundacional se realizó en el Bar Paron, ubicado en la esquina de Rivadavia y Moreno.


Y en medio de nuevas vicisitudes
el telón cae del año treinta y cinco
después de darme entre otras, la amargura
de ver a mi partido manoseado.
En enero del año treinta y seis
dejé por mi voluntad la oficina
que en tiempo atrás tuve que organizar
cuando en gesto patriótico se abrió.
La intervención prácticamente había
dejado de existir, y Borgarello
se presta para que la compañía
sume un juicio más contra la comuna.
Comprobamos que en un periodo anual
la usina con sus cuatro fierros viejos
percibió ciento veinticinco mil
pesos de nuestra robusta moneda
como utilidad en el mismo lapso
sobre un facturado que sumó el doble
en brutas entradas que se ignoraban.
El mito de las “pérdidas”, allí
completamente desapareció
y desde entonces a conocer dí
esa desproporción que para mí
fue un negocio leonino, ejecutado
por “manos y conciencias ” extranjeras.

Al quedar separado de la usina
abrimos con Leónidas Ochoa el seis
de enero, un negocio de comisiones
a Rosario, con anexo de venta
al público de prendas deportivas,
sastrería y todo aquello que dejara
alguna utilidad equitativa.
Nuestras instalaciones se formaban
por una mesa, mostrador, vidriera,
estantería, una silla y dos sillones;
se pagaron a plazo a Bernabé
sin entregarle nada adelantado,
y el capital que en efectivo tuvo
el pequeño negocio al iniciar
sus ventas, fue de cuarenta y dos pesos.
El día antes de abrir las puertas al público
fuimos con Ochoa a Rosario a tratar
con firmas comerciales el por ciento
de utilidad que nos asignarían
sobre ventas de sus mercaderías.
Esa tarde, al regresar, le compré
a Yolanda un billete que jugaba
por la lotería algunos días después.
Efectuando la jugada, con él
nada sacó pero en la calle el número
sobre la chapa de un auto una tarde
nos pareció que inserto estaba allí,
más al dudar, nos dijimos que así
no era, y al andar corto trecho, vimos
cruzar como un bólido por la esquina
otro auto, que las cifras del billete
entonces sí, completas, las llevó.

Las ventas primeras entusiasmaron;
nos llegan paquetes y más paquetes
que Simonetti nos traía sin dejar
de cumplir con nuestros diarios encargues,
y en esa forma crece sin cesar
una clientela que allí nos mantuvo
con sano espíritu para el trabajo.
Nuestro negocio así se multiplica
y anexamos a él un poco de todo,
y cuando las cosas andaban bien
y mejor, Ochoa decidió alejarse
dejándome solo en el surco abierto.

La sastrería acrecienta su salida,
Martorana había  dejado la plaza
que le cedió Julio Real. Su atención
fue intachable, pero no así en la faz
comercial, por su mala confección.
Ante ese contraste desfavorable
me encontré confundido al no tener
entre mis renglones para la venta
los trajes a medida, pero, poco
tiempo esa desventaja me duró
y Alberto Tersitano es quien cubriendo
el vacío, logra al principio llevar
decenas de medidas a Rosario;
sus entregas se realizan con toda
felicidad y son los precios nuestros
los más bajos con hechuras muy buenas.
Encarrilado el negocio de nuevo,
colocamos dos series de libretas
de cien números cada una, vendiendo
doscientos trajes en esa gratísima
operación que me consto un esfuerzo
mayúsculo, no creyendo jamás
pudiera conservar en ese entonces
el optimismo que se desbordaba.
Don Luis Perrone me toma en el día
del primer sorteo, la última libreta,
y dos horas más tarde le toca
en suerte el traje, que nos devolvió
después por contener pésimos forros
y ser mala también su confección.
Ese contraste daña mi entusiasmo
y derrumba en mi interior la confianza
que había crecido con la buena fe,
no tardando en repetirse lo mismo
con los demás trabajos que entregamos
y que volvieron para retocarse;
algunos no se retiraron más.
Tersitano con su conducta cambió
llevando a los extremos sus abusos
y por esa desconsideración
años más tarde renuncie al convenio
que son suscribir entre ambos tuvimos.

El interior del Bar

Y después de la venta que con éxito
tuve para los días de carnaval,
en donde vendí hasta el cansancio artículos
aplicables a tal celebración,
le dediqué preferentemente atención
al deporte, y las salidas de equipos
para basketball, futbol y raquetas
de tenis, como todo otro implemento
concerniente a esta noble actividad,
se multiplican en forma auspiciosa,
contribuyendo así con este esfuerzo
mío, al mantenimiento de muchos clubes
que entonces precariamente existían.
El crédito comercial reparó
casi siempre sus débiles finanzas,
por mi intermedio firmas de Rosario
financiaron estas operaciones,
y fue por ello posible efectuar
certámenes que dieron nacimiento
más tarde a la Asociación Cañadense
de Basketball, cuyo primer “actor”
en el novel concejo directivo
como presidente, cupo e honor
a mi persona, quedando nombrado
en una asamblea que se realizó
bajo los techos del “Café Parón”
situado entre Rivadavia y Moreno.
Sport, Tic-Tac, Scout, Newell’s Old Boys
y Olimpia, firmaron la primera acta
en medio del calor y el entusiasmo
propio en tan magna y grata circunstancia.
Desde ese día nuestra labor resulta
por demás incesante, en mi negocio
instalamos la “sede” general
de la bisoña, asociación de basket.
Durante el día se registra una acción
activa, demandada por consultas,
y allí se estampan las primeras firmas
de los jugadores que se enrolaron
en los distintos clubes, y también
se suscitan los primeros problemas
que la severa reglamentación
resuelve con toda imparcialidad;
José Maggiola, Toto Hernández, Luis
Valentino, Felipe Paul, Eduardo
Castillo, Jose De Bernardo y Juan Isiar,
fueron los “primeros patrones” del basket
en aquella hora inicial.

En marzo, con un cuadernito nuestra
Pochi, parte hacia la escuela por vez
primera. Queda nuestro hogar vacío
podemos decirlo así, por el tiempo
que falta cada día. Sus gorjeos callan
en ese largo instante y no resuenan
sus nerviosos taquitos sobre el piso
como cuando “ejecutaba sus bailes”.
La fisonomía cambia por completo
en nuestro alrededor, y nos agrada
mucho verla trabajar con afán,
cumplimentando a su maestra y la escuela;
pero, sabíamos que se nos robaba
parte de su bullicio que hasta entonces
su amorosa inocencia nos brindaba.
Sus palotes fueron interminables,
como así sus figuritas pintadas
que con los conejitos y patitos
completo bien sus páginas primeras,
no faltando el chanchito regordete,
y la chivita traviesa, endiablada;
sus hojas eran el Arca de Noé.

Nos llega la primavera. Un señor
de Rosario me propone vender
flores naturales, y para la época
tal negocio resulta novedoso.
La gente aquí, en su mayoría, no usaba
la flor para sus presentes, era
extraño ver a alguien portando un ramo.
Para imponer este renglón perdí
muchas docenas de claveles, calas
y gladiolos hasta poder vencer
la falta total de apego a la flor.
En una oportunidad soporté
una injusticia que me lastimó;
señoritas de gente bien, llegaron
a pedirme presupuesto por varias
docenas de rosas finas, querían
adornar los altares de la iglesia
católica local, -dijeron- cuyo
interés por saber dónde mis flores
compraba lo tuvieron esa vez
sin imaginarme jamás, que al día
siguiente, las encontraría comprando
como “mayoristas” en el jardín
Toscano, mi proveedor de Rosario.
Se presentó otra vez a mi negocio,
una dama adinerada y pidió
dos pesos de flores, y al no poder
casi hacerle un ramo con las que había
por encontrarse bastante marchitas,
opine traerle en el día del jardín
otro que salía el doble o poco más,
contestándome, ¡No!, rotundamente,
las flores son para regalarlas hoy
por ser el cumpleaños de mi mamá,
y esas, que usted tiene, me servirán;
y pareciendo que quería ese día
unirse otro motivo de disgusto,
me ocurre más tarde un nuevo incidente
con otra dama, también de dinero.
Don Luis Perrone se cruza la calle
y me comunica, que por teléfono
me llama una persona, al atenderla
me pidió que hasta su casa llegara
para concretar un negocio sobre
canastos de flores. Cuando llegué
me dijo: tengo interés en venderle
estos canastos viejos, por tal causa
lo moleste, y siempre que convengamos
precio, ellos pasaran a ser suyos;
y mi negativa sobre el “negocio”
la hice con tremenda amargura aquel
día, en que el escrúpulo estuvo bien lejos;
cosas así me toco soportar
en el comercio de las flores, luego

por ingratas tuve que abandonarlas.  
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