LA REVOLUCIÓN DEL TREINTA Y TRES


La Unión Cívica Radical nació en las calles, en la Revolución del Parque del noventa, en los levantamientos cívicos de 1893, 1905, 1932 y 1933. Los radicales en aquellos años se alzaban en armas e iban arriesgando sus vidas tratando de derrocar gobiernos viciados de fraude, con políticas económicas sumamente desfavorables para el pueblo argentino, reclamando libertad de acción política y transparencia en el gobierno.


La primera de ellas, la de 1890 logró la caída de Miguel Juárez Celman, cuñado de Roca al frente del gobierno nacional. La segunda de ellas ocurrió en dos etapas,  bajo la presidencia del anciano Luis Saénz Peña, fueron comandas una por Hipólito Yrigoyen, Marcelo de Alvear y Aristóbulo del Valle tomando los gobiernos de San Luis, Santa Fe y Buenos Aires; mientras que la otra por Leandro N. Alem, ocurrida en Corrientes, Tucumán y en Rosario donde el 24 de septiembre Alem llega a Rosario escondido en un buque de carga. La población lo recibió como un héroe y fue proclamado presidente de la Nación en una gran asamblea popular. Inmediatamente se organizó un ejército popular de 6.000 hombres, aunque escaso de armas. Ambas revoluciones fueron fustradas pero demostrarom «el sentimiento popular del Radicalismo argentino: popular, revolucionario, pero inmerso en sus cuestiones internas y en esa ética que muchas veces les niega el poder: En reiteradas oportunidades Alem solicitó a Del Valle (el hermano que le dio su vida) y a su sobrino (al que quería como a su hijo) dar el golpe de estado contra Saenz Peña. Pero ambos rechazaron. Del Valle dirá años después, en su Cátedra de Derecho Constitucional: "Pude dar el golpe que Leandro me pedía, ¿pero con que escrúpulos dictaría clases hoy en día?" El moralista de la constitución prevalecería sobre sí mismo, Alem e Yrigoyen tendrán una borrascosa reunión: Yrigoyen se niega a concursar sus fuerzas en el golpe que el tío le propone: "No estamos en Venezuela, donde los golpes de estado los dan sus ministros". Alem, exasperado, se levanta del asiento, se dirige hacia su sobrino con intenciones de golpearlo, y finalmente le señala la puerta: "¡Canalla!". El gran cariño que se sentían, superaría el encono, pero políticamente, cada uno desandaría su propio camino a partir de entonces. Poco después de la Revolución de 1893, Aristóbulo del Valle moría de un derrame cerebral y el 1 de julio de 1896 Leandro Alem se suicidó, afectado por las derrotas y la profunda división interna en que se hallaba inmersa la Unión Cívica Radical.»[1] Cabe agregar que en la nota La Cañada Revoltosa de fin del s.XX, https://ditocdg.blogspot.com.ar/2011/01/la-canada-revoltosa-de-fin-del-sxix.html, se describe lo sucedido en Cañada de Gómez con la trágica muerte de Eugenio Bianchi de tan sólo 19 años.

En la Revolución de 1905 estuvo al mando Yrigoyen tendiendo como epicentro la Capital Federal, Campo de Mayo, Bahía Blanca, Mendoza, Córdoba y Santa Fe, obligando al presidente Manuel Quintana declarar el estado de sitio en todo el país por noventa días. En dicha contienda cae detenido en mano de los revolucionarios el vicepresidente Figueroa Alcorta. Los sublevados terminaron condenados a ocho años de prisión en la cárcel de Ushuaia, tras la muerte de Quintana un año después, Figueroa Alcorta indulta a los mismos. En 1932 nuevamente los radicales van a las armas, dos años después del derrocamiento de Yrigoyen, con el objetivo de destituir al presidente Agustín Justo en reemplazo de una Junta Revolucionaria. La misma fue dirigida por el  Teniente Coronel Atilio Cattáneo y el Mayor Regino Lascano pero fracasó al ser descubierta dos días antes de su ejecución por la detonación accidental de una bomba en una casa donde había información y nombres de los rebeldes. Aunque en Rosario, tras herir al jefe del Escuadrón de Seguridad, mayor César Reyes, un grupo de civiles intentó adueñarse de la unidad de la Escuela de Cadetes, en la calle Alem 2050. En el fragor de las armas, 32 militantes radicales perdieron la vida done hoy sus restos descansan en el Cementerio El Salvador. El final de la misma fue la detención de Marcelo T. de Alvear, Honorio Pueyrredon, Carlos M. Noel y José P. Tamborini entre muchos otros.



Ahora bien, llegamos a la de 1933 donde queremos hacer hincapié en lo sucedido en nuestra ciudad. Ese año se registraron otros dos conatos revolucionarios en el litoral argentino durante el mes de diciembre, recordemos que el 3 de julio había muerto Hipólito Yrigoyen, enfermo y pobre, vivió sus últimos meses en casa de una hermana. Su entierro fue una verdadera apoteosis, quizá la póstuma reivindicación que el pueblo hizo a su más popular caudillo. En los últimos días de 1933 un nuevo alzamiento revolucionario encabezado por militares radicales como los hermanos Bosch y Pomar en la zona del litoral. La represión gubernamental derrota la asonada y se desata la persecusión de los dirigentes más importantes de la U.C.R. Son arrestados o deportados Alvear, Güemes, Pueyrredón, Guido, Ricardo Rojas, Tamborini, Noel, entre otros. En El Litoral del 31 de diciembre de 2014, el escritor Rogelio Alaniz publicó que

«En esos años, la provincia de Santa Fe estaba gobernada por Luciano Molinas, demócrata progresista, que apenas asumió el poder puso en vigencia la constitución provincial de 1921 anulada por los yrigoyenistas como consecuencia -dijo Lisandro de la Torre- de una conspiración clerical. Se trataba de un gobierno prestigiado pero asediado por los conservadores que esperaban el primer error para intervenir la provincia. El jueves 28 de diciembre, y en horas de la tarde, Alvear se hizo presente en la Casa de Gobierno para saludar a Molinas, quien lo recibió con todos los honores. Abundaron las fotos y las declaraciones de buenas intenciones. Alvear se retiró de la Casa de Gobierno acompañado por los radicales, y en la puerta del palacio gubernamental se dedicó a saludar a sus seguidores que lo vivaban como si fuera un prócer. Esa tarde, los radicales estuvieron reunidos para decidir las posiciones a asumir ante el gobierno conservador. Ya para entonces se discutía si la abstención era una estrategia válida; pero más allá de los debates, lo que predominaba era el rechazo y, en más de un caso, el desprecio y la furia contra el gobierno de Justo. A la noche, abundaron las reuniones y las tertulias. También las roscas y los debates de un partido que ya en aquellos años vivía con singular intensidad sus refriegas internas. Seguramente, las personalidades más destacadas se fueron a dormir a una hora prudente, porque al otro día había que sesionar temprano. Alvear y su entorno más íntimo estaban convencidos de que todo terminaría en paz y que antes de fin de año estarían en sus casas, lejos de una Santa Fe calurosa y con sus despiadados mosquitos al acecho. Sin embargo, a la misma hora en que los radicales sesionaban en su sede partidaria, otros radicales alentaban la rebelión armada. Entre los dirigentes se destacaba Alejandro Greca, oriundo de San Javier, abogado egresado de La Plata, periodista, militante reformista universitario, yrigoyenista rabioso y conspirador a tiempo completo. Se dice que en el levantamiento también estaban comprometidos varios radicales que acompañaban a Alvear. El dato se supo porque en el vapor que trajo a los correligionarios desde Buenos Aires, también venían los mozos de servicio, algunos de los cuales eran agentes de Justo dedicados a escuchar detrás de las puertas. Los operativos de inteligencia deben haber sido eficaces, porque para el 28 de diciembre Justo sabía lo que Alvear ignoraba, es decir, que en la madrugada del día siguiente sus correligionarios iban a alzarse en armas en sintonía con radicales de Corrientes, Rosario, Cañada de Gómez y otros puntos del país.»[2]


Quién describió brillantemente lo sucedido en Cañada de Gómez fue el Dr. Marcos Tomassini, cuando en mayo de 1966 en Estrella de la Mañana su crónica La Revolución Radical de 1933 y los hechos en Cañada de Gómez expresa

«Aquí el movimiento estalló alrededor de las tres de la mañana, y la primera medida fue apoderarse de las armas del Distrito Militar, acción que se llevó a cabo sin ningún inconveniente; momentos después se inició la toma de la Jefatura de Policía. Según versiones de personas que vivieron el momento la maniobra se llevó a cabo de una manera curiosa. Fue así que debido al reducido número de revolucionarios, era preciso alejar de la Jefatura a la mayor cantidad posible de personal que se encontraba a esas horas. A tal efecto, un joven llamado Generoso Capriotti, se presentó a la comisaría de guardia, haciendo la denuncia de haber sido víctima de un robo; ante esas circunstancias, varios agentes de policía se trasladaron al lugar del supuesto hecho. Momento después se oyeron varios disparos de armas de fuego en las proximidades del Colegio San Antonio y hacia allí se dirigió otro grupo de agentes del orden.


»Esto trajo como consecuencia el desguarnecimiento del edificio policial, ya que quedaron solamente en él, el oficial de guardia, señor Sicbaldi, el agente Retamora y uno o dos policías más, mientras que en los altos de la Jefatura dormía el secretario de la repartición, señore Batalla Gómez. Al haber resultado la coartada concebida, los insurgentes en número aproximado de diez entraron al local en dos grupos, uno por el portón que da al callejón Ballesteros y otro por la puerta central, irrumpieron ruidosamente en el lugar. Venían a la cabeza del grupo principal los señores Eulogio Molina y Rafael Dreller. De inmediato fueron detenidos los policías presentes. En tales circunstancias y ante la acción del ex sargento de policía Sinibaldo Gómez que, revólver en mano y al grito de Viva la Revolución se dirigió al segundo piso del edificio efectuando un disparo; el secretario Batalla Gómez quiso salir del lugar por una de las ventanas que dan a la calle, sirviéndose a manera de soga una de las sábanas que poseía en esos momentos, pero tal operación de evacuación fue realizada con tal mala suerte que al llegar al suelo sufrió la luxación de un tobillo, allí fue socorrido por el oficial Ángel Luján, que en esos momentos regresaba de recorrida, éste dada la situación del instante, prácticamente cargó sobre sus hombros al secretario llevándolo al secretario policial al consultorio del Dr. Sáenz, para su atención...

»Una de las primeras medidas adoptadas por los insurgentes, fue la liberación de los detenidos, señores Castillo y Zapata, que se agregaron al movimiento y luego encarcelar a los agentes del orden que regresaban de su fracasada misión. En esta acción revolucionaria, perdió la vida el cabo Oyola, que prestaba servicio en la dotación policial. Momentos más tarde los sediciosos ocuparon la estación del ferrocarril, el correo y la Unión Telefónica, en ésta última dejaron a cargo de la misma al Sr. Félix Flores (...) También se llevó a cabo la colocación en el balcón principal del edificio de un retrato del ex presidente y líder del radicalismo Dr. Hipolito Yrigoyen y de las escarapelas nacionales y radicales. Intervinieron en los hechos los señores Eulogio Molina, considerado como secretario del movimiento revolucionario, Rafael Dreller, Julio y Manuel ayala, Amadeo Martínez, Sánchez, Medrano, los ex sargentos de policía Ramos Alabas, Sinibaldo Gómez y García, a los que se agregó después el señor José Ferrero. La citada insurrección era apoyada y prácticamente comandada por el dirigente radical Clemente Gómez Grandoli, quién llegó a esta ciudad en las primeras horas de la mañana del 29 de diciembre, ofreciéndose a traer inmediatamente armas y municiones, y además alrededor de 50 hombres armados que había dejado refugiados en un monte cerca de la localidad de Andino (...) En tales momentos se presentó a la Jefatura el Rvdo. Padre Manuel Aizpuru, pidiendo a los revolucionarios que depusieran las armas para evitar derrames de sangre, ya que comentaba que marchaba sobre nuestra ciudad efectivos militares procedentes del Regimiento 11 de Infantería; estas tentativas del padre Manuel no tuvieron ninguna eficacia. El momentáneo éxito del movimiento se vio quebrado por el fracaso del mismo en el resto de la provincia. Fue así que después de no muchas horas, siendo alrededor de las 21, los revolucionarios dejaron la Jefatura, pasando nuevamente ésta a manos de las autoridades leales al gobierno y en consecuencia, muchos de los hombres que habían participado en el frustrado movimiento fueron detenidos inmediatamente. Otros ganaron los maizales, internándose campo adentro, pasando a la provincia de Córdoba, desde donde el movimiento no era mirado con malos ojos (...) Por su parte los cabecillas del movimiento Gómez Grandoli, Dreller, Molina y Julio Ayala, abandonaron el edificio policial en el auto de la repartición y se refugiaron en una estancia situada en Mar Chiquita, propiedad de un amigo de Gómez Grandoli (...)» [3]

De aquella revuelta, la mayoría de los dirigentes que participaron fueron condenados como autores responsables del delito de rebelión, previsto en el artículo 226 del Código Penal, abogados de la talla de Rodríguez Araya, Clodomiro Hernández y Lovalvo fueron los defensores de Molina, Gómez Grandoli y Ayala respectivamente, quiénes junto a Manuel L. Ayala, Sinibaldo González, Jovino Romero, Ezequiel Ramos Alabar, Juan García, Generoso Capriotti y Felipe Medrano le correspondieron un año y medio de prisión con descuento de la prisión preventiva, uno de los pocos sobreseídos fue el dirigente radical Félix Flores, padre de reconocido militante del Siglo XX como Domingo Flores y abuelo de Mary Flores, una recordada fonoaudiologa de la ciudad, y de Roby Flores, uno de nuestros embajadores culturales y director de orquestas sinfónicas.
 

Félix Flores


En marzo de 1934, más precisamente el día 24, bajo el título de Velada Pro Presos Políticos, una comisión integrada por Nemesio Valbuena, Arnoldo Migoni, Alfredo Martínez, Ricardo Andino entre otros, manifestaba que «auspiciada por un núcleo de vecinos de esta ciudad, se efectuará el 15 de junio próximo, en el Teatro Verdi, una función cinematográfica a beneficio de los presos políticos de ésta, muchos de los cuales se hallan en la mayor indigencia. En dicho acto hablará el abogado defensor de los presos, el Dr. Rodríguez Araya, explicando el estado en que se encuentra el proceso.»[4]

Y así fue como la última revolución radical tuvo su eco en la entonces Cañada de Gómez gobernada por el demócrata progresista Luis Dalledone. Un radicalismo que comienza un etapa alejada de las masas populares, derrotada por los conservadores que conformaban la Concordancia y que dirigían el país personajes como Justo, Pinedo, Ortiz, Castillo, Fresco, De Tomaso y que proscribió a los entonces liderados por Alvear a participar libremente de elecciones. Recordemos que Alvear, sufrió la cárcel, el exilio y que falleciera el 23 de marzo de 1942, poco más de un año antes que la alianza conservadora cayera en manos de los revolucionarios del 4 de junio. Quizás el hecho que la historia muchas veces se niegue o no se respete, los descendientes políticos de Alvear conformaron otro alianza muy similar a la Concordancia, con muchos de los partidos que la integraron y que hoy se llama Cambiemos.

Cuando usted escuche a algún radical acusando de golpista a sus opositores, sólo sería bueno recordarles su origen revolucionario, sus cuatros intentos de golpes de estado y aquel lejano y olvidado dicho de su fundador Leandro N. Alem, cuando expresaba que el radicalismo es la causa de los pobres y oprimidos,  que él mismo llamaba orilleros...



[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_radical_de_1893
[2] http://www.ellitoral.com/index.php/id_um/108351-la-revolucion-radical-de-1933
[3] Dr. Marcos Tomasini. La Revolución de 1933 y los hechos en Cañada de Gómez. Estrella de la Mañana, mayo de 1966.
[4] La Nota, 24 de marzo de 1934
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