miércoles, 6 de diciembre de 2017

Francisco Trujillo: Cañada, en su pasado y mis cosas. Año 1937

La plaza en el año 1938

Otro año más en la vida de Trujillo y en la joven ciudad de Cañada de Gómez.


Termina ese año, cuya actividad
me trajo felices momentos, como
también sinsabores que me sirvieron
para templarme en el duro comercio
donde todo debí afrontar solo,
sin capital y restringido crédito.
El treinta y siete ya me deparaba
un porvenir algo mejor. Crecido
número de clientes significaban
para mí, caudal de mucho valor;
mis ventas crecían y también crecían 
las cuentas de los “clavos”, y al primer
ejercicio anual quedó en mis controles
un tremendo déficit por deudores.
Tarsitano en descredito, no trata
de recuperar todo lo perdido,
las ventas en su renglón disminuyen
en forma que me obligó a desistir
terminantemente de servicio.
Su amabilidad y forma cordial
de tratar conmigo truncó de golpe
y desde ese momento descubrí
en su cinismo la fría y miserable
conducta, propia de los “ventajeros”;
perdí varios cientos de pesos mientras
duró aquella prolongada agonía,
pero al final conseguí librarme
de sus tentáculos tan invisibles.

No tardaron muchos días y de nuevo
a los trajes volví. Casa Muñoz,
por el movimiento de mi negocio,
se interesa, y por medio de Vicente
Cupulutti nos concede a los dos
la representación de esa razón.
Como toda cosa nueva, esta “escoba”
barre bien, y surgen las ventas unas
tras de otras, a montones, y llegamos
en el primer mes a superar cálculos
por demás optimistas, halagando
profundamente y de manera tal
que nos pareció habernos encontrado
un filón de oro que era interminable.
No tardó para mí en llegar de nuevo
otro desengaño , apenas ocurre
cuando pasado los cuarenta días
de la nueva sociedad, sucediendo
que las ventas en el segundo mes
se dividen en la décima parte
del periodo inicial. Casa Muñóz
advertida de aquel serio contraste
no interviene resueltamente para
liquidar el asunto a su favor.
Cupulutti había dejado de lado
su compromiso y rompía la amistad
que desde la infancia nos mantenía
junto, abogando derechos perdidos
frente a lo convenido con Muñoz.
Mal aconsejado inicia demanda
contra la firma y me pone en el trance
de tener que defender intereses.
Su renuncia no le daba razones,
para entonces Casa Muñoz ya había
dispuesto dejarme la sucursal
que él, en mi contra, un tanto maltrató 
con las desatenciones que venían
sucediendo desde que se entabló
la diferencia que a mí me pesó.
La casa, aquí en este asunto, también
contribuyó a minar mi posición
al no mandar los pedidos en forma
norma, ya que una garantía cubría
cualquier eventualidad en su contra;
en ese corto tiempo, esa “prudencia”
destrozó la confianza de mis clientes
y cuando tuve que emprender de nuevo
la reestructuración de mi negocio,
encontré escollos que obstaculizaron
enormemente; el daño era más grande
de lo que yo en principio imaginé,
y el empeño de reconquista, obliga
a mi persona a redoblar esfuerzos.
Una mañana, después de aguantar
varios días de lluvia, se despejó
cuando las calles estaban en barro
chirle, cuya humedad se nos calaba
hasta los huesos, la vez que la tierra
ya nos absorbía ni empujando con fuerza
una gota más del bálsamo del cielo.
Fue entonces que a la distancia pugnaba
un carro por salir de donde estaba
varado; aquellas maniobras no había
notado y. al levantar la persiana
de mi joven y pequeño negocio,
bajé a la vereda para decirle,
-en forma de chiste, jocosamente-
a un vecino mío: ¡Por fin, buen amigo,
salió “febo”! contestando: que rato
hacía que allí estaba yendo de atrás
para adelante, y que gracia a la pala
pudo librarse de la negra trampa
que hasta el eje ya lo había tragado…
¡Cuántos casos de tristezas nos dieron
aquellos temporales en el pueblo
nuestro, ese pueblo que fuera también
polvoriento, con aceras horribles

y zanjas llenas de yuyos y sapos.
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